domingo, 1 de junio de 2008

El Fuego (II): Fuente de luz.

Lámpara experimental. Grasa de caballo y musgo. J.A. García Munúa.

Otra de las propiedades del fuego es que proporciona luz. Como indicó Perlès (1977) “crear la luz fue el primer acto que liberó al hombre de las ataduras de la naturaleza, abriendo el tiempo y el espacio a sus actividades y a su curiosidad: se hizo posible la ampliación artificial de la duración del día, con lo que ello supone de aumento de tiempo para la elaboración de las actividades cotidianas y de reflexión”.

Es innegable que una estructura de combustión como un hogar, localizada en una gruta profunda, jugaría un papel en la iluminación, con independencia de que en ella encontremos vestigios que nos hablen de actividades culinarias o de cualquier otra. Pero precisamente por eso, porque una estructura así puede servir a múltiples propósitos o actividades, no es fácil distinguir un hogar común de otro que estuviera reservado a la iluminación, o plantear que un hogar tuvo ese fin primario. Sin embargo, hay ocasiones en las que la situación topográfica de algunos de ellos no hace sino reforzar la hipótesis de que su papel fue la iluminación, aunque no fuera forzosamente el papel exclusivo. La localización de hogares en el fondo de las grutas, como es el caso de un hogar descubierto al final de la cueva de Bédeilhac (E. Cartailhac y H. Breuil 1910); o en diversos puntos de grandes corredores o en las bifurcaciones de las galerías, como los hogares excavados en 1941 por R. Robert, tambien en Bédeilhac (Rouzaud 1978); o en lo alto de amplias salas; o en la proximidad de paneles decorados, como los restos de hogares encontrados en el “Salón Negro” de Niaux, hoy desaparecidos (Molard 1908); o, en fin, repartidos por toda la gruta, como en Marsoulas (Rouzaud 1978), sugieren su empleo como iluminarias o como eventuales “puntos de asistencia” para permitir el retorno al exterior o para volver a encender una antorcha o lámpara accidentalmente extinta.

En cualquier caso los hogares son estáticos por definición, y la iluminación que generan no sobrepasa la decena de metros, de manera que es sólo cuando se pone a punto un sistema de iluminación portátil suficientemente fiable cuando el hombre puede aventurarse en actividades exploratorias en grutas profundas o en la oscuridad de la noche.

El más simple y sin duda primero debió ser la antorcha, cuyo momento de invención no es posible conocer. El otro es la lámpara, ya sea en huesos de animales o en piedras, cuyo único requerimiento técnico es contar con una concavidad o cubeta (el acetábulo de la pelvis, por ejemplo) para contener la grasa animal que permite la autocombustión prolongada y lenta de una mecha (constituida de fibras vegetales, musgo o líquenes).

No es habitual encontrar lámparas en hueso. Casi la totalidad de las recuperadas tienen a la piedra como soporte, y es ésta, la lámpara, un avance técnico que sólo aparece o se conserva a partir del Paleolítico Superior. En alguna ocasión se ha reparado en el hecho de que en ciertas cavidades, grandes cavidades, que debieron ser visitadas repetidamente, no han aparecido lámparas, argumentándose la posibilidad de que los visitantes prefirieran utilizar antorchas, cuya conservación todavía es más excepcional (H. Lumley consideró la utilización de teas ya en el Paleolítico Inferior, en la cueva de Lazaret, pero no deja de ser pura conjetura la fecha del comienzo de su utilización. El conocimiento de la movilidad del fuego en el extremo de un palo tuvo que darse desde el comienzo mismo de la relación del hombre con el fuego, ya que es la manera primera de “robarlo” o transportarlo hasta otra fuente, pero hacer que la combustión de esa madera se prolongue con la incorporación de grasas o resinas quizás no fue tan inmediato). Dejando al margen el hecho de que algunas lámparas magdalenienses pudieron requerir de una inversión en su proceso de fabricación que aconsejara su conservación prolongada, tal vez para ciertos usos pudo haber una preferencia por la antorcha o por la lámpara (de Beaunè 2003).

La antorcha ilumina mejor en todas las direcciones y está particularmente adaptada para recorrer galerías amplias y altas. Es también más eficaz para iluminar el suelo y es más práctica en terreno accidentado. El inconveniente es que tiene una duración de vida limitada y hay que pertrecharse de antorchas de reserva en las grandes exploraciones.

La lámpara, a su vez, presenta ventajas complementarias: resulta mejor para transitar por sitios bajos o estrechos, se puede apoyar fácilmente si es necesario contar con las dos manos libres y puede ser fácilmente recargada durante su utilización, aparte de que el transporte de la reserva de combustible necesaria para su funcionamiento no es un incomodo (40 gramos de grasa animal son suficientes para una hora de iluminación). Su inconveniente mayor es que se corre el riesgo de que se vuelquen o de que se apaguen en el caso de golpes o de falsos movimientos. Mientras la experiencia demuestra que una sola lámpara con grasa es suficiente para desplazarse por una cueva, es necesario disponer de muchas de ellas para iluminar simultáneamente muchos puntos de una pared. Un argumento de orden técnico autoriza a pensar que las lámparas no bastarían para iluminar paredes (o paneles) muy amplias, a menos que se utilizaran muchas de ellas. Medidas de iluminación realizadas en el Laboratorio de Metrología de Kodak-Pathé han puesto de manifiesto que una lámpara experimental tiene iluminación escasa. El cálculo de la intensidad luminosa y de la luminancia de una lámpara experimental ha demostrado que las cifras obtenidas son comparables a las de una vela. Para darnos una idea de estas cifras, señalaremos que una lámpara experimental media, situada a un metro de la pared tiene una luminancia de 0.02 a 0.04 candelas por m2, para una superficie con un poder de reflexión del 40 %, mientras que una lámpara de acetileno tiene una luminancia de 11 candelas por m2 en las mismas condiciones.

Más del 91% de las lámparas que se conocen con su procedencia exacta (en torno a 273) se han localizado en abrigos o grutas de desarrollo diverso. Frecuentemente aparecen en los vestíbulos o en las zonas próximas a la entrada de la gruta, iluminadas por la luz del día o en la penumbra (La Mouthe, Combarelles, Bize), pero en otras ocasiones se encuentran en zonas de la cueva muy alejadas de la entrada y consecuentemente no iluminadas por la luz del sol (a 100 m. en Saleich, a 200 en Labastide, justo delante del tragaluz que precede al pozo). Las informaciones sobre su situación topográfica son muy precisas por el carácter excepcional de este tipo de vestigios. Aparecen en intersecciones de galerías (en Cougnac o en Pilier, por ejemplo); en un paso (en Lascaux al comienzo del meandro, en Gabillou en un paso obligado, el pecten de Trois-Frères en la entrada de la Capilla de la Leona); a lo largo de una pared (como en Lascaux o en Énlene, donde aparecen apiladas contra una columna estalagmítica en el pasillo que conecta Énlene con Trois-Frères); o en fondo de la gruta (Gabillou).
La localización de las lámparas en las entradas de las grutas, en las intersecciones de las galerías y a lo largo de las paredes, es decir, en los lugares de paso obligado dónde era fácil encontrarlas, sugiere que pudieron desempeñar el papel hogar-enlace. Las lámparas situadas en el fondo de las grutas pudieron ser extraviadas o abandonadas voluntariamente para una reutilización.

viernes, 30 de mayo de 2008

Por un pelo.

Máscara en marfil de la cultura de Dorset. Devont Island, Nunavut. 1700 B.C.

Hace 20 años Bjarne Grønnow, arqueoloco del Museo Nacional de Dinamarca, encontró mechones de pelo humano en un yacimiento paleo-esquimal de la costa occidental de Groenlandia. Esas gentes, cazadores expertos, se aventuraron en el extremo norte de Alaska, Canadá y Groenlandia hace unos 4500 años. Acerca de ellos los investigadores se han preguntado si descendían de los mismos pueblos asiáticos que más de 10 milenios antes habían cruzado el Estrecho de Bering para ocupar luego el continente, y si serían los antepasados de los neo-esquimales.

En Scienceonline se da cuenta de un estudio (Paleo-Eskimo mtDNA Genome Reveals Matrilineal Discontinuity in Greenland) que ha obtenido la secuencia de ADNmt de un hombre paleo-esquimal que vivió en el oeste de Groenlandia hace unos 4000 años. Esa información ha sido obtenida de uno de los pelos de esos mechones. En ese ADNmt se registra un marcador genético relativamente raro (D2a1) que no está presente ni en los modernos nativos americanos, ni en ninguno de los 14 inuits (grupo que desciende de los neo-esquimales) que fueron analizados con objeto de chequear la posible relación entre paleo y neo-esquimales, ni en las secuencias parciales de ADNmt de esqueletos de neo-esquimales recuperados en excavaciones y que han sido analizados por otros investigadores. Tampoco aparece en la poblaciones europeas (por si fuera el caso de una contaminación procedente del equipo danés que recuperó esos pelos hace dos décadas). Sin embargo sí está estrechamente relacionado con un marcador, llamado D2a1a, que se encuentra en los habitantes actuales del área del mar de Bering, como los aleutianos, y en un grupo de esquimales siberianos (sirenike yuit). Esto sugiere que los primeros inmigrantes a las zonas del norte extremo del continente derivarían de poblaciones del área de Bering y no estarían relacionados ni con los nativos americanos ni con los posteriores paleo-esquimales. Representarían así una oleada independiente de migración que no habría dejado descendientes vivos.

jueves, 29 de mayo de 2008

La ruta del poblamiento humano.

Leo en ScienceNow que esta semana se ha publicado, en PloS Genetics, que un equipo dirigido por el genetista Daniel Falush, del University Collage Cork (Irlanda), ha trazado un escenario del poblamiento del planeta por parte de los humanos modernos. Que se originaron en África y que a partir de hace 50.000 años o algo más empezaron a extenderse por el mundo es aceptado mayoritariamente, pero hay pendientes flequillos sobre quién fue a dónde y cuándo (el proceso del poblamiento americano es un buen ejemplo). Los investigadores han desarrollado un modelo matemático para comparar no sólo genes individuales o segmentos cortos de ADN, sino largas secuencias. Concretamente han analizado 32 secuencias de ADN, cada una de más 300.000 pares de bases, de 927 personas que representan a 53 poblaciones diferentes del mundo mundial. Luego, mediante simulaciones por ordenador han creado escenarios migratorios que hubieran podido dar lugar a las variaciones genéticas que se observan hoy en día. El resultado, según se dice, es que los humanos modernos poblaron el planeta en 9 fases, empezando en África, pasando a Asia y Europa y colonizando finalmente América y las islas del Pacífico (la cosa no parece que sea, hasta aquí, para decir… oooohhh), y desgraciadamente los investigadores no han intentado datar las migraciones. Esto hubiera estado muy bien.

En la noticia se indica que hay un par de conclusiones inesperadas. Una que la gente de las Islas Orcadas comparte linaje con los siberianos, posiblemente porque algunos isleños se aventuraron hacia Asia vía Círculo Polar Ártico. La segunda, que el Norte y el Sur de América fueron colonizados por separado por al menos dos oleadas diferentes de migración venidas de diferentes partes de Asia, aunque, ambas parecen haber llegado por el estrecho de Bering. Esto contradice la opinión convencional (así se indica) de que habría habido una única migración.

No recuerdo si PloS Genetics me llega entre las revistas del corazón. Veré, y si eso veré. Si quereís cotillear una peliculilla del proceso el enlace está aquí.

El fuego (I): Fuente de calor.

Si es correcto o no pensar que al principio el fuego sirvió al hombre fundamentalmente como un arma de defensa (si el origen de su uso se dio en África) como han sugerido algunos, o para proporcionar calor (si apareció en las latitudes templadas), no hay duda, por el contrario, de que con el tiempo descubrió que podía valerse de él con múltiples propósitos. La óptica desde la cual trataré esta serie de colgajos que inicio sobre el fuego es la de la utilidad o los beneficios inmediatos que la posesión o el control de este elemento pudo reportar a la subsistencia del hombre prehistórico, aunque ni necesaria ni seguramente hubieron de ser percibidos todos desde el principio.

La primera de las propiedades del fuego y más evidente es la irradiación de calor, y tal vez en ello pudo consistir su atractivo primero para el hombre.

La razón de la pérdida de pelo en los humanos es en realidad desconocida. P. Wheeler (1984) considera que fue posterior a la adopción del bipedismo, aunque ambos procesos estarían relacionados y dirigidos a mantener el cuerpo refrigerado en un ambiente caluroso como el de la sabana, que incluso podría haber permitido a los homínidos actuar en las horas más sofocantes del día, evitando así el peligro de los predadores (actuar en el mismo nicho pero en distintos momentos del día disminuye el riesgo). La postura erguida reduce en un 60% la cantidad de calor absorbido por la piel y expone una mayor superficie corporal a las corrientes de aire, que enfriarían mejor el cuerpo sin ese escudo de pelo, que en cualquier caso sería conveniente conservar en la cabeza y en los hombros.

Sin embargo la denudación de la piel del hombre, fuera por esa o por otras causas (sea como fuere tuvo que suponer una ventaja adaptativa, porque de lo contrario no habría sido seleccionada), es poco favorable para la ocupación de tierras más inhóspitas que las del solar africano, por las que ya se aventuró el Homo erectus. De hecho, algunas opiniones que tradicionalmente han considerado que el control del fuego en África y Próximo Oriente se produce con retraso respecto a Asia y Europa se basaban en que allí se daban unas condiciones climáticas menos rigurosas, y es así que muchos prehistoriadores han dado una gran importancia a este aspecto del fuego bajo dos ángulos diferentes: la “colonización” de las regiones frías, y las técnicas de conservación del calor en el interior de las habitaciones.

De esta manera los cazadores que habitaron Europa en la última glaciación hubieron de descubrir que el fuego era esencial para su vida, y en sus cabañas arderían los hogares, convirtiéndose, como han indicado A. Leroi-Gourhan y M. Brezillón (1972), en los centros nucleares de la habitación y jugando un papel centralizador en la vida social (que pudo favorecer el desarrollo de la comunicación y del lenguaje), alrededor de los cuales se llegarían a describir círculos destinados a distintas actividades dependiendo de su proximidad a él.

Se ha asumido muy a menudo que el hombre no habría podido vivir en la zona euroasiática sin fuego, significando su mayor contribución a esa colonización la de proporcionar calor. No obstante hay investigadores que opinan que la colonización euroasiática es muy anterior a su domesticación, y que por tanto el hombre se adentró en estas latitudes sin él. La información con la que se cuenta no parece que de, de hecho no da, ningún apoyo a lo primero; los rastros de combustión con más de un millón de años son pocos, inciertos y sólo se dan en África, y sin embargo por esa época ya hacía tiempo que se había alcanzado Asia y se estaban moviendo grupos humanos por el occidente europeo -el equipo de Atapuerca está aportando fechas actualmente de casi 1.5 M.a para la llegada del hombre a la Península Ibérica.

En cualquier caso no se puede decir mucho sobre qué grado de necesidad del fuego por el calor tenían esas gentes para ocupar las regiones templadas, ni al inicio de la colonización ni tampoco después, por ejemplo, ya con el hombre de Neandertal, y las hipótesis o conjeturas pueden abarcar todo el espectro. Para algunos investigadores, como E. Trinkaus, las características somáticas de esa especie no le harían especialmente dependiente y T. Simpson, que escribió sobre los esquimales (con quienes han sido comparados en numerosas ocasiones los neandertales por presentar rasgos similares de adaptación al frío; notable volumen corporal y acortamiento de las extremidades para reducir la pérdida de calor) cazadores de ballenas (1843) indicó que estas gentes “no parecen pensar nunca en el fuego como medio de atemperar el ambiente- sus lámparas se usan para cocinar, iluminar, derretir nieve y secar las ropas más que para calentar el aire”. Que utilicen la grasa de ballena tanto como combustible como comida (los ácidos grasos omega 3 han ganado un merecido prestigio desde que se descubrió que los esquimales -que comían ingentes cantidades de grasa de ballena- tenían muy baja incidencia de enfermedad coronaria. La dieta de los esquimales de Groenlandia supone un aporte de 7gr./día de ácidos grasos omega 3 frente a los 0.06 gr./día de la mayoría de los americanos y europeos) nos recordaría, en opinión de algunos, que su valor calorífico es teóricamente el mismo si se quema como si se digiere (algo sobre lo que ciertamente no estoy en disposición de pronunciarme). Se estima, por ejemplo, que entre los yámana y los alakaluf de la Tierra del Fuego era indispensable consumir entre 150 y 300 gramos diarios por persona de grasas derretidas de pescado para mantener su elevado metabolismo adaptado al frío extremo de la región. Así que por extensión, los cazadores de mamuts de Moravia, por ejemplo, pudieron alimentar sus fuegos con el tuétano extraido de los huesos largos de esos animales, partidos por la mitad para ese propósito (Absolon 1929), pero hay pocas dudas de que fue bien valorado como comida. Sin embargo, y siguiendo con los neandertales, hay quien ha considerado, como C. Coon (1955), que el fuego lo utilizaron para calentarse y para protegerse, y no para cocinar. Esta idea se apoyaba en el hecho de que las ocupaciones musterienses parecían presentar un patrón de manipulación de los huesos para la obtención de la médula distinto del que se registraba en depósitos paleolíticos posteriores. Así, mientras en las ocupaciones neandertales los huesos largos aparecían hendidos longitudinalmente para extraer el tuétano, en periodos posteriores eran partidos por la mitad. Extraer la médula según esta última forma de rotura resulta latoso en huesos frescos, que en cualquier eran fracturados con ese propósito, pero puede ser sorbida fácilmente cuando han sido cocinados. Parece sugerente, pero en cualquier caso hay altos porcentajes de huesos carbonizados en sitios neandertales en Europa que parecen difíciles de explicar a menos que representen restos de comida cocinada, si no eran combustible, claro.

Dado que toda combustión proporciona calor con independencia de que esa sea su finalidad primaria, las pruebas que podríamos manejar para pensar que la función de un hogar era la calorífera, por encima de cualquier otra, es el deseo de la conservación del calor observable a partir de su morfología o de los combustibles que se aportaron a la combustión. Por ejemplo los hogares recubiertos por una capa de piedra, o con un círculo de ellas a su alrededor mantendrían más favorablemente la temperatura. Éstas actuarían a modo de estufas, revirtiendo lentamente a la atmósfera el calor acumulado una vez que la combustión hubiera terminado. El hogar I de Saint Marcel descrito por el Dr. Allain (1953) pretende dar una visión detallada de este tipo de estructuras, tratándose de un hogar en cubeta recubierto por piedras que fueron colocadas sobre las brasas, si bien es cierto que las piedras calentadas podrían no tener una función exclusiva, sino varias utilidades, y que es prácticamente imposible determinar cuál fue su destino exacto. R. Nougier llegó a hablar de un “calentador colectivo” en la cueva de La Vache, siendo éste un hogar-fosa (1956), aunque hoy en día esa opinión no es apenas aceptada.

miércoles, 28 de mayo de 2008

Sistemas de datación absoluta.

Sistemas de datación y materias a las que se aplican. Ojo con los simbolitos. El dedo hacia arriba quiere decir que habitualmente es fiable; ambos dedos que en ocasiones es erróneo; dedo hacia abajo que a menudo falla. Click para ampliar.


Se me ha hecho saber que he caído presa de las entrevistas y de las noticias de última hora, dejando de lado lo que era el inicial espíritu de este blog, el de aproximar a quien quisiera al mundo de la arqueoloquía. Así que tomo nota y me aplicaré a ello. Hoy comentaré algo sobre la cronología, y en concreto sobre los sistemas de datación absoluta.

Para los arqueolocos, y entre ellos los prehistoriadores, siempre ha sido una necesidad de primer orden situar un item -artefacto, nivel o yacimiento- en un orden temporal con respecto a otros o, si es posible, en una escala de años en el calendario. No sin razón se ha dicho que “la cronología es el espinazo de la Historia”. La forma de ubicar cronológicamente un item en relación a una secuencia establecida, mediante el establecimiento de relaciones del tipo "más moderno que", "más antiguo que" o "contemporáneo a" se conoce como cronología relativa; la forma de ubicarlo mediante referencias a años del calendario constituye la denominada cronología absoluta.

El más conocido de los sistemas de datación absoluta es sin duda el C14, que empezó a aplicarse en la década de los 50 de siglo pasado -de ahí que la diferencia entre años BC (antes de Cristo) y BP (antes del presente) sea de 1950 años-, pero existe un buen número de ellos.

Lo primero que debemos saber es que ninguno es universal, esto es, que ninguno sirve para datar cualquier tipo de material y que ninguno cubre con razonable fiabilidad toda la escala temporal de la historia humana. Consecuentemente, dependiendo del periodo en el que suponemos que se inscribe nuestro yacimiento o de los materiales que recuperemos deberemos elegir uno u otro. Lo segundo tiene que ver con el principio de continuidad, que establece que todo lo contenido en un nivel es contemporáneo, lo cual no deja de pecar de un excesivo simplismo. Es evidente que es posterior a lo infrayacente y anterior a lo suprayacente, pero incluso la matización de que es "contemporáneo en su deposición" también puede ser cuestionable a veces. Así, una vez obtenida una fecha puede haber errores de interpretación que pueden derivarse de la relación existente entre el resto arqueológico que se data y la manifestación arqueológica que se pretende datar. Esto es necesario tenerlo siempre en cuenta, y es especialmente relevante cuando se data mediante dendrocronología. Los errores que se pueden cometer así son más severos cuanto más reciente es la etapa.

Imaginemos que la manifestación que deseamos datar es una casa. Si el resto mediante el cual la datamos es una viga la asociación es directa, si es una mesa que había dentro la relación es indirecta. Deberíamos utilizar la viga, pero estando seguros que no es un resto más antiguo (reutilizado) ni más moderno (reforma) que la manifestación. Si queremos datar un enterramiento neolítico y utilizamos un hueso del propio difunto la relación es directa y en este caso no puede haber ningún problema. Si utilizamos un anillo de hueso que apareció en uno de sus dedos la relación es indirecta y el anillo podría ser más antiguo (más moderno es obvio que no). La elección en este caso es bien simple. Esta circunstancia se ha hecho patente últimamente con las dataciones de C14 cuando se habla de muestras de vida larga (por ejemplo un trozo de carbón de madera) y de muestras de vida corta (un grano de cereal), considerándose preferibles las segundas.

Los sistemas de datación absoluta se pueden agrupar, según los principios en los que se fundamentan, en tres categorías: 1. Aquellos que tienen en cuenta hechos de variación periodica no radiactiva, entre los que destaca la dendrocronología. 2. Los basados en el análisis de transformaciones químicas o físico-quimicas no radiactivas que sufren determinados restos (hidratación de la obsidiana y racemización de aminoácidos) o en variaciones de parámetros terrestres (arqueomagnetismo). 3. Las técnicas basadas en hechos de variación periódica radiactiva: C14, Potasio/Argon, Termoluniniscencia, Resonancia Electrónica de Spin, Huellas de Fisión, los de la familia del Uranio, etc.

Dendrocronogía: Restos de madera bien conservados. Hasta 10.000 años dependiendo de zonas geográficas. Los registros de unas zonas no son extrapolables a otras.

Arqueomagnetismo: Suelos quemados, hogares, hornos, zanjas, cerámica. Hasta 10.000 años dependiendo de zonas geográficas. Las variaciones del campo magnético no pueden determinarse a priori porque no se producen regularmente y los registros de unas zonas no son extrapolables a otras. Además existen periodos en los que la datación no se puede precisar porque no se han producido cambios en el campo magnético, luego un resto dado podría corresponder a cualquier momento de ese periodo. La datación mediante la variación de la dirección del campo magnético sólo se puede aplicar a restos inmuebles. Si se data mediante la intensidad se puede aplicar a restos muebles siempre y cuando se conozca de qué área geográfica procede el resto a datar.

Racemización de aminoácidos: Huesos, dientes y conchas. Hasta más de 500.000, pero muy variable dependiendo del aminoácido sobre el que se data. La velocidad de racemización varía, entre otras cosas, en función de la temperatura (los cálculos están establecidos a una temperatura de 20 ºC), de manera que es preciso calcularla utilizando generalmente otro método de datación. No se puede aplicar sobre restos quemados porque ahí queda roto el ritmo de racemización.

Hidratación de la obsidiana. Obsidiana. Hasta 500.000 años. El ritmo de hidratación varía en función del tipo de obsidiana y de la temperatura, de manera que es preciso calcularlo para cada sitio, generalmente aplicando otro método de datación a otro tipo de resto.

Termoluminiscencia: Cerámica, sílex quemados, sedimentos, rocas volcánicas, espeleotemas. Hasta 100.000, aunque en opinión de algunos se pueden alcanzar incluso los 500.000 años. Dado que la Dosis Total de radiación acumulada en la trampas metaestables es el resultado de la desintegración de elementos radiactivos presentes en la muestra más la de los elementos radiactivos circundantes y la radiación cósmica, es necesario calcular la Dosis Anual Externa. Esto se realiza colocando "trampas" en los niveles de donde proceden los restos a datar durante cierto tiempo.

C14: Madera, carbón, hueso, dientes, conchas. Por el sistema convencial hasta 45.000 años, por el sistema AMS (Accelerator Mass Spectrometry) hasta 90.000. Todos los restos a datar, por éste o por otro sistema, deben contar con su procedencia estratigráfica y topográfica exacta y en el caso de las muestras para C14 con las condiciones de su contexto inmediato (proximidad a raíces, a una pared que ha podido facilitar un curso de agua, etc.). Debe evitarse su posible contaminación durante su toma y la conformación de muestra a partir de la reunión de restos dispersos.

martes, 27 de mayo de 2008

Hallada mandíbula de más de 500.000 años.

Hemimandíbula de Atlanthropus.

La agencia EFE ha difundido que en la cantera “Thomas I” (Casablanca, Marruecos), ha sido recuperada una mandíbula humana de más de 500.000 años. Pertenece a Homo mauritanicus y aparece asociada a numerosos restos de animales (gacelas y antípoles entre otros) e instrumentos líticos correspondientes al Achelense. La excavación está realizada por un equipo franco-marroquí encabezado por Fátima Zohra, del Instituto Nacional marroquí de Ciencias Arqueológicas y del Patrimonio (INSAP), y por Jean Paul Raynal, director de investigaciones en el Centro Nacional galo de Investigación Científica (CNRS).

La cantera Thomas I es un sitio de excepcional importancia paleoantropológica y paleontológica, con varias grutas con restos de homínidos y ocupaciones del Achelense antiguo y medio. En 1963, como consecuencia de su explotación, se encontró un fragmento de mandíbula humana con una mezcla de caracteres arcaicos y evolucionados que se relacionó con el Atlantropus mauritanicus encontrado en 1954 en Tighennif, variedad de Homo erectus. Según los estudios paleomagnéticos, el nivel arqueológico más antiguo dataría del período magnético de Matuyama. Corresponde a un antiguo pantano, alimentado por un curso de agua temporal, emplazamiento atractivo para los animales, y por lo tanto también para el hombre. Contiene un abundante conjunto de herramientas característico del Aclelense antiguo (bifaces, picos, cantos tallados...) y restos de animales (hipopótamo, cebra, gacela, elefante, suidos...). Los sedimentos de la cueva donde se descubrió la mandíbula humana en 1963 son más recientes y datan de aproximadamente 600.000 años. El hombre ocupaba la gruta en alternancia con los carnívoros (hienas, chacales, osos...) como lo prueban los restos de monos, antílopes, gacelas, cebras, caballos, búfalos, jirafas, rinocerontes. Las excavaciones han permitido exhumar han aportado un buen número de cantos tallados y algunos bifaces y varias piezas dentarias también humanas.

lunes, 26 de mayo de 2008

Entrevista a Carlos Mazo.

Carlos Mazo (a la izquierda)
Micropulido de vegetal no leñoso. 2,3 x 1,8 mm. Foto de C. Mazo.
En nuestra "en3vista" a Mikel Aguirre indicamos que en los estudios de tecnología lítica concurren distintos procesos analíticos: el estudio de las materias primas, los procesos técnicos de fabricación de los útiles y la determinación del uso de las herramientas. Carlos Mazo es un arqueoloco, profesor de la Universidad de Zaragoza, que tiene que ver con esto último, con lo que se conoce como “análisis de huellas de uso” o “traceología”.

Homorgasmus. Vamos a ver si he entendido bien de qué va eso, no sin antes decir que hablamos de ¡trozos de meños de sílex!, de piedras, para no andarnos con rodeos. Yo le traigo una lasca de sílex…, usted le echa un vistazo… y sin que a ninguno de los dos nos entre la risa, me dice que ha sido utilizada para… ¡cortar el pan en rebanadas y untarlas con mantequilla! ¿Es así?

Carlos Mazo. Habría que puntualizar varias cosas. La primera que la observación de la pieza no es a simple vista y que ese “vistazo” puede llevar bastante tiempo. La segunda, que habría que ver cuáles son las condiciones de conservación y de observación de ese resto, y la tercera que nunca he utilizado una lasca para esas actividades que me dice, de manera que no sé qué rastros laborales dejan tales acciones. Si los hubiera no estaría en condiciones de determinar su origen en términos absolutos. En el más favorable de los casos podría decirle si esa lasca ha sido usada y cómo ha sido usada. Si acaso le dijera sobre qué no podría ser de otra manera sino en términos relativos.

Homorgasmus. ¡Válgame el cielo! ¿Y usted considera que se puede ir por ahí de serio diciendo cosas así? ¿En qué se basan ustedes?

Carlos Mazo. Los artefactos líticos sufren -o pueden sufrir- alteraciones que quedan registradas en su superficie. Esos rastros pueden tener un origen tecnológico, los generados en el momento de su fabricación (cuando Mikel Aguirre transforma una lasca en raedera pueden quedar huellas del percutor en el borde, en forma de plataformas y estrías de percusión), pueden tener un origen postdeposicional, los que se generan desde que se abandonan, queden enterrados o no, hasta que los recuperamos (pátinas, lustre de suelo, alteraciones termicas…) y aún otros que pueden surgir luego como consecuencia de nuestra manipulación o almacenaje (esquirlamientos, roces, rastros metálicos). Al margen de estas huellas, que se incluyen en la categoría de no laborales, se pueden producir otras como consecuencia de su uso, las laborales, lógicamente con algunas acciones y materias más que con otras. Lo primero de todo, una vez que se considera que el análisis es posible, es aislar estas huellas del resto de rastros. Los rastros laborales son de diversas clases, y cada clase incluye diferentes variantes tipológicas. En función de dónde se localizan esos rastros, de su distribución y de su extensión, podemos inferir lo primero que se persigue, que es determinar la cinemática aplicada al artefacto, es decir, cómo se uso, lo que supone llegar a conocer el tipo de acción llevada a cabo; y en función de las tipologías de alguna de esas clases, en concreto y por encima de cualquier otra la de los micropulidos, podría llegar a inferirse lo segundo que se persigue, determinar el tipo de materia que se trabajó.

Homorgasmus. Ya, ya.

Carlos Mazo. No le veo muy convencido. Le voy a poner un ejemplo muy simple. No parece discutible el hecho de que un sílex responda mecánicamente de igual manera a la presión ejercida por el compresor de un tallador que a la ejercida por la materia sobre la que trabaja ¿no? Desde luego si no se acepta esto ya hay un problema, pero en fin, por algo se han acuñado los términos eolito o bovifacto ¿no? Si un tallador ejerce suficiente presión en el borde de una cara hará saltar una esquirla cuyo negativo se registrará en la opuesta. Si yo aplico una lasca para raspar un hueso estoy ejerciendo presión en el borde de una de sus caras (la de contacto) y los esquirlamientos que se produzcan se localizaran, lógicamente, en la opuesta. Una localización de este tipo me pone en la pista de hablar de un tipo de acción concreta, bien diferente de la que resultaría de una localización bifacial de tales rastros, propia de una acción en la que el borde ha sufrido igual presión por ambas caras, como sería el caso de que en lugar de raspar cortara ese hueso.

Homorgasmus. Pero podría raspar el hueso haciendo que la cara de contacto fuera una vez una y luego otra, y el resultado sería el mismo, ¿o no?

Carlos Mazo. En relación con ese tipo de rastro sí. De todas formas el ejemplo sólo tenía por objeto hacerle ver que se producen alteraciones, algunas, como ésta, o como el redondeamiento, a veces incluso visibles a simple vista. La cuestión es que una interpretación no se realiza acudiendo sólo a un tipo de rastro, y los diferentes tipos de ellos tienen diferente valor diagnóstico a la hora de informarnos sobre cinemáticas y materias. La distribución de los esquirlamientos puede ponernos en la pista sobre la cinemática, pero ésta tiene que estar respaldada por la orientación de las estrías (otro tipo de rastro, este microscópico). En una acción como la que usted dice éstas se dispondrán perpendicularmente al borde, lo propio de una acción transversal, mientras que en una acción longitudinal, la de cortar, serán paralelas al mismo. Otro tanto ocurrirá con la extensión de los micropulidos (el mejor rastro diagnóstico a la hora de determinar la materia). La interpretación final resulta del tratamiento conjunto de la información que aporta cada uno.

Homorgasmus. Antes ha dicho que los meños estos sufren o pueden sufrir alteraciones. O sea, que no siempre sufren. Dos preguntas ¿Por? y ¿Entonces?

Carlos Mazo. Cuando se realiza un análisis de estos se pueden alcanzar diferentes niveles en la interpretación. Determinar la acción es siempre más fácil que determinar la materia trabajada. Experimentalmente se puede observar, por ejemplo, que un artefacto que presenta zonas con micropulidos bien diferenciados en una fase del trabajo, las ha podido perder en la siguiente, hasta un punto en el que lo que entonces se observa se considera indiferenciado, lo que se traduce en que se sabe que se ha usado y cómo pero no se tiene seguridad acerca de sobre qué.

Homorgasmus. ¿Y cómo puede ser eso?

Carlos Mazo. Los micropulidos son rastros que salvo en el caso del lustre de cereal suelen alcanzar poca extensión, localizándose en los puntos de máximo contacto del filo. Hay que tener en cuenta que la superficie del sílex es microtopográficamente bastante irregular. El micropulido se puede formar en algunos puntos, pero si esa zona salta en un momento posterior del uso, o tras su deposición, o por su manipulación, ese saltado se lo lleva consigo, perdiéndose la información. Luego están también los tipos de sílex. Algunos registran mejor y más rápidamente los rastros. Otros son muy remisos a hacerlo (los de grano grueso, por ejemplo). Que una pieza no presente rastros laborales no quiere decir necesariamente que no haya sido utilizada. También depende de la materia que se ha procesado, de su estado, de la presión ejercida, del tiempo que se ha utilizado, de si se han incorporado elementos externos en la acción (agua, abrasivos, etc.). El desarrollo tan importante de los lustres de cereal responde, por ejemplo, al añadido de sílice que ofrecen los vegetales no leñosos. Esto creo que responde al ¿por?. Respecto al ¿entonces?, pues no queda otra que interpretar lo que se ve. El registro arqueológico es seguramente bastante sesgado. El caso de Mask Site, que conocerá, he visto que en su blog ha hablado de Binford, es un ejemplo de que se interpreta en función de lo que se conserva.

Homorgasmus. Volviendo al principio…, yo me levanto un día de la cama dormido y unto la mantequilla con el cuchillo al revés y milenios después usted dice que los cuchillos se usaban así y asá. Nada que ver.

Carlos Mazo. Jajajaja… No, que va. Los análisis de huellas de uso tienen varios enfoques, también con diferentes grados de dificultad. Por una parte está lo que se denomina estudios integrales. El objetivo es determinar el conjunto de actividades llevadas a cabo en un sitio, para poder hablar en términos de estrategias de subsistencia y comportamiento social. Es por supuesto el más complejo y aquí nos enfrentamos además con el problema antedicho. Por otro lado están los estudios que sin llegar a tal extremo pretenden registrar ordenaciones espaciales y áreas de actividad en los sitios a partir de la presencia de determinados tipos de artefactos en unas áreas u otras, destinados a una acción concreta, o de la ocurrencia de varios de ellos destinados a distintas acciones pero dentro de la misma cadena operativa y que constituyen lo que se denomina caja de herramientas. Y por otro están los dedicados a analizar los posibles destinos laborales de un tipo. Esto último permite hablar de usos normativos, y acotar aspectos relativos a posibles polifuncionalidades (cuando la similitud de forma de los útiles no significa necesariamente una igualdad de uso) o redundancias (cuando la diferencia de forma no excluye, por el contrario, una identidad de empleo), que pueden observarse reiteradamente. Lo que usted indica seguro que sería considerado algo meramente anecdótico.

Homorgasmus. Bueno, hay cosas que todavía no que entran muy bien en la cabeza, pero en estas entrevistas el espacio no es ilimitado (salvo que algún día pudiéramos entrevistar a alguno de los codirectores de Atapuerca). Me surgen algunas preguntas más pero si le parece podemos volver otro día sobre el tema.

Carlos Mazo. No hay problema.

Homorgasmus. Antes pues de acabar comentarle que Mikel Aguirre se prestó a conducir un curso de talla lítica en el blog, en 10 lecciones. Podría usted hacer lo mismo con esto de las huellas de uso.

Carlos Mazo. Jajajaja… Lo cierto es que no es posible, de verdad. Seguro que habrá gente que aprenderá mucho con Mikel y podrá ver, siempre que se emplee con tesón y paciencia, cómo progresa. Pero para esto hace falta algo más algo más que disponer de sílex y unos percutores. El aprendizaje aquí tiene un componente personal de experimentación (siempre tendiendo en cuenta toda la información bibliográfica que hay, claro) importantísimo. Nos quedaríamos atascados nada más empezar. Es necesario ir viendo y registrando las alteraciones que se producen en los restos tras cada fase de uso, y no se puede abordar si no se dispone de un microscopio que te permita observarlas a como mínimo 100x. Los rangos de trabajo más habituales oscilan entre los 100 y 300x, aún quizás a veces 400x.

Homorgasmus. Yo creía que se trabajaba a más aumentos. ¿Son microscopios electrónicos de barrido?

Carlos Mazo. No, que va. Son microscopios de luz reflejada (metalográficos). Trabajar con un microscopio así a 400x es complicado. En el que uso habitualmente, que permite alcanzar hasta 1000x, la observación del sílex a más de 300 o 400x es muy problemática. No se imagina lo irregular que es la superficie del sílex más liso que se pueda imaginar. Los microscopios electrónicos de barrido se han usado, pero tienen interés para cosas muy concretas. La ventaja, por supuesto, es la resolución.

Homorgasmus. Gracias y seguiremos en contacto.

Carlos Mazo. Muy bien.