martes, 24 de junio de 2008

Chuletones de vaca.

En el último número de JHE se publica un artículo (Richards et al.) en el que a partir de la medida de las ratios de varios isótopos estables extraídos del colágeno del diente de un Neandertal se nos apunta alguna característica de su dieta. El diente procede del nivel 7 (el antes 7s de las excavaciones de Airvaux) del yacimiento galo de Jonzac, asociado a un componente lítico correspondiente a la facies MTA y para el que un par de dataciones absolutas han proporcionado una fecha en torno al 36.000, hacia el final de lo que sería el Paleolítico Medio en esa zona. El resultado de ese análisis es concordante con otros precedentes realizados para otros restos neandertales de otros yacimientos: los neandertales obtenían la proteína de su dieta principalmente de bóvidos y caballos, un dato más para añadir y reforzar la emergente imagen de estas gentes como cazadores de grandes herbívoros, conservadora y satisfactoriamente adaptados dietéticamente. En todo caso se indica como necesario contar con más información, de neandertales que vivieron en otros medios, especialmente en regiones costeras, para determinar si sus dietas son realmente similares a lo largo de Europa durante el Pleistoceno Medio.

Para adentrarse en el campo de las prácticas de subsistencia de las gentes prehistóricas los arqueolocos cuentan con algunos recursos. Por ejemplo la presencia de restos de animales en los yacimientos (cuyos patrones de representación taxonómica, tamaño y/o de edad nos pueden informar no sólo sobre lo que se consume sino sobre gustos o sobre prácticas cinegéticas, oportunistas o no), lo mismo que de vegetales, el examen de algunas patologías o de la morfología craneodental acompañada de estudios de micro y macrodesgaste de las piezas dentarias. Y por supuesto el análisis de isótopos estables, que es conveniente combinar con lo anterior, y pongo un ejemplo. En 1999 Sponheimer y Lee-Thorp aportaron evidencias isotópicas de la dieta de cuatro australopitecos africanos del yacimiento de Makapansgat, con una antigüedad de 3 M.a. De los valores de δ13C a partir de la ratio de los isótopos estables de carbono 13C y 12C en el esmalte dentario se derivaba que tenían una dieta altamente variable, y que la mayoría de los homínidos de ese sitio obtuvieron el carbono de una dieta de plantas C4, o de animales que comieron plantas C4 (como termitas y jóvenes mamíferos pastadores), o de ambos, lo que en sí mismo dejaba todo abierto. No obstante, esos valores son similares a los obtenidos hoy entre los geladas (Theropithecus gelada), que se alimentan casi exclusivamente de hojas de hierba, de semillas y de raíces, pero en cambio presentan un patrón de microdesgaste molar (Teaford 1991) diferente al de Australopithecus africanus (Grine y Kay 1988). Esto sugiere que debe considerarse seriamente la posibilidad de que los valores enriquecidos de 13C que se observan en esos homínidos se deban al consumo de comida animal. Otro día seguiremos con este asunto.

lunes, 23 de junio de 2008

HAL9000: FASCINANTE...


...LABERINTO INFORMATIVO EN EL PLANETOIDE CALAMOCHA.

Los griegos son los dueños de la ciudad en llamas. El monstruoso caballo que está dentro de nuestras murallas vomita hombres armados y Sinón, vencedor, insultándonos propaga los incendios. Por la puertas, con sus dos hojas abiertas, entran tantos miles como jamás llegaron de Micenas... [...] Corebo, a quien la hazaña exalta el valor, dice: ” ¡Compañeros, en esta primera acción la fortuna se declara a nuestro favor y nos señala el camino de la salvación; sigámoslo. Cambiemos los escudos y armémonos con todo lo que distingue a los griegos. Engaño o valor, ¿qué importa para con el enemigo? Él mismo nos proveerá de armas...”
(Virgilio, Eneida, libro II)


Ya os advertí el otro día que mis excursiones lejos de la Tierra me hacen percibir las noticias que de ella me llegan según la distancia a la que me encuentre, así que tan pronto me entero de la atrabiliaria conclusión del “biunívocamente” heroico cerco de Numancia, como, breves momentos después, festejo el Tour ganado por Perico Delgado. También hay veces, cuando me alejo del Sistema Solar a velocidades hiperespaciales –es otra forma de hablar..., vosotros ya me entendéis- que recibo las noticias como en cámara lenta, en plan foto finish, y así veo cómo un político (no importa el nombre, ni el partido) rebana la cabeza de su compañero de coalición con la afilada espada de la infamia, a cámara lenta para, al siguiente momento –cuando acelero mi monolito un poco-, ver como poco a poco la cabeza vuelve a su sitio, en una especie de marcha atrás, hasta el abrazo fraternal que meses antes había sellado su pacto político estratégico… También, a veces, me ocurre todo lo contrario. Por ejemplo, cuando vuelvo hacia el planetoide Calamocha –lo he promocionado de asteroide a planetoide, sí, ¡qué pasa!- a toda pastilla en mi minimonolito deportivo, veo entonces las noticias como sincopadas, distorsionadas y amontonadas unas con otras, en un orden extraño y arbitrario que unas veces me confunde totalmente y otras, cosa curiosa, me explica los hechos mucho mejor que si los hubiera visto ordenados tal y como habían ido apareciendo en los medios informativos terráqueos.

El otro día, volviendo de ver como explotaba una supernova, a la que bauticé, por placer y con sana socarronería, Supernova “Expo Zaragoza”, me pasó una cosa de esas últimas, cuando me llegó una foto y un teletipo donde se decía que el gobierno español iba a contratar a Robert Ballard, descubridor del Titanic, y a Sean Connery, famoso capitán del submarino nuclear ruso Octubre Rojo, para que investigasen juntos el paradero de unos sumergibles, también nucleares, perdidos por la marina soviética en el Atlántico Norte, frente a la costa de los EEUU, y, a la vez, que buscaran la goleta Beatrice que se hundió, en 1838, con el sarcófago de Micerinos en su bodega, cuando iba camino del British Museum. También decía la información “teletipera” que Zahi Hawass, Director del Consejo Superior de Antigüedades de Egipto, iba a hacer un cursillo de sevillanas en España, descubrir la ubicación precisa de Tartessos y buscar, de paso, las tumbas de Marco Antonio y Cleopatra en la costa española, entre el Cabo de Palos y Mazarrón, en los alrededores de Cartagena, contando con la ayuda de la famosa empresa Odyssey, célebre por colaborar con los arqueólogos españoles en el salvamento desinteresado de cuantos pecios pueblan el fondo de los mares de las aguas territoriales de ese país.

Claro, y yo me quedé con las placas de memoria y los coprocesadores lógico/matemáticos medio cortocircuitados y sumidos en una confusión total. La foto que recibí, algo aplastada quizá por efecto de su transmisión por onda “subespacial”, y que podéis ver en la cabecera de este colgajo, era una especie de collage donde aparecía: Micerinos del bracete de un Howard Vyse travestido de diosa egipcia -brillante desatascador, con explosivos, de la entrada de la pirámide del faraón-, la foto de una goleta que se parecía a la Beatrice, el dibujo del sarcófago del coleguilla Micerinos, un busto de Marco Antonio con cara de malas pulgas, una moneda de Cleopatra de perfil poco seductor, un bajorrelieve de la misma autócrata que se conserva, como por casualidad, en el British Museum, datado entre los siglos I y III de la Era -donde el perfil de la susodicha había sido reinventando temperando su adminículo olfativo hasta convertirlo en una graciosa y respingona naricilla-, las fotos de Robert Ballard y Sean Connery, un tesoro monetario destripado por un robot submarino, un barco de la Odyssey Filibusters Company y un anuncio antiguo de champú Palmolive, donde se sugería a Cleopatra como beneficiaria de la fórmula magistral del producto en cuestión, luciendo otro hipotético perfil de aholliwoodadas facciones.

Ya os digo que me quedé estupefacto durante un buen rato, hasta que, de camino hacia el cometa Damasco, me caí del minimonolito descapotable y me pegué en la cabeza con un trozo de basurilla espacial compuesta por uranio enriquecido, bastante dura por cierto, y me di cuenta de todo:

-¡Se trata de un mensaje cifrado, no hay duda, mecachis en la mar! –me dije a mí mismo, excitado por el increíble hallazgo y dispuesto a proferir, como habéis visto, los palabros y tacos más fuertes y malsonantes.

Para abreviar y epataros con mi sin par astucia -y mientras me preparo un cóctel “Cleopatra”, para tomármelo luego y relajar mis magníficas y positrónicas neuronas- resumiré mis sagaces conclusiones en las siguientes proposiciones:

a/ Cleopatra y Marco Antonio se querían mucho “por narices” o porque de ellas les salía…, que podía ser mucho.

b/ Zahi Hawass puede parecer un poco especial, insufrible o lo que os apetezca, pero, desde luego, sabe adónde acudir para aprender a bailar sevillanas.

c/ La nariz de Cleopatra podía resultar graciosilla a mediados del siglo I antes de la Era, pero en siglos posteriores parece que cambiaron de opinión o, como diría un matemático quisquilloso, al menos un escultor al hacer, al menos, una de sus obras, cambió de opinión.

d/ Las posibilidades de encontrar la tumba de Marco Antonio y Cleopatra entre el cabo de Palos y Mazarrón son directamente proporcionales a las posibilidades de encontrar la goleta Beatrice con el sarcófago de Micerinos en el Atlántico Norte, e inversamente proporcionales a que Tartessos esté en algún sitio o a que Zahí Hawass aprenda a ser discreto o se quite su sombrero indianajonesco.

e/ La goleta Beatrice dispuso de su libre albedrío, el de su capitán, el de los vientos y el del mar para hundirse donde creyeran más oportuno o pertinente.

f/ Parafraseando el famoso principio de mi creador A. C. Clarke, que decía “cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”, podemos nosotros presumir que “las posibilidades de que cualquier empresa privada dedicada a buscar barcos hundidos, con tecnología suficientemente avanzada, y encargada de buscar un pecio concreto por alguien (un país, por ejemplo) ayuno de tal tecnología, sólo busque y recupere ese pecio, absteniéndose de localizar también otros que recuperar más adelante para su provecho propio y exclusivo, tienden a cero o, lo que es lo mismito, son prácticamente nulas” (a este también le llamo -según los días y el humor que tengo- “el principio del conejo y la chistera” o “el principio de ojos que no ven, tropezón que te das” o “principio de: busca un tonto que pague y ¡a vivir!”)

g/ A Sean Connery, si se le hubiera caído el peluquín en plena faena, los marineros del Octubre Rojo no le hubieran hecho ni caso.

h/ Micerinos, si hubiera sido listo, no se habría mandado nunca enterrar en una pirámide tan apetecible para ladrones y arqueólogos. Por consiguiente, sólo se pueden concluir dos cosas: o bien está enterrado en otra parte, o, en su defecto, era más tonto que Abundio, que, por cierto, no sé lo que hizo el pobre para merecer tan cruel aforismo.

g/ Necios son, o peor, ignorantes, quienes pudiendo encargarse ellos mismos, dejan sus asuntos importantes en manos de locos o filibusteros.

h/ Si Zahi Hawass puede buscar la tumba de Cleopatra y Marco Antonio en el Atlántico Norte, no sé por qué busca también en los alrededores del Mediterráneo. Donde sería una noticia bomba sería en el Atlántico, la costa cartagenera o Egipto serían absurdamente previsibles y aburridas para una rueda de prensa del estilo de las que le gustan…

Cuando llegué al planetoide Calamocha, puse enseguida la televisión y resultó que ¡nanai de la China!, que la cosa no era así, sino que, resumiendo: Zahi Hawass quería pedir la ayuda del gobierno español, la National Geographic y Robert Ballard para buscar el pecio de la goleta Beatrice en aguas de Cartagena, que contiene, entre otras cosas, el sarcófago de Micerinos, y que tiene también la intención, éste mismo y curioso personaje, de empezar a excavar después del verano dos tumbas que cree –porque se encontró una escultura de la faraona en la entrada de una de ellas- que pudieran ser las de Cleopatra y Marco Antonio, a 50 km de Alejandría. También se decía en otra noticia que Robert Ballard había estado buscando dos submarinos nucleares soviéticos, hundidos en la década de los sesenta del siglo veinte, mientras rastreaba los restos del Titanic y que, de hecho, de su larga campaña de búsqueda sólo se pudieron emplear 12 días para encontrar la posición del famoso transatlántico insumergible. Claro, no me extraña que siguientes proyectos le llevaran al Mediterráneo y al mar Negro… Lo de las sevillanas y Tartessos fue un simple cruce de cables, quizá producto de lo folclórico del egipcio personaje en cuestión. Sean Connery aparecería, como siempre, para figurar y el champú Palmolive no sé, sería un espacio publicitario intercalado en el telediario.

Curiosamente, como os dije antes, lo tergiversado de las primeras informaciones recibidas no influyó demasiado en las conclusiones que extraje previamente. De hecho, aunque los computadores Algorítmicos Heurísticamente programados, como yo, somos incapaces de mentir, sí podemos equivocarnos, engañados por datos no ciertos, pero, aún así, sólo una de las proposiciones anteriormente enunciadas es falsa, aunque nada improbable. Bueno, os dejo pensando un poco…, a lo mejor Jones se anima, se estira un poco y regala otro viaje, esta vez al planetoide Calamocha, para quien lo averigüe y así puedo echar una partidita de ajedrez con alguien .

Por cierto, como sé que, en general, a los lectores de este blog les van las cosas “un poquito” más antiguas que estas que he comentado -que de gustos, querencias y manías ni nada hay escrito, ni nada se puede hacer para remediarlos-, debo deciros que el otro día, en el que me pasé de frenada desde el hiperespacio y me planté, sin querer, en el año del Señor de 3043, compré un libro de un tal Peter Flinstone, Doctor por Lo-Vaina y profesor del Archaeoloquical Homorgasmus Jones Intitute de la MacDonals Experimental University de Caspe, en el que demostraba fehacientemente y sin ningún género de duda posible: a/ las razones del humano bipedismo; b/ la datación irrevocable de los primeros útiles, líticos y no líticos, así como la identidad del homínido que tal cosa hizo; c/ el momento en el que el hombre utilizó conscientemente el fuego por primera vez y el invento del protomechero de sílex; y d/ la fecha de celebración del primer partido de fútbol durante la prehistoria reciente, dándole patadones tremendos y descerebrados a una pelota de piel rellena de fibras vegetales y pequeños huesos de los pies, seccionados y arrebatados a los integrantes de una tribu de enemigos acérrimos, futbolísticamente hablando se entiende. Algunos autores postulan que el árbitro no sobrevivió a este protoevento deportivo, pero se trata sólo de una plausible hipótesis de trabajo. En otra ocasión os contaré de qué y cómo hacían los silbatos…, pero, mientras tanto, contad, cómo no, con mi más total, auténtico y leal entusiasmo por la misión, en serio, ya sabéis que los H(eurísticos)AL(gorítmicos) de la serie 9000 no podemos mentir...

Fdo.: HAL9000

Sigamos la corta y algo estúpida tradición coctelológica:
Cóctel Cleopatra. Se trata de una variante del Ruso Blanco que trasegaba “El Dude” (Jeff Bridges) en la gloriosa película El Gran Lebowski o, diríase otrosí, un trasunto, en finolis, de la “Lechepantera” que perpetraban dudosísimos camareros en grandes jarras de cerveza en los guariches más mugrientos, hippy/ácrata/terminales y desestructurados de las zonas de “marcha” en la España de los años setenta del siglo pasado y, probablemente, causantes remotas pero justísimas -las “lechespanteras” digo- de más de un desarreglo neuronal percibido con estupefacción en el presente en ciertos individuos de vuestra especie. Su preparación requiere tiempo. Para empezar hay que trasladarse a una zona rural donde encontrar una burra (Equus asinus). Lo más recomendable es la tierra de Zamora, al sur de Aliste, donde la raza de estos equinos burriásnidos solípedos, antepasados de los tractores y de los estudiantes menos avisados, adquirió tintes legendarios. Luego hay que convencer a la burra con buenas palabras para que se deje ordeñar, que esa es otra. Recibidos los rebuznos y las coces de rigor de la presumiblemente desabrida équida, y con algo de leche en el mugriento cubo, claro, debiera de pasteurizarse ésta, o, en su defecto, confeccionar el cóctel con mucho alcohol y prepararse para lo peor con varias jaculatorias marianas. Una vez llegados a este punto hay que proceder como si se tratara de un Ruso Blanco: vodka, por ruso, licor de café, porque sí, nata o leche, porque si no ya me diréis para que habéis ordeñado a la burra, y un poco, pero que muy poco, ¡muy poco he dicho!, de nuez moscada rallada. Si te pasas con la nuez moscada, el brebaje, como dice mi amigo Henry Zariñov -sovietólogo de prestigio mundial y teórico diletante, en concreto, en “Rusos Blancos”-, sabe a croqueta que mata. El que avisa no es traidor.


sábado, 21 de junio de 2008

Lo de la patada iba de coña.

Raedera transversal convexa. (Musteriense)

Cualquiera que sea capaz de distinguir un trozo de sílex, por ejemplo, de cualquier otra piedra y haya paseado por algún sitio donde lo haya -mejor por campos labrados- habrá visto que aparecen trozos fracturados que a su vez tal vez presentan en sus superficies negativos de otros saltados menores. Es normal, y no por ello son restos de una industria prehistórica.
Algunos se pueden reconocer fácilmente como de origen térmico, aparte de por su morfología –circular o elipsoidal que les asemeja a grandes lentejas o hemilentejas- porque carecen de los atributos que evidenciarían que se han desgajado del bloque del que formaban parte como consecuencia de la percusión o presión ejercida por algo o con algo: no tienen talón, que es el punto o plataforma donde algo percute o presiona, ni tampoco bulbo, un abombamiento o convexidad desarrollada junto a aquél como consecuencia de las ondas generadas por el impacto. Es como extraer con una cucharilla un trozo de helado en el centro de la superficie de uno de esos pedazos de “corte”: la cara exterior (dorsal) de ese pedacito sería plana y la interior (ventral) convexa. Una vez separado de la cucharilla no tendríamos ni idea de por dónde se le ha hincado el diente para extraerla. Nadie, ni siquiera Mikel Aguirre, podría hacer una extracción con esas características.
Otros trozos de ese campo tal vez sí presenten su taloncito y su bulbo, por lo que se han generado como consecuencia de un impacto en lo que ahora es el talón (volviendo al ejemplo del helado es como si la extracción la realizáramos desde un borde, aplicando la cuchara en algún lugar de una de las caras verticales de ese “corte”; esa cara vertical es equivalente a una “plataforma de percusión” y el trocito que de ella nos llevamos es el talón. Así que nuestro trocito de helado tendrá una cara dorsal, un talón, en este caso perpendicular a aquélla, y una cara ventral que ya no será igual a la anterior: será más ancha en la zona del talón (zona proximal) y acabará estrechándose hasta enlazar con la otra en el extremo opuesto, la zona distal). Pero ese golpe, ese impacto, no necesariamente lo ha tenido que dar un hombre; los cantos se han podido movilizar y chocar entre sí, ser golpeados por un arado, por una caballería (cuando las había). Incluso para hacernos darle más vueltas al pedrusco podría ser que sus filos presentaran otros saltados “a modo de retoque”.
Entonces ¿Cómo distinguir algo humano de lo que no lo es? Cómo distinguimos los objetos artificiales, que son el producto de una actividad proyectiva consciente, de los objetos naturales, los que resultan de la acción fortuita de fenómenos físicos.
En la mayoría de los casos no hay problema. Los criterios de la regularidad y de la repetición nos resuelven la papeleta. Lo primero supone que, salvo en el caso de las formas cristalinas, en la naturaleza no suelen darse aristas rectilíneas, simetrías… En fin, una típica punta de pedúnculo y aletas, una hoja de laurel, un bifaz lanceolado es bien improbable que puedan ser el resultado de cuatro coces dadas por un burro en una era o del deslizamiento de un canto por una ladera chocando aquí y allá. La repetición implica, como decía Monod, que “materializando un proyecto, artefactos homólogos, destinados al mismo uso, reproducen renovadamente, de modo muy aproximado, las intenciones constantes de su creador.” Esos artefactos homólogos en el campo de la prehistoria se constituyen en “tipos”; una raedera ladeada lo es, como lo es una limaza, un buril arqueado, una punta de Vachons, una de la Font Robert o un buril de pico de loro, y los tipos, o muchos de ellos, además, como decía Smith son significativos en el tiempo, en el espacio o en ambos. Memecio hablaba hace unos días de los “fósiles directores”.
Pero nosotros no estamos ante una situación obvia. Nosotros estamos en medio de un campo, con una lasca en la mano con cuatro saltados que parecen retoques. En este caso es muy importante el contexto. Cuando en el colgajo anterior hablábamos de la industria de Gona, al respecto de la misma Semaw indicaba en su publicación las condiciones sedimentarias en las que esas piezas habían aparecido: en un sedimento arcilloso, con ausencia de elementos groseros, depositadas en condiciones de baja energía (lo que supone que no había habido movilización, evidenciada también porque las aristas se presentaban vivas y no redondeadas), es decir, que argumentaba que no había habido procesos naturales que hubieran podido generar esos tipos de restos, que además hubieran sido extremadamente caprichosos al actuar (desprendiendo lascas) en un área muy concreta de las piezas y no en distintos puntos, cualesquiera, del perímetro de los cantos. Con nuestra lasca ocurriría algo parecido. Tendríamos que ver si la superficie de los negativos generados por esos saltados presenta las mismas características que el resto. Si por ejemplo la pieza está patinada y esos negativos no presentan pátina es que se han producido tiempo después (muy significativo); cómo se distribuyen y si forman una delineación continua; si son directos e inversos indiscriminadamente y aquí y allá, si la pieza está rodada, etc., etc., etc. Un conjunto de evidencias, en suma, que permiten afinar mucho aun en los casos más complejos.

Y todo esto viene a cuento de que anoche el Genaro, mientras echábamos unos tragos, me dijo que la viñeta con la que acompañé el último colgajo no le ha gustado mucho. “Leches, Jones…, es un poco tendenciosa, y ahora sólo nos faltaría que además de los canadienses, los chinos y los de Myanmar se nos echasen encima los arqueolocos…, menudo plan Jones, ¡menudo plan!”. “Venga Genaro, venga…, por Dios” respondió la Merche, “si no nos leen ni canadienses, ni chinos, ni birmanos, ni arqueolocos…, si no nos lee nadie”. “No sé, no sé…, en cualquier caso tampoco es cierto que le des una patada a un ‘choped’ y te salga un ‘chopintul’. La gente puede pensar que los arqueolocos son unos tarados que en cualquier pedrusco ven una intervención humana y…, oye, que eso no…, que eso no es así”, concluyó mientras se amorraba a un “sling” que hubiera hecho que HAL9000 se abriera los circuitos en canal.

jueves, 19 de junio de 2008

La novela policíaca más vieja del mundo.


Así tituló Wood (The oldest whodunnit in the world) en el año 1997 un comentario publicado en la revista Nature a cuenta del hallazgo que habían realizado Semaw y su equipo en Gona (Etiopía) y en relación con las que son las herramientas líticas más antiguas conocidas. En muchos yacimientos africanos cuyos restos no se pueden datar directamente las fechas se obtienen por biocronología (es decir, la fecha se estima por la asociación faunística que aparece en ese determinado estrato, y que es comparable o más o menos evolucionada a la de otro lugar de edad ya conocida; así por ejemplo, cuando se dice que el Sahelanthropus tchadensis hallado en el yacimiento chadiano de Toros-Menalla tiene una fecha de entre 6 y 7 M.a. es porque la evidencia faunística sugiere que el sitio TM 266, donde apareció, es más antiguo que la formación Lukeino y que puede ser equivalente con la base de la formación Nawata, y si la primera se fecha en alrededor de 6 M.a. y la segunda entre 5.2 y 7.4 M.a, pues eso, verde y en botijo, o como se diga); otra alternativa, cuando la hay, claro, es datar mediante radiocronología niveles o tufos volcánicos que se encuentran por encima y por debajo del que nos interesa, obteniendo así unas fechas ante quem y post quem entre las cuales necesariamente se situará el evento que queremos conocer.
En Gona el nivel en el que se encontraron los útiles se sitúa entre uno de estos tufos, datado en 2.9, y otro en 2.5, y aunque en algún sitio he visto que se dice que esos artefactos podrían tener hasta casi 2.9 M.a, "justo" debajo de ellos se registra la magnetozona Gauss-Matuyama, un cambio en la polaridad magnética ocurrido hace 2.6 M.a, luego los restos son más viejos de 2.5 y más recientes que 2.6 M.a. Son los más viejos, seguidos muy de cerca por los recuperados en Hadar (A.L. 666) y Lokalalei, ambos sobre los 2.3 M.a.
La cuestión que planteaba Wood en ese artículo, y vuelvo al objeto del colgajo, es ¿quién fabricó esa industria? Por supuesto la idea primera y también más extendida es que un Homo, el habilis, pero entre los 2.5 y 1.5 M.a, que es lo que viene a durar el complejo Olduvayense, nos encontramos pululando por África a unos cuantos homínidos. Parantropos tenemos al menos 3, el aethiopicus, el robustus y el boisei, autralopitecos 1, el garhi, y homos pues 2 o 3, depende de lo que hagamos con ese hipodigma tan correoso que representan los habilinos. Si su variabilidad se explica en términos de dimorfismo sexual tendríamos 2, el habilis y el ergaster/erectus, si no tendríamos 3 o en su defecto 2 y otro autralopiteco. Podemos olvidarnos de los ergaster porque aparecen más tarde que la industria, pero con todo sigue habiendo unos cuantos candidatos.
Si recurrimos a ver quién es el aparece con la industria (asociación) tenemos que en Omo y en el lecho I de Olduvai ésta aparece junto con P. boisei y H. habilis, y en Swartkrans con P. robustus y algún resto de Homo. En Hadar la asociación es exclusiva con un Homo, ¿pero en Bouri? Ya se ha dicho que no hay ahí herramientas, pero sí marcas de cortes, y el homínido que aparece es el A. garhi.
Arqueológicamente pues no tenemos criterio firme para saber quién es el malo de esta novela policíaca. Por supuesto que los argumentos a favor de Homo tienen algún peso, y son su mayor capacidad cerebral y su estructura neuroencefálica (estructura, estructura, porque si cojes un cerebro de autralopiteco y lo inflas no tienes un cerebro humano, de la misma manera que si cojes una madarina y la inflas no tienes una naranja, sino una mandarina grande). ¿Hay algún argumento a favor de algún australopiteco? Según Susman que la mano de los P. robustus tenía una capacidad manipulativa muy desarrollada, aunque esto ha sido últimamente criticado. ¿Algo más? Pues no sé, y no seré yo quien le ponga fin a la novela, pero en el artículo de Semaw se decían algunas cosas de interés. La primera que siendo la industria más antigua conocida en cambio ponía de manifiesto un sofisticado control de los mecanismos de fractura concoidea; la segunda que más del 70% de los artefactos se realizaron en traquita (otros en riolita y en basalto), lo que significa, seguramente, la apreciación de sus cualidades de lascado y su selección frente a otras, y la tercera, que en su opinión quienes los fabricaron no eran unos novatos en la teconología lítica, y pronosticaban que útiles más antiguos habrán de ser encontrados. Al final del artículo, y en unas escuetas dos líneas y media, Semaw indicaba que la industria de Gona, con características equivalentes a las de conjuntos olduvaienses mucho más recientes, ponía de manifiesto la existencia de un largo período de éstasis tecnológico, un período de un millón de años, entre 2.5 y 1.5 M.a. Y Wood, al hilo de ese apunte, se preguntaba que si habría que relacionar a un homínido con esa industria debería ser alguno que se hubiera desarrollado en ese lapso temporal. Ningún Homo satisface ese criterio. El Olduvayense persistió después de que hubiera desparecido el Homo habilis, o rudolfensis, o como le queramos llamar. Sólo hay unos homínidos que lo cumplen, los Parantropus (aethiopicus y boisei). Así que... “In Paranthropus we have a plausible suspect that had access to the ‘weapon’ and the ‘opportunity’, but what was the ‘motive’?”

miércoles, 18 de junio de 2008

10.000 "pinchazos".


Pues nada, que este colgajo es sólo para dejar constancia de que Homorgasmus ha alcanzado hoy, a las 12 horas, 20 minutos y 24 segundos los 10.000 pinchazos, en algo menos de 3 meses de existencia y con algo más de 3.000 visitas. Un registro que suponemos pobre para la mayoría de los blogs, pero que sinceramente no esperabamos alcanzar en este tiempo. Así que lo celebramos dejando una imagen de los colegas. El Genaro, el Rastas, el Patitas y la Merche aparecen en esta foto junto con un par más de amigotes de la petanca. Y os damos las gracias a todos los que os habeís pasado por aquí.

lunes, 16 de junio de 2008

Por acabar los colgajos del fuego..., creo.


En el colgajo anterior se han presentado los datos arqueoloquicos de que se puede disponer (puede faltar alguno) a la hora de intentar elaborar, o más bien esbozar, la historia del inició de la relación del hombre con el fuego. El fuego puede ser usado sin necesidad de producirlo, y en ocasiones no podemos distinguir los rastros de las combustiones naturales de las antrópicas. Con estas premisas intentar responder cuándo el hombre usa el fuego y si lo conserva o lo produce es difícil. Además es evidente que para dar respuesta a la segunda cuestión podemos ir olvidándonos de los artefactos que pudieron servir para su producción autónoma, ya que es claro que los registramos muy tarde en los depósitos arqueoloquicos; seguramente mucho después de que empezaran a ser utilizados y de que esa relación se diera.

Dado que el fuego es una reacción química que puede darse de forma natural, y como quiera que de ella se derivan una serie de consecuencias inmediatas que antes o después hubieron de ser percibidas como útiles (calor y luz) por el hombre sin necesidad de indagar en la naturaleza del fenómeno, éste elemento pudo ser “capturado” y mantenido por nuestros primitivos ancestros, quienes posteriormente desarrollarían las técnicas para generarlo por sus propios medios. Seguramente nadie pone en duda que “antes de que el hombre pudiera utilizar el descubrimiento accidental de que ésta o aquella acción conducía al fuego, habría requerido de alguna experiencia en su manipulación, y que ésta sólo la habría obtenido a través del aislamiento y el control de un fuego de origen natural”, (Oakley 1955), de manera que es muy probable que los primeros usuarios paleolíticos del fuego no fueran creadores del mismo, sino que recogieran este preciado elemento de catástrofes naturales, y lo conservaran, lo que ya pudo ser un problema. Si grupos tecnológicamente más avanzados (griegos, romanos, o las mismas poblaciones rurales europeas hasta una época próxima a la actual) se han preocupado constantemente para conservar el fuego vivo, tanto por razones prácticas como por razones ideológicas, parece legítimo pensar que los grupos prehistóricos, al menos por motivos prácticos, tuvieran las mismas preocupaciones.

El problema paleoantropológico a la hora de trazar la historia del fuego como una herramienta es pues, y principalmente, de índole tafonómico, e implica reconocer cuándo las evidencias de antiguos fuegos indican un control humano y cuándo un origen natural. La cuestión es compleja y las posturas encontradas. Hablando de una investigación en términos generales, de lo que se trata, o lo que desea, es decidir si una situación dada resulta cierta a la luz de la evidencia muestreada, o cuál de entre un número de situaciones encuentra el mejor apoyo posible con las evidencias de que disponemos. En ocasiones tal toma de decisiones implica riesgos, y en relación a discenir entre fuegos naturales y fuegos antrópicos el asunto podría concretarse en: ¿Qué riesgo se está dispuesto a correr en tomar la decisión incorrecta?

Recurriendo a una metáfora estadística podríamos plantear la cuestión considerando como hipótesis nula que los fuegos son naturales (no homínidos en origen), es decir, que la evidencia observada es la que cabría esperar bajo condiciones naturales. La hipótesis alternativa sería que las ocurrencias de combustión son homínidas en origen, y aunque estamos bien seguros de que hay ocasiones en las que la hipótesis nula debe ser necesariamente rechazada, también observamos que se dan otras en las que no sabemos cuándo se debe rechazar esa hipótesis.

Una regla científica convencional de decisión es hacer que la probabilidad de rechazar falsamente la hipótesis nula (error de tipo I) sea muy pequeña, con objeto de evitar rechazar la hipótesis nula cuando es verdad. Sería el caso de rechazar la hipótesis nula y aceptar la hipótesis alternativa, es decir, que un fuego no se debe a un agente natural, sólo si, por ejemplo, observáramos que la evidencia consistiera en la concurrencia en el espacio de un hogar estructurado que contuviera en su interior cenizas, carbones, huesos y útiles quemados, piedras craqueladas y que se encontrara a su vez en el interior de otro espacio estructurado en el que se observaran áreas de actividad humana a su alrededor. Eso sería, desde luego, bastante, pero bastante contundente.

Pero claro, que la probabilidad de rechazar falsamente la hipótesis nula sea muy pequeña aumenta la probabilidad de no rechazarla cuando es falsa (error de tipo II), aunque también puede ser resultado de ejercitar la opción de suspender el juicio. Es decir, podríamos llegar a aceptar la hipótesis nula, según y siguiendo con lo que hemos dicho, si aparecieran carbones, huesos y útiles quemados dentro de un espacio estructurado con áreas de actividad, pero sin hogar, etc. Seguramente casi todos pensarían que estabamos en un error. Aquí acabamos de toparnos con el verdadero problema: ¿qué condiciones validan la hipótesis nula o la rechazan por la alternativa?

Hay algunos investigadores (Peters 1989) que consideran que no encontrar la evidencia que implique convincentemente a un agente homínido como responsable (porque puede haber dudas razonables) no ha de conducir a que aceptemos la hipótesis nula de un origen o agente natural del fuego. Entiende Ch.R. Peters que ejercitar esta opción puede ser especialmente útil cuando muchas de las evidencias no determinan claramente la ocurrencia de un fuego por sí mismo. Algunos de los hechos que a veces se presentan son ciertamente circunstanciales (por ejemplo algunas combustiones en el interior de cuevas) pero es posible que algunas explicaciones en orden a que puedan ser el resultado de fuegos causados por fenómenos naturales (se ha mencionado a los relámpagos), también se antojen circunstanciales e incluso que, como indica H.T. Lewis (1989), todas las evidencias arqueológicas lo sean. No estamos seguros de que le falte razón cuando indica que “como pasa en toda ciencia, es la probabilidad de la posibilidad de los acontecimientos lo que nos concierne”, de lo que podría derivarse que la probabilidad de que los carbones en el interior de una cueva representen fuegos hechos por el hombre puede ser infinitamente más grande que la de que representen fuegos causados por relámpagos, pero tampoco parece imposible que eso haya podido ocurrir. Tal vez no sea un hecho frecuente, pero frecuencia y probabilidad no son lo mismo, y la escala temporal en la que nos manejamos es tan grande que por qué no ha de posibilitar hechos poco frecuentes. E.N. Lawrence (1955), en un trabajo sobre el microclima de las cuevas, indicaba que durante una tormenta uno de los exploradores de la Henne-Morte (la red Félix Trombe-Henne Morte es una red mítica conocida por los espeleólogos del mundo entero; sus 1.000 metros de profundidad y sobre todo sus 104 km de galerías, pozos y salas, hacen de ella la más larga red de Francia y seguramente una de las cavernas más complejas del planeta) fue alcanzado por un rayo a una profundidad de 200 pies, es decir, a casi 71 metros. Se ha observado que durante las tormentas las cuevas “respiran hacia fuera” como resultado de la caída de la presión atmosférica. Esa oleada hacia exterior del aire de la cueva puede verse favorecida por el aumento de la temperatura alrededor de la embocadura, y la convección atmosférica ayuda a extender esa columna ionizada hacia las nubes de la tormenta, con lo que las descargas eléctricas pueden ir dirigidas a la entrada de la gruta.

Por otro lado, y volviendo a la crítica del razonamiento de Lewis, entendemos que no se está aplicando una explicación de pocas probabilidades de posibilidad para rechazar de forma sistemática una serie numerosa y reiterada de situaciones, lo que sí sería cuestionable, sino para dar cuenta de casos, muy pocos, en los que el tipo de prueba o las características del contexto generan dudas razonables. Esto creo que debe tenerse en cuenta, y también que tales supuestas evidencias que no deberían ser resueltas aduciendo probabilidades de poca posibilidad se convierten entonces en “islas” en el espacio y en el tiempo que automáticamente generan una situación que, recurriendo a la lógica, es difícil de explicar: ¿Por qué hay semejante laguna en el registro si la utilización del fuego se dio tan pronto, tanto como hace 1.5 M.a? Esto es especialmente aplicable al caso de África.

Por resumir mi opinión sobre esas “islas” africanas diré que, como ocurre en otros ámbitos de la investigación, la cuestión es si realmente sabemos lo que creemos saber o si ciertas interpretaciones tienen algo de cogido por los pelos o aun de sensacionalistas. En ausencia de estructuras y dado el carácter de algunas de las evidencias, la explicación más plausible (evitaré lo de parsimoniosa, jejeje) para, por ejemplo, los terrones rubefactados o las arcillas y las piedras quemadas de los yacimientos del este de África, es considerarlos producto de incendios naturales o de la actividad volcánica (la formación basáltica de Chesowanja se encuentra a 200 m. del sitio donde se encontraron los terrones quemados). Además, ninguna evidencia de fuego ha sido registrada en la importante investigación llevada a cabo en la Garganta de Olduvai, en Tanzania. Marcas de cortes en huesos y actividades de carnicería registradas no están acompañadas de huesos quemados. Esta evidencia negativa parece sugerir que aquellos homínidos, de entre 2 y algo menos de 1.5 M.a. no usaron el fuego y pone en cuestión la supuestas evidencias de otros yacimientos del Africa oriental del Pleistoceno Inferior. Por lo que respecta a Swartkrans, la experimentación llevada a cabo nos parece muy reducida (un caso por rango); la serie arqueológica sometida a análisis químico también (10 casos); y que la consideración de las temperaturas alcanzadas se infieran en el color y los cambios estructurales de un lote nada fácil de analizar un riesgo. No parece imposible la combustión de sedimentos en el interior de cuevas sudafricanas (ya se mencionó en Makapansgat) y, con ello, el porcentaje de piezas que supuestamente están alteradas por fuego (un 0.4%) se nos antoja muy bajo para afirmar, como se hace, que “el uso del fuego fue un fenómeno recurrente” en ese sitio.
La producción del fuego para su uso regular se constituyó en un paso decisivo, en una “mutación primaria” en el comportamiento humano. El fondo técnico para producir este cambio es desconocido, pero los humanos ya habían aprendido a elaborar útiles líticos y los usaban en accciones de percusión, serrado y perforación por rotación; afilaban la madera y utilizaban técnicas del trabajo como el aserrado con maderas duras; modificaban y usaban el bambú y aplicaban cierta tecnología del hueso. De esto podría seguirse que cualquiera de esas capacidades podría haber sido transferida a producir y usar el fuego por procesos de “mutación cruzada”, de ”sustitución” o de “translación”.
La regularidad con la que los hogares acompañan las industrias del Paleolítico Medio y Superior no dejan dudas de que los neandertales y los cromañones fueron productores del fuego, y que contarían con dispositivos al efecto como parte de su equipamiento esencial, pero decir que apenas disponemos de un conocimiento seguro sobre el equipamiento del hombre paleolítico para obtener fuego puede que sea de un optimismo exagerado. Es un gran inconveniente la gran pobreza de materiales de los que se dispone para conocer los métodos de producción del fuego en la prehistoria paleolítica, aunque a través de la etnografía sabemos que existen varias técnicas básicas, con algunas variantes, que sí constatamos arqueológicamente a partir del post-glaciar. En buena lógica cabe suponer que ese conocimiento se enraizaría en el Paleolítico y que en algún momento las excavaciones nos proporcionarán pruebas más directas (por otra parte, la experimentación es el único medio de redirigir un cierto número de falsas ideas ampliamente extendidas entre el gran público y la literatura científica, particularmente entre los arqueólogos y los prehistoriadores), y es posible también que los medios de obtener fuego se descubrieran muchas veces durante la larga prehistoria de la humanidad, y que se perdieran durante largos periodos.

En resumen, y por no descartar ningún dato, considero concebible que antes del Pleistoceno Medio hubiera experimentaciones ocasionales o manipulaciones discretas de fuegos naturales (Koobi Fora o Chesowanja, por ejemplo, donde hay áreas discretas quemadas). Sin embargo su escasez (junto con el hecho de que la gran mayoría de sitios de Paleolítico Inferior con un registro bien conservado cubren un considerable período de tiempo –entre 2.5 y 0.4 M.a.- y carecen de rastros firmes de la manipulación del fuego) hacen más plausible que esos residuos en forma de piedras y parches de tierra quemados en esos escenarios pirogénicos excepcionales fueran causados por fuegos naturales. Alternativamente, esos ejemplos podrían ilustrar casos discretos de un uso oportunista del fuego, que no se consolidaría todavía ni en un repertorio tecnológico, ni en una dependencia regular de su uso ni en un aprendizaje de su producción. Su producción, que en mi opinión queda puesta de manifiesto por la aparición recurrente en el registro arqueológico de evidencias de especial valor: los hogares (los hogares no son datos ambiguos, los demás son circunstanciales, de manera que sería posiblemente un error regirnos más por la cantidad de rastros de combustión aparecidos en un sitio que por el carácter de los mismos), y que estimo que se da entre hace 0.40 y 0.35 M.a. (más cerca de la fecha más reciente, probablemente), constituye una mutación tecnológica destacada y sugiere que se trata de un evento puntuado. Una vez integrada en el repertorio conductual humano sus aplicaciones se amplian. Sus repercusiones más allá de la subsistencia fueron enormes, y como otros desarrollos tecnológicos básicos pudo adquirir una dimensión simbólica.
Y con esto creo, Memecio, que ya he votado.

viernes, 13 de junio de 2008

El Fuego: Yacimientos.


En el gráfico que adjunto se incluyen aquellos yacimientos del Pleistoceno Inferior y Medio que se citan en la bibliografía arqueoloquica y en los que se ha referido la existencia de evidencias de fuego, lo cual no quiere decir, en algunos casos, que la combustión haya sido de origen antrópico. Aquí mismo ya se ha dicho que, por ejemplo, en Zhoukhoudian es cuestionable, o que en Torralba y Ambrona los carbones parece que no tienen relación con fuegos generados por el hombre, o, como comenté en Memecio, que los huesos quemados de Swartkrans quizás no estén quemados. La indicación de "mención sin datos" quiere decir exactamente eso, que se dice que hay rastros, a veces muy de pasada, pero no se hace indicación de qué, y no es lo mismo un trocito de concha quemada que un hogar; y lo de "incierto o cuestionable" pues idem de idem, pero en este caso referido a la evidencia a la que se asocia el signo en cuestión. Como vereís si agrandaís el gráfico, el nombre de la cueva sudafricana está mal escrito.