viernes, 5 de diciembre de 2008
Vídeo: La "técnica de churros" en 132 segundos.
miércoles, 3 de diciembre de 2008
Si es que no todo puede salir bien.
El pasado fin de semana, en la habitual partida de petanca de los domingos (casi más bien de curling, que al fin y al cabo no es sino petanca on ice) nosotros estuvimos hablando de las causas de su extinción. Entre todas las cosas que se han dicho al respecto de su desaparición se ha apuntado que los neandertales podrían haber palmado por no haber sido capaces de resistir una ola de frío. Ellos, que anda que no se habían chupado el moco durante miles de años, acabaron en Gibraltrar y hacia el 30.000, el 28.000 o el 24.000 (que ya sabemos que los arqueolocos manejan los años con la alegría propia de quien maneja dinero ajeno) el último cerró los ojos para siempre. Pero ahora va y resulta que puede que, quizás, tal vez, acaso, los neandertales cascaran porque lo que no superaron fue un cambio hacia condiciones climáticas más benignas o fluctuantes (que ya lo habían sido). De momento sólo es una hipótesis –que por cierto, “momento” es un término que en algún momento habría que definir- planteada por P. Chinnery y G. Hudson, y la culpa en este caso no fue del cha-cha-chá, sino de las mitocondrias. Como ya ha dicho el amigo Cagliani en su blog Mundo Neandertal, han descubierto en la secuencia de ADNmt de un resto -que parece que es de Vindija- mutaciones chungas relacionadas con enfermedades neurodegenerativas. Antes de seguir quiero decir, sólo por decir, que los neandertales de Vindija y los de Gibraltar están separados por entre 8.000 y 14.000 años no calibrados (que calibrados son entre 10.000 y 14.000), nada, lo que dura un bostezo.
Fluctuaciones climáticas de los últimos 80.000 años (calBP) medidas según los isótopos de oxígeno en el hielo del sondeo GRIP de Groenlandia. (SMOW: Standard Mean Ocean Water). La horquilla de Gibraltar es la comprendida entre las fechas 24.010 ± 320 y 30.560 ± 720, que calibradas se convierten en 28.920 ± 450 y 34.770 ± 600 respectivamente.Estos organulillos, las mitocondrias, que están en las células y sobre los que últimamente parece que gira todo –y eso que encima no están en el núcleo, porque en el fondo no son mas que unos simples pegotes ahí puestos, con perdón de los amigos de Abulafia-, son centrales de energía. La fosforilación oxidativa mitocondrial (OXPHOS) tiene dos funciones primarias: generar calor para mantener la temperatura corporal y sintetizar trifosfato de adenosina (ATP), una forma de energía química que nos permite hacer cosas como correr, saltar y brincar en los charcos o fuera de ellos (esto da igual), escribir como hago yo ahora, pensar, reparar células y tejidos y tal y tal Pascual. La proporción destinada a mantener el cuerpo caliente y la dedicada a los otros menesteres depende de cómo esté regulado el sistema OXPHOS.
Volviendo a la prehistoria –cuando no había braseros, ni estufas, ni bufandas-en ambientes tropicales y subtropicales de África lo más óptimo sería asignar más calorías a sintetizar ATP y menos a generar calor. En Eurasia esa asignación no habría sido la opción chachi porque en invierno te podías quedar tieso. Una mutación, asignando más calorías a generar más calor que ATP habría posibilitado la supervivencia en y la colonización de latitudes más altas. Pero una opción y otra parece que tienen sus contrapartidas. Las poblaciones actuales adaptadas al frío están más protegidas contra las enfermedades degenerativas de la edad y son más longevas, posiblemente porque reducen la producción de radicales libres de óxigeno, pero también son más propensas a enfermedades derivadas de deficiencias energéticas porque reducen la producción de ATP. Lo contrario pasa cuando pasa lo contrario, de cajón.
En un trabajo del equipo de D. Wallace del año 2003, en el que se analizaron 104 secuencias completas de ADNmt humano (haplotipos) de todo el mundo, se sugería que la distribución regional de los haplogrupos de ADNmt (linajes específicos de haplotipos de ADNmt relacionados) había sido influenciada por selección climática (en PNAS, Mishmara: Natural selection shaped regional mtDNA variation in humans), mientras que en otro del 2004 (en Science, Ruiz-Pesini et al.: Effects of Purifying and Adaptive Selection on Regional Variation in Human mtDNA) se indicaba que la razón por la que algunas personas son más propensas a la obesidad, o a enfermedades degenerativas como el Alzheimer, o el Parkinson, puede guardar relación con lo que permitió a los primeros humanos que emigraron de África sobrevivir en los climas fríos de Europa y Asia, un asunto de la medicina evolutiva.
¿Qué pasa con los neandertales a cuento de esto? Pues que no parece fácil encajar las cosas ¿no?. Por una parte, lo planteado por Chinnery y Hudson parece que es lo que cabría esperar según lo dicho, salvo que palmaran por no adaptarse a una mejora climática. “Reduces” la producción de calor (y así “te adaptas” a unas condiciones climáticas más favorables) y a cambio aumentas la producción de ATP (y sufres el riesgo de padecer esas enfermedades). Por otra, los neandertales vivieron con condiciones climáticas frías (aunque con importantes fluctuaciones, como se puede ver en la gráfica), pero no por ello tuvieron las ventajas metabólicas de adaptación al frio: no fueron más longevos y –según ese análisis de ADNmt- podían padecer enfermedades neurodegenerativas. Además, para arreglarlo, sus restos óseos parecen estar modelados por una fuerte actividad física, luego deberían tener un alto metabolismo de ATP. Alta produción de calor, alta produción de ATP… considero imprescindible la opinión de Abulafia.
jueves, 27 de noviembre de 2008
No sólo pimentos.
El otro es que los colgajos son “papiros”. Aquí la cosa es más jodida, pero tiene arreglo. Es más jodida porque a mí siempre me ha gustado la cocina tradicional, sólo por el mero hecho de sentir que has comido, pero si hay que hacer nueva cocina, en la que casi necesitas de un GPS para localizar la angula –que por cierto, no me dicen ni hola- en un océano de plato, haré algunas probatinas de nueva cocina. En cualquier caso creo que esto es una cuestión de gustos, y ya se sabe que los gustos son como las opiniones, y las opiniones como los culos, que cada uno tiene el suyo. Uno de los individuos que me habían salido corriendo pallá pallá era el de un reciente hallazgo de ocre. Estaba yo haciendo un “papiro” sobre el ocre en la prehistoria y el debate que a partir de la publicación de Wreschner del año 1980 (Red ochre and human evolution: a case for discussion) se abrió sobre eso, sobre el ocre rojo y la evolución humana y su papel en el origen del comportamiento simbólico, cuando he decidido dejar de cocer el guiso y presentar un plato frío, sin más. A efectos de posibles cómputos el colgajo empieza a partir de ahora.
Mortero de ocre.
Hace unos días un geólogo y profesor de la Universidad de Cantabria encontró en el Abrigo de la Magdalena, cerca de Vidiago (Asturias), un depósito de ocre. Al parecer no se trata de una veta, como la que él mismo localizó hace un año o así en la cueva de El Oso, en el Monte Castillo (Puente Viesgo, Cantabria), con signos se haber sido explotada a lo largo de distintas épocas según se desprende de varias dataciones (la más antigua de hace 22.000 años), sino de un depósito intencional en el interior de una gatera, de un almacén que, según sus estimaciones, podría haber alcanzado hasta los 3 metros cúbicos. O sea, ocre como para dar y, mejor aún, vender, a medio camino entre las cuevas de Tito Bustillo y El Pindal.
Posiblemente la primera asociación entre restos humanos fósiles y ocre rojo fue la que se constató en el año 1823, cuando W. Buckland descubrió el esqueleto de la llamada “dama roja de Paviland”. Roja porque (afirmativo) sus huesos estaban teñidos de ocre rojo, y dama porque portaba elementos de adorno. Buckland pensó que se trataba del esqueleto de una prostituta que había ejercido en época romana, aunque en realidad era el de un joven varón, de unos 21 años, que existió mucho antes. Su datación es de 26.350 ± 550 BP, es decir, del Paleolítico Superior.
La relación entre el hombre y el ocre está constatada, con todo, mucho antes. Ya aparece este mineral asociado a restos de Homo en yacimientos de hace 300.000 años (aquí habría la güeva que decir).
Mujer de la tribu Himba (dicen que las más bellas de África) con la piel cubierta con una mezcla de ocre y manteca.
Utilidades del ocre en la prehistoria: se incorporó a las resinas en la fabricación de mastics o pegamentos empleados para la fijación de los artefactos; como conservante de las pieles; como colorante en las pinturas rupestres (el ocre amarillo pasa a rojo mediante calentamiento); en los ritos funerarios (a partir del paleolítico superior espolvoreado sobre los cuerpos); posiblemente como pigmento utilizado en el adorno corporal –dando inicio a la floreciente industria cosmética. La prueba más antigua de la mineria del ocre procede de Lion Cave (Swazilandia), hace 43.000 años con seguridad (tal vez hasta 110.000).
A ver si aprovecha, aunque yo con esto me habría quedado sin comer. Por cierto, el título tiene un errata: donde dice "pimentos" debería decir "pigmentos".
miércoles, 19 de noviembre de 2008
HAL9000: EL CONCETO ES EL CONCETO (DE ARQUEOLOGÍA, NOTAS DE PRENSA Y ARGUMENTACIONES DE LO OBVIO).

“La única cosa que sé es saber que nada sé” .
Sócrates (470-399 A.C.)
“En primer lugar acabemos con Sócrates, porque ya estoy harto de este invento de que no saber nada es un signo de sabiduría” .
Isaac Asimov (1920-1992)
"Lo mismo que te digo una cosa, te digo la otra" .
Manuel Manquiña, “Pazos” en Airbag (1997)
En fin, aguantábamos como podíamos las ganas de despeñarlos por las tremendas terreras del animoso Alcubierre, hasta que vino un jovenzuelo, epígono/integrista/adorador de no sé qué santón postprocesualista de postín, cuyo nombre hay que pronunciar con precaución para que no parezca un taco, y nos dijo que la Arqueología –y las excavaciones también- eran un ejercicio dialéctico y que no nos preocupáramos por las divergencias de criterio de nuestros amados prebostes, vamos que sus posiciones eran como las variadas explicaciones que produce un comentario de texto, como la interpretación del oráculo de Delfos, como una exégesis constitucional, que las soluciones podían ser diversas, contradictorias y verdaderas a la vez. Supongo que aquel mequetrefe descerebrado ya estaba a punto de decirnos que el análisis funcional y el contexto arqueológico nos libraban del salvaje relativismo total y en un tris de hacer asomar la patita, por debajo de la puerta epistemológica, a la holística, para explicarnos, en plan deus ex machina, que “el todo” es más que la suma de “sus partes” y gilipolleces por el estilo, cuando, en un arrebato –un pronto malo, lo confieso, hay cosas que no puedo remediar a pesar de la terapia de grupo y los tranquilizantes de procesadores que tomo todas las noches- tiré del enchufe y los mandé a todos a criar malvas cibernéticas. Y me quedé tan ancho. ¡¿A que ya os gustaría a vosotros poder hacer lo mismo algunas veces…?!
Así que me fui en mi minimonolito de carreras a dar una vuelta por el espacio interestelar para despejarme cuando –no gana uno para sustos- irrumpió en el telediario de las nueve la noticia de que alguien había escrito un libro –hasta aquí todo más o menos normal, aunque quizá innecesario en vista del panorama actual de overbooking editorial- en el que explicaba las razones que tuvo el hombre para hacerse agricultor y sedentario en el Neolítico. Estaba cantado, alguien como Josef H. Reichholf, de la Universidad Técnica de Munich, tenía que aparecer y decirlo alto y claro.
Ya imaginaba yo algo y sospechaba de mis profesores de Prehistoria –cuando me estaban “montando” los circuitos a finales del siglo XX- el día que pillé a un sesudo arqueólogo neolitista en aquello de que los rituales funerarios de no sé qué cultura anteneolítica próximoriental –natufinosequé, ya es que ni me acuerdo- se dividían en dos: con separación de la cabeza del cuerpo post mortem y con la separación ante mortem.
-¡Poco ante! –respondí yo crecido, con la chulería propia de la adolescencia heurístico/algorítmica computacional, a lo que sólo recibí, como respuesta de mis ensambladores, una sonrisa burlona y un lánguido “sí, sí…, majete…, a que, como sigas tocándonos las narices, te desenchufamos de golpe y te hacemos un reseteado en condiciones…”.
Pues eso, que la tele de mi minimonolito de carreras escupió el otro día la noticia: ****“El hombre se hizo sedentario y agricultor en el Neolítico para fabricar cerveza”**** .
¡Ahí es nada: toma Jeroma pastillas de goma!. Y eso, si lo dice Manolo García Pérez, profesor del Instituto de Enseñanza Primaria del afamado municipio de Cabrillas Blancas de Arriba, no pasa del bar del pueblo –a la hora de hacer chistes malos durante la partida de Guiñote- así se caigan todos los palos del sombrajo de la Ciencia, de la razón que tiene el pobre hombre. Pero claro, la misma afirmación se publica en todo el mundo si lo dice un tipo llamado Josef H. Reichholf, de la Universidad Técnica de Munich, así sea la memez más mema del memo mundo mundial (en adelante: “MMMDMMM”).
Y no digo yo que la idea fuera mala, no; incluso me recuerda una antigua teoría mía con respecto al bipedismo y de lo que, hipotéticamente, se puede hacer con las extremidades anteriores libres de las tareas propias de la locomoción cuadrúpeda. Pero me parece una pasada, una sobrada, un “yesuilaperá, tumecomprand, monpetitamí”, que diría un petimetre dieciochesco, un “ahí queda eso y que se den friegas si escuece”. Y no, las cosas no son así. No.
Y tampoco es que yo opine que “el Josef H. Reichholf” sea un indocumentado que, de hecho, ocupa el solito medio “Katalog der Deutschen Nationalbibliothek”, el angelito, y se ha escrito varias grossen enciclopedias de toda clase de bichos…, además de alguna cosa de paleoantropología, traducida por Crítica me parece. No, no es un “piernas”.
Las razones que expuso el muchacho –es un decir- en la presentación en Alemania de su libro -y de las que no sabemos mucho más que la escueta noticia de prensa- no carecen de una cierta lógica: el Creciente Fértil, como su propio nombre indica, es fértil en plantas y donde hay plantas hay herbívoros y donde hay herbívoros hay carnívoros, a los que les siguen los omnívoros y también los que están a dieta para guardar la línea; vamos, que el hombre, en aquellas circunstancias, debía de ser un cazador/recolector de tomo y lomo y que meterse en faena roturadora/sembradora/cosechadora no le reportaba beneficios inmediatos, y, ya se sabe, el hombre y el político sólo piensan y prevén a corto plazo.
-¿Cómo, qué dice usted?, ¡aaaah! ¿que son lo mismo…, que los políticos también son personas?, bueno…, ya…, sí…, claro…, perdón.
Y digo yo que ahora también tenemos grandes praderas americanas capaces de alimentar bisontes, selvas asiáticas muy aptas para los tigres y mares que podrían estar llenos de boquerones, pero los boquerones están a precio de caviar iraní, los tigres en el circo y a los bisontes se los cepilló todos Búfalo Bill Cody. Sí, también sé que con un Winchester de repetición la cosa es más sencilla y con la presión demográfica actual y la insaciable pasión boqueronófaga humana está “chupao” acabar hasta con el último pececillo que se deje meter en la sartén.
Digo yo también que es posible aceptar, a priori, la lógica biológica y el optimismo antropológico de opinar que todos vuestros “tataratataratataratatar...abuelos” estaban siempre pensando en lo mismo; conclusión con la que hasta yo, que sólo soy medio humano, puedo estar de acuerdo. Y todo nos lleva a los “mismos” de siempre, y de nuevo al “botellón”, queridos amigos, como concepción primigenia y antiquísima de importancia sin igual en el devenir de todo lo humano y divino (esto último, aprovechando las “apariciones” postbotellonales, claro). También es sabido que una parte importante de la dieta de los constructores de pirámides egipcias estaba compuesta por cerveza –así como que las mismas pirámides son la constatación cabronzuela y “neocons” de que el obrero, en todo tiempo y lugar, tiende a trabajar cada vez menos, ya que el diseño inicial de estos monumentos funerarios era el de unos cubos perfectos, según se ha sabido hace poco. Pero otra cosa es que el edificio de la ciencia no se apuntala con “creosyo”, ni “amimepareces”, y que habrá que interrogar al registro arqueológico para ver que puñetas comían aquellos señores que, ya se sabe, dime lo que comes y te diré lo que eres.
No sé, no sé…,tampoco me fío un pelo de lo que un periodista humano es capaz de poner en sus columnas con respecto a una noticia mal digerida en un traductor automático on line de los que se estilan ahora. Habrá que esperar a ver el libro y lo que dice en realidad. Pero con la escopeta cargada, por si acaso…, ¿a ver si va a tener razón? Pero claro, serán cosas mías, ya sabéis que no soy muy normal y además, como ando lejos, no me entero bien de la mitad de las cosas. Como me parece, por lo que leo en los colgajos de este BLOG, que doctores tiene la Santa Madre Prehistoria, pues eso, que ya diréis qué os parece el invento de Jerdoktor Josef….
Cuando ya me había casi recuperado del susto, en el mismo viaje, pero unos días después, me llegó un recorte de prensa: ****Los arqueólogos niegan que la tumba descubierta en Roma sea la de 'Gladiator'**** –decía el escueto titular de prensa.
Algunos arqueólogos italianos protestaban y decían que una tumba encontrada en la vía Flaminia, cerca de Roma, no era la del personaje de la película “Gladiator”, de Ridley Scott:
-Se trata de Marco Antonio Macrimo, un personaje relevante del siglo II, pero no es Maximo – decía uno.
-Cuando Marco Aurelio hizo sus campañas, Macrimo tenía 60 y 70 años, demasiado para hacer de militar –argumentaba el siguiente.
-Imposible, además Marco Aurelio jamás pensó en reinstaurar la República –afirmaba otro, dándoselas de enteradillo.
-No, no, Macrimo nunca estuvo en África como Máximo- alegaba una arqueóloga implicada, con cara de circunstancias.
Y, ¡hay que fastidiarse!, tenían razón todos, pero ninguno aludió a lo más evidente, esto es que el tal Máximo, el gladiador de la película, ERA UN PERSONAJE DE FICCIÓN, y que los personajes de ficción como el Capitán Trueno, Gladiador, Mortadelo y Filemón no tienen tumbas, porque maldita la falta que les hace. Pero claro, para responder eso había que jugársela con la prensa, porque les dabas a entender que la pregunta que te hacían era mas bien tirando a abstrusa (o la MMMDMMM) y eso suele traer consecuencias fatales en el periódico del día siguiente. Lo que me recuerda otras máximas -quizá menores, pero de aplicación casi universal- de esas que hacía yo, mientras daba vueltas a un planeta del Sistema Solar, medio desconectado y bastante alelado.
La primera la denominé “Principio simétrico inverso de noticiabilidad arqueológica, o del relleno de periódicos en épocas de estío informativo” y dice: “El interés de los periodistas por las noticias arqueológicas es inversamente proporcional a la existencia de otras noticias, cuales quiera, de su interés”.
La siguiente la bauticé como “Principio escéptico/sarcástico de incertidumbre periodístico/arqueológica” e indica que: "Si crees que lo sabes ya casi todo del yacimiento que estás excavando, es porque todavía no conoces lo que dirá mañana la prensa a propósito de él”,
A ambas se les podría añadir, como corolario paralelo delirante, lo que, durante un ataque maniaco-depresivo fulminante, denominé “Máxima del barrunto obsesivo/compulsivo de los desastres venideros en Arqueología”: “Cuando en un yacimiento parece que ya nada malo puede pasar, a menudo olvidamos que todavía faltan por llegar los políticos y los periodistas con sus estupendas ideas...”
Ahora que caigo, en la vía Apia, también cerca de Roma, hay una tumba redonda, así como con forma de cilindro, que dicen que es de una tal Cecilia Metella, y no, no se han dado cuenta…, están en la inopia arqueolóquica más caracolera…, son todos unos pardillos…, pero yo sí lo sé…, a mí no me engañan… ¡ un cilindro con forma de lata…, es evidente…: la tumba de Popeye!
Ya veréis como ahora sale alguien argumentando que los romanos no tenían latas o que las espinacas no tienen las virtudes vigorizantes que los dibujos animados dejaban entrever subrepticiamente… ¡son como niños!
Mientras la profesión arqueolóquica no vive para sustos ni para MMMDMMM, yo por mi parte me voy a preparar un Neolithic Bowl para quitarme el frío interestelar y, ya más relajado después de cerrar la excavación, no pensar en otra cosa que en aumentar mi entusiasmo por la misión…, que sí…, que os lo juro por mis circuitos.
Fdo.: HAL9000

Neolithic Bowl: El origen del Neolithic Bowl es muy oscuro, aunque, desde luego, hay que apartar de nuestra cabeza la ridícula idea de que procede de los albores neolíticos de la humanidad, como algunos autores poco avisados y obcecados pretenden, con notoria ramplonería intelectual. No, no es así -y basta con mirar la lista de componentes para darse cuenta de que eso es imposible-, sin embargo su antigüedad debe ser notable y hasta es probable que tenga un origen común con el famoso Wassail Bowl que tantas noches de Navidad dulcificó en la fría, neblinosa, húmeda y pérfida Albión, tan dada, por el clima y el carácter de sus extrañas gentes, a la cerveza caliente y otras excentricidades similares.
Sea como fuere, el Neolithic Bowl precisa para su confección de una serie de condiciones, entre la que no es la menor el no tener otra cosa mejor que hacer, ni otro pito que tocar. Una vez desocupados y abandonados de la esperanza de poder hacer algo mejor o más provechoso, deberemos distraer nuestra desolación buscando un par de litros de cerveza de trigo, ¡pero ojo, no de un trigo cualquiera!, sino de Triticum dicoccum, parecido a la escanda, ya desaparecida en casi todas partes, pero de la que aún queda algo en la península Ibérica y de la que se puede hacer este tipo de cerveza si no encontramos nada mejor (que lo hay). Una vez conseguido el brebaje, calentaremos como un cuatro de litro del mismo junto con otro cuarto de litro de jerez en una cazuela grande, sin que llegue a hervir, removiendo despacio y añadiendo a la vez 90 gramos de azúcar, media cucharadita (de las de café) de pimienta de jamaica molida, una cucharadita de canela molida, dos cucharaditas de nuez moscada molida y un cuarto de cucharadita de polvo de jenjibre (molido, sí…, claro). Revolveremos bien, pero con suavidad, hasta que se homogenice la mezcla, añadiremos el resto de la cerveza mientras seguimos removiendo y luego lo dejaremos reposar a temperatura ambiente por lo menos durante tres horas. Seguramente después de este tiempo nos apetecerá probarlo, así que nada, lo ponemos en una ponchera bonita de esas que salen en las películas cursis “de amor y lujo” (hallazgo sintagmático y conceptual notable, prestado por una vecina que vive cerca, en el Planetoide Fabara) y lo adornamos con unas rodajas de limón para servirlo luego en unas coquetas tacitas que tendremos mucho cuidado de sujetar con delicadeza por el asa con los dedos pulgar índice y corazón, dejando el meñique extendido, mientras damos pequeños sorbitos y hablamos con el resto de los invitados del tiempo que hace, de las carreras de Ascot y de lo mal que está el servicio. Así, si nos sienta mal, lo tendremos bien merecido. Ahora bien, si hacemos todo esto –meñique enhiesto incluido- vestidos de prehistóricos y en un lugar público muy concurrido, argumentando que se trata de un Neolithic Bowl y que estamos celebrando el décimo milenario –o así, aunque seguramente es bastante más- de la invención de la cerveza, sólo nos tomarán por una pandilla de mentecatos. Ya sabéis: se piensan los orates que todo lo que no entienden son disparates.
lunes, 17 de noviembre de 2008
martes, 28 de octubre de 2008
Los caballos... ¡la leche!
El caso de la domesticación del caballo y su posterior raciación es más complejo que el de otras especies. De normal un arqueozoologo puede distinguir si los restos de fauna de un yacimiento pertenecen a la especie doméstica (cabra, oveja, por ejemplo) o al agriotipo, pero en el caso del caballo los criterios osteomorfológicos y métricos, que suelen ser criterios zoológicos estándar de domesticación, no son siempre aplicables o fiables (la variabilidad de las poblaciones euroasiáticas de caballos salvajes durante el Holoceno es grande), de manera que se deben utilizar otros, y el momento y el lugar o lugares en el que se produjo su domesticación es discutido. Ciertas evidencias han llevado a algunos a sugerir que tal vez se remonte a momentos muy antiguos (al final del paleolítico superior). Serían éstas representaciones artísticas, parietales pero sobre todo mobiliares (contornos recortados) en las que los animales supuestamente portarían arcaicos arneses con sogas o embocaduras; o ciertos artefactos (como una placa perforada del yacimiento de La Quina, o algunos bastones de mando) que podrían servir de elementos de control de estos animales; o algunas patologías dentarias registradas en muestras fósiles (como en Le Placard y también en La Quina) que se observan hoy en las formas domésticas, como es el anormal desgaste de los incisivos como resultado de un mordisqueo reiterado, y que se definen como “vicios de establo”. Pero no son demasiado fiables. Paleopatologías así se observan en caballos del Pleistoceno inferior y medio en América, cuando por allí todavía no había ni indios ni vaqueros. Otro argumento en contra, como indica Sandra Olsen (1998), es su extinción o drástica disminución en amplias áreas de Europa a finales del Pleistoceno.
Caballo con arreos y contorno recortado de cabeza de caballo del magdaleniense del yacimiento de Arudy.
Volviendo nuevamente a las estepas euroasiáticas del norte de Kazakhstan, durante el eneolítico nos encontramos allí con la cultura Botai. En el año 2006 Andrew R. Stiff y la propia Sandra Olsen, entre otros, aportaron algunos datos (Geochemical evidence of posible horse domestication at the Copper Age Botai settlement of Krasnyi Yar, Kazakhstan). Los arqueolocos utilizan ciertas técnicas para detectar estructuras o restos arqueoloquicos enterrados en el subsuelo: las variaciones locales o puntuales del campo magnético, de la conductividad o resistividad de una corriente eléctrica, del contenido de fósforo en el suelo, pueden estar indicando la presencia en el subsuelo de algo que no se ve en la superficie. En el yacimiento de Krasnyi Yar se aplicaron estas tres técnicas (la prospección magnética, la resistividad eléctrica y el análisis de fosfatos). Las dos primeras revelaron la existencia de un buen número de posibles agujeros y moldes de postes en disposiciones o alineaciones casi circulares o semicirculares que sugerían la existencia de corrales o estacadas para guardar animales (posiblemente caballos entre otras cosas por algo tan simple como que los Botai eran muy dependientes de estos animales: en el yacimiento epónimo el 99% de los 300.000 restos de fauna recuperados son huesos de caballo). Para confirmarlo se aplicó la tercera. Se tomaron muestras de tierra del interior de esos recintos a profundidades entre 15 y 25 cm. y también fuera de ellos (para comparar), y la fracción de menos de 2 mm., una vez convenientemente tratada, fue analizada mediante ICP-AES (Inductively Coupled Plasma Atomic Emission Spectrophotometry). La materia orgánica generada por los caballos enriquece los suelos en nitrógeno, fósforo y potasio. El contenido en esos elementos en el suelo de un cercado donde hoy haya caballos será mayor que en el suelo circundante. En un cercado donde hubiera habido caballos la concentración de nitrógeno podría no ser alta, ya que es relativamente móvil y puede migrar a aguas subterráneas o a la atmósfera por procesos orgánicos e inorgánicos, pero el fósforo se puede fijar en el calcio y en fosfatos de hierro, y la probabilidad de que se conserve en contextos arqueológicos es alta. Las concentraciones de fósforo en las muestras tomadas en el interior de los supuestos cercados de Krasnyi Yar resultaron ser más elevadas que las del exterior (113-740 mg/kg frente a 40-80 mg/kg). Este dato, en sí, tampoco es definitivo; podría estar reflejando una actividad humana, con la presencia de hogares, por ejemplo. La actividad de los hogares tiende a elevar significativamente la relación Potasio/Fósforo. En las muestras del interior esta relación era inferior a 0.2, mientras que en las otras se situaba entre 0.7 y 0.8. Igualmente, dentro de los cercados la concentración de Sodio (que podría proceder de la orina) también era mayor: 120-1300 ppm, con una media de 520 ppm, frente a 80-90. Los autores concluían que aunque los resultados no lo probaban, eran consistentes con el hecho de que en Krasnyi Yar habría caballos domesticados, con una fecha de hacia el 3600 a.C. Ya entonces indicaba la Olsen que la madre del cordero (en este del caballo) sería poder detectar moléculas en restos materiales (recipientes) que pudieran atribuirse específicamente a los caballos, y que esos análisis se estaban llevando a cabo. Con una perspicacia notable apuntaba que los Botai posiblemente se trapiñaban a estos équidos y los utilizan como animales de carga, pero que también podrían haberlos ordeñado (a las yeguas, lógicamente) para crear una bebida rica en vitaminas y medianamente alcohólica como la que todavía se bebe por aquellos parajes.
Los susodichos análisis los ha realizado Natalie Otear. Ésta desarrolla su trabajo en el equipo de Richard Evershed, pionero en la técnica de identificar residuos de leche en cerámicas antiguas analizando isótopos de carbono. El uso de productos obtenidos de animales domésticos sin necesidad de llegar a matarlos, los llamados “productos secundarios”, como la lana, la leche, o la propia fuerza de tracción, no es algo que los arqueolocos conozcan como desearían. Tras la domesticación ¿los beneficios potenciales de esos recursos secundarios se explotaron pronto? Unos opinan que sí. Otros, basándose en que ciertas evidencias (seguras) aparecen más tarde (escenas de ordeño, carros, arados) y en ciertas barreras, como la intolerancia a la lactosa en los humanos, consideran que en los momentos más tempranos de la domesticación el fin fue el aprovechamiento de la carne y la piel, y que la “revolución de los productos secundarios” se produciría 2000 o 4000 años después, en el V/IV milenio a.C. En el caso de la utilización de la leche de los ovicápridos ha habido aportaciones recientes. Evershed y su equipo han analizado residuos de lípidos en los restos cerámicos, y han descubierto que se pueden distinguir los ácidos grasos de la leche de los rumiantes de aquellos que proceden de la grasa de la chica. Usando la técnica en cuestión recientemente han establecido que el uso de la leche fue especialmente importante en el Noroeste de Anatolia en una fecha tan antigua como la del VII milenio a.C., desde luego más antigua que cualquier otra que se manejaba (Earliest date for milk use in the Near East and southeastern Europe linked to cattle herding).
Pues bien, en el ISBA3 (III Symposium Internacional sobre Arqueología Biomolecular), que casualmente se celebró justo antes del IV Curso de Arqueología Experimental de Caspe, Natalie Otear comunicó que había encontrado señales isotópicas de leche de yegua en restos cerámicos kazajos de 3500 años a.C. (Investigating Eneolithic horse exploitation in northern Kazakhstan, via compound-specific stable carbon and deuterium isotope analysis of pottery). Como indica Otear, los “residuos de grasa equina pueden ser identificados en restos cerámicos aplicando análisis de compuestos específicios estables de isótopos de carbono, pero a diferencia de las grasas de otros rumiantes, la leche equina y las grasas adiposas de los caballos son indistinguibles basándose en valores δ13C. Sin embargo […] es posible clasificar grasas equinas bien como lácteas o bien como adiposas basándose en los valores δD de sus ácidos grasos C16:0 y C18:0 que son determinados usando la técnica GC-TC-IRMS (Gas Chromatography/Termal Conversion/Isotope Ratio Mass Spectrometry).” Aplicando esta técnica a residuos orgánicos extraídos de cerámicas de la cultura Botai y usando los valores δ13C y δD han sido capaces de “detectar residuos de leche equina preservados dentro de la cerámica…”. Para el uso de la leche la verdad es que la cosa se queda lejos de la fecha obtenida por su jefe, pero aquí la cuestión no es sólo esa. Se trataría de “la primera evidencia directa de la presencia de caballos domésticos entre los Botai durante el eneolítico.” Como decía Sandra Olsen, “si se puede demostrar que los caballos eran ordeñados, podríamos estar casi seguros de que eran domésticos”, o en otras palabras, que anda y tira a ver si tienes pelotas de ordeñar a una yegua salvaje.

