lunes, 16 de junio de 2008

Por acabar los colgajos del fuego..., creo.


En el colgajo anterior se han presentado los datos arqueoloquicos de que se puede disponer (puede faltar alguno) a la hora de intentar elaborar, o más bien esbozar, la historia del inició de la relación del hombre con el fuego. El fuego puede ser usado sin necesidad de producirlo, y en ocasiones no podemos distinguir los rastros de las combustiones naturales de las antrópicas. Con estas premisas intentar responder cuándo el hombre usa el fuego y si lo conserva o lo produce es difícil. Además es evidente que para dar respuesta a la segunda cuestión podemos ir olvidándonos de los artefactos que pudieron servir para su producción autónoma, ya que es claro que los registramos muy tarde en los depósitos arqueoloquicos; seguramente mucho después de que empezaran a ser utilizados y de que esa relación se diera.

Dado que el fuego es una reacción química que puede darse de forma natural, y como quiera que de ella se derivan una serie de consecuencias inmediatas que antes o después hubieron de ser percibidas como útiles (calor y luz) por el hombre sin necesidad de indagar en la naturaleza del fenómeno, éste elemento pudo ser “capturado” y mantenido por nuestros primitivos ancestros, quienes posteriormente desarrollarían las técnicas para generarlo por sus propios medios. Seguramente nadie pone en duda que “antes de que el hombre pudiera utilizar el descubrimiento accidental de que ésta o aquella acción conducía al fuego, habría requerido de alguna experiencia en su manipulación, y que ésta sólo la habría obtenido a través del aislamiento y el control de un fuego de origen natural”, (Oakley 1955), de manera que es muy probable que los primeros usuarios paleolíticos del fuego no fueran creadores del mismo, sino que recogieran este preciado elemento de catástrofes naturales, y lo conservaran, lo que ya pudo ser un problema. Si grupos tecnológicamente más avanzados (griegos, romanos, o las mismas poblaciones rurales europeas hasta una época próxima a la actual) se han preocupado constantemente para conservar el fuego vivo, tanto por razones prácticas como por razones ideológicas, parece legítimo pensar que los grupos prehistóricos, al menos por motivos prácticos, tuvieran las mismas preocupaciones.

El problema paleoantropológico a la hora de trazar la historia del fuego como una herramienta es pues, y principalmente, de índole tafonómico, e implica reconocer cuándo las evidencias de antiguos fuegos indican un control humano y cuándo un origen natural. La cuestión es compleja y las posturas encontradas. Hablando de una investigación en términos generales, de lo que se trata, o lo que desea, es decidir si una situación dada resulta cierta a la luz de la evidencia muestreada, o cuál de entre un número de situaciones encuentra el mejor apoyo posible con las evidencias de que disponemos. En ocasiones tal toma de decisiones implica riesgos, y en relación a discenir entre fuegos naturales y fuegos antrópicos el asunto podría concretarse en: ¿Qué riesgo se está dispuesto a correr en tomar la decisión incorrecta?

Recurriendo a una metáfora estadística podríamos plantear la cuestión considerando como hipótesis nula que los fuegos son naturales (no homínidos en origen), es decir, que la evidencia observada es la que cabría esperar bajo condiciones naturales. La hipótesis alternativa sería que las ocurrencias de combustión son homínidas en origen, y aunque estamos bien seguros de que hay ocasiones en las que la hipótesis nula debe ser necesariamente rechazada, también observamos que se dan otras en las que no sabemos cuándo se debe rechazar esa hipótesis.

Una regla científica convencional de decisión es hacer que la probabilidad de rechazar falsamente la hipótesis nula (error de tipo I) sea muy pequeña, con objeto de evitar rechazar la hipótesis nula cuando es verdad. Sería el caso de rechazar la hipótesis nula y aceptar la hipótesis alternativa, es decir, que un fuego no se debe a un agente natural, sólo si, por ejemplo, observáramos que la evidencia consistiera en la concurrencia en el espacio de un hogar estructurado que contuviera en su interior cenizas, carbones, huesos y útiles quemados, piedras craqueladas y que se encontrara a su vez en el interior de otro espacio estructurado en el que se observaran áreas de actividad humana a su alrededor. Eso sería, desde luego, bastante, pero bastante contundente.

Pero claro, que la probabilidad de rechazar falsamente la hipótesis nula sea muy pequeña aumenta la probabilidad de no rechazarla cuando es falsa (error de tipo II), aunque también puede ser resultado de ejercitar la opción de suspender el juicio. Es decir, podríamos llegar a aceptar la hipótesis nula, según y siguiendo con lo que hemos dicho, si aparecieran carbones, huesos y útiles quemados dentro de un espacio estructurado con áreas de actividad, pero sin hogar, etc. Seguramente casi todos pensarían que estabamos en un error. Aquí acabamos de toparnos con el verdadero problema: ¿qué condiciones validan la hipótesis nula o la rechazan por la alternativa?

Hay algunos investigadores (Peters 1989) que consideran que no encontrar la evidencia que implique convincentemente a un agente homínido como responsable (porque puede haber dudas razonables) no ha de conducir a que aceptemos la hipótesis nula de un origen o agente natural del fuego. Entiende Ch.R. Peters que ejercitar esta opción puede ser especialmente útil cuando muchas de las evidencias no determinan claramente la ocurrencia de un fuego por sí mismo. Algunos de los hechos que a veces se presentan son ciertamente circunstanciales (por ejemplo algunas combustiones en el interior de cuevas) pero es posible que algunas explicaciones en orden a que puedan ser el resultado de fuegos causados por fenómenos naturales (se ha mencionado a los relámpagos), también se antojen circunstanciales e incluso que, como indica H.T. Lewis (1989), todas las evidencias arqueológicas lo sean. No estamos seguros de que le falte razón cuando indica que “como pasa en toda ciencia, es la probabilidad de la posibilidad de los acontecimientos lo que nos concierne”, de lo que podría derivarse que la probabilidad de que los carbones en el interior de una cueva representen fuegos hechos por el hombre puede ser infinitamente más grande que la de que representen fuegos causados por relámpagos, pero tampoco parece imposible que eso haya podido ocurrir. Tal vez no sea un hecho frecuente, pero frecuencia y probabilidad no son lo mismo, y la escala temporal en la que nos manejamos es tan grande que por qué no ha de posibilitar hechos poco frecuentes. E.N. Lawrence (1955), en un trabajo sobre el microclima de las cuevas, indicaba que durante una tormenta uno de los exploradores de la Henne-Morte (la red Félix Trombe-Henne Morte es una red mítica conocida por los espeleólogos del mundo entero; sus 1.000 metros de profundidad y sobre todo sus 104 km de galerías, pozos y salas, hacen de ella la más larga red de Francia y seguramente una de las cavernas más complejas del planeta) fue alcanzado por un rayo a una profundidad de 200 pies, es decir, a casi 71 metros. Se ha observado que durante las tormentas las cuevas “respiran hacia fuera” como resultado de la caída de la presión atmosférica. Esa oleada hacia exterior del aire de la cueva puede verse favorecida por el aumento de la temperatura alrededor de la embocadura, y la convección atmosférica ayuda a extender esa columna ionizada hacia las nubes de la tormenta, con lo que las descargas eléctricas pueden ir dirigidas a la entrada de la gruta.

Por otro lado, y volviendo a la crítica del razonamiento de Lewis, entendemos que no se está aplicando una explicación de pocas probabilidades de posibilidad para rechazar de forma sistemática una serie numerosa y reiterada de situaciones, lo que sí sería cuestionable, sino para dar cuenta de casos, muy pocos, en los que el tipo de prueba o las características del contexto generan dudas razonables. Esto creo que debe tenerse en cuenta, y también que tales supuestas evidencias que no deberían ser resueltas aduciendo probabilidades de poca posibilidad se convierten entonces en “islas” en el espacio y en el tiempo que automáticamente generan una situación que, recurriendo a la lógica, es difícil de explicar: ¿Por qué hay semejante laguna en el registro si la utilización del fuego se dio tan pronto, tanto como hace 1.5 M.a? Esto es especialmente aplicable al caso de África.

Por resumir mi opinión sobre esas “islas” africanas diré que, como ocurre en otros ámbitos de la investigación, la cuestión es si realmente sabemos lo que creemos saber o si ciertas interpretaciones tienen algo de cogido por los pelos o aun de sensacionalistas. En ausencia de estructuras y dado el carácter de algunas de las evidencias, la explicación más plausible (evitaré lo de parsimoniosa, jejeje) para, por ejemplo, los terrones rubefactados o las arcillas y las piedras quemadas de los yacimientos del este de África, es considerarlos producto de incendios naturales o de la actividad volcánica (la formación basáltica de Chesowanja se encuentra a 200 m. del sitio donde se encontraron los terrones quemados). Además, ninguna evidencia de fuego ha sido registrada en la importante investigación llevada a cabo en la Garganta de Olduvai, en Tanzania. Marcas de cortes en huesos y actividades de carnicería registradas no están acompañadas de huesos quemados. Esta evidencia negativa parece sugerir que aquellos homínidos, de entre 2 y algo menos de 1.5 M.a. no usaron el fuego y pone en cuestión la supuestas evidencias de otros yacimientos del Africa oriental del Pleistoceno Inferior. Por lo que respecta a Swartkrans, la experimentación llevada a cabo nos parece muy reducida (un caso por rango); la serie arqueológica sometida a análisis químico también (10 casos); y que la consideración de las temperaturas alcanzadas se infieran en el color y los cambios estructurales de un lote nada fácil de analizar un riesgo. No parece imposible la combustión de sedimentos en el interior de cuevas sudafricanas (ya se mencionó en Makapansgat) y, con ello, el porcentaje de piezas que supuestamente están alteradas por fuego (un 0.4%) se nos antoja muy bajo para afirmar, como se hace, que “el uso del fuego fue un fenómeno recurrente” en ese sitio.
La producción del fuego para su uso regular se constituyó en un paso decisivo, en una “mutación primaria” en el comportamiento humano. El fondo técnico para producir este cambio es desconocido, pero los humanos ya habían aprendido a elaborar útiles líticos y los usaban en accciones de percusión, serrado y perforación por rotación; afilaban la madera y utilizaban técnicas del trabajo como el aserrado con maderas duras; modificaban y usaban el bambú y aplicaban cierta tecnología del hueso. De esto podría seguirse que cualquiera de esas capacidades podría haber sido transferida a producir y usar el fuego por procesos de “mutación cruzada”, de ”sustitución” o de “translación”.
La regularidad con la que los hogares acompañan las industrias del Paleolítico Medio y Superior no dejan dudas de que los neandertales y los cromañones fueron productores del fuego, y que contarían con dispositivos al efecto como parte de su equipamiento esencial, pero decir que apenas disponemos de un conocimiento seguro sobre el equipamiento del hombre paleolítico para obtener fuego puede que sea de un optimismo exagerado. Es un gran inconveniente la gran pobreza de materiales de los que se dispone para conocer los métodos de producción del fuego en la prehistoria paleolítica, aunque a través de la etnografía sabemos que existen varias técnicas básicas, con algunas variantes, que sí constatamos arqueológicamente a partir del post-glaciar. En buena lógica cabe suponer que ese conocimiento se enraizaría en el Paleolítico y que en algún momento las excavaciones nos proporcionarán pruebas más directas (por otra parte, la experimentación es el único medio de redirigir un cierto número de falsas ideas ampliamente extendidas entre el gran público y la literatura científica, particularmente entre los arqueólogos y los prehistoriadores), y es posible también que los medios de obtener fuego se descubrieran muchas veces durante la larga prehistoria de la humanidad, y que se perdieran durante largos periodos.

En resumen, y por no descartar ningún dato, considero concebible que antes del Pleistoceno Medio hubiera experimentaciones ocasionales o manipulaciones discretas de fuegos naturales (Koobi Fora o Chesowanja, por ejemplo, donde hay áreas discretas quemadas). Sin embargo su escasez (junto con el hecho de que la gran mayoría de sitios de Paleolítico Inferior con un registro bien conservado cubren un considerable período de tiempo –entre 2.5 y 0.4 M.a.- y carecen de rastros firmes de la manipulación del fuego) hacen más plausible que esos residuos en forma de piedras y parches de tierra quemados en esos escenarios pirogénicos excepcionales fueran causados por fuegos naturales. Alternativamente, esos ejemplos podrían ilustrar casos discretos de un uso oportunista del fuego, que no se consolidaría todavía ni en un repertorio tecnológico, ni en una dependencia regular de su uso ni en un aprendizaje de su producción. Su producción, que en mi opinión queda puesta de manifiesto por la aparición recurrente en el registro arqueológico de evidencias de especial valor: los hogares (los hogares no son datos ambiguos, los demás son circunstanciales, de manera que sería posiblemente un error regirnos más por la cantidad de rastros de combustión aparecidos en un sitio que por el carácter de los mismos), y que estimo que se da entre hace 0.40 y 0.35 M.a. (más cerca de la fecha más reciente, probablemente), constituye una mutación tecnológica destacada y sugiere que se trata de un evento puntuado. Una vez integrada en el repertorio conductual humano sus aplicaciones se amplian. Sus repercusiones más allá de la subsistencia fueron enormes, y como otros desarrollos tecnológicos básicos pudo adquirir una dimensión simbólica.
Y con esto creo, Memecio, que ya he votado.

viernes, 13 de junio de 2008

El Fuego: Yacimientos.


En el gráfico que adjunto se incluyen aquellos yacimientos del Pleistoceno Inferior y Medio que se citan en la bibliografía arqueoloquica y en los que se ha referido la existencia de evidencias de fuego, lo cual no quiere decir, en algunos casos, que la combustión haya sido de origen antrópico. Aquí mismo ya se ha dicho que, por ejemplo, en Zhoukhoudian es cuestionable, o que en Torralba y Ambrona los carbones parece que no tienen relación con fuegos generados por el hombre, o, como comenté en Memecio, que los huesos quemados de Swartkrans quizás no estén quemados. La indicación de "mención sin datos" quiere decir exactamente eso, que se dice que hay rastros, a veces muy de pasada, pero no se hace indicación de qué, y no es lo mismo un trocito de concha quemada que un hogar; y lo de "incierto o cuestionable" pues idem de idem, pero en este caso referido a la evidencia a la que se asocia el signo en cuestión. Como vereís si agrandaís el gráfico, el nombre de la cueva sudafricana está mal escrito.

miércoles, 11 de junio de 2008

El Fuego (y IV): Otros usos.

Encendedor (de hace cuatro días, claro).

Poco a poco, a partir del Paleolítico Medio y sobre todo en el Paleolítico Superior, el hombre empezó a darse cuenta de que las posibilidades de aplicación del fuego iban más allá de la de socarrar cosas y le encontró nuevas utilizaciones técnicas y domésticas. Muchos kiloiiiears antes de la invención de la cerámica y de la metalurgia descubrió que podía utilizarlo para transformar materias primas; calentó los nódulos de sílex (cambiándole su color y sobre todo su estructura, facilitando así su lascado y retoque); endureció sus armas de madera; fundió la resina u otros materiales para preparar colas o masillas adhesivas con las que asegurar el enmangamiento de los útiles (en un nivel musteriense del yacimiento de Umm el Tlel, en Siria, datado en unos 40.000 años a.C., se usó bitumen, que fue calentado a altas temperaturas antes de ser usado como una cola (Boëda et al. 1996); calentó las baguetes o las azagayas en asta para rectificarlas y enderezarlas, y el ocre para variar su color. Le hubo de servir para ahumar las pieles y facilitar así su curtido, y las carnes y pescados para su conservación; o para desinfectar; o como repelente contra las picaduras de insectos, o para cocer, a veces, estatuillas en arcilla; o para dirigir las manadas de animales a puntos estratégicos (como arma de caza); o para alejar a los carnívoros de sus lugares de ocupación; o para manipular las comunidades vegetales. En fin, lo debió utilizar para muchas cosas.

La etnografía avala la existencia de numerosas técnicas de caza que incorporan el incendio de bosques o praderas. Según S. Pine (1999), históricamente las sociedades de cazadores recolectores han preferido vivir en áreas donde los incendios fueran posibles, lo que conduce a mejorar la visibilidad, facilitar los movimientos, dispersar los insectos y estimular el subsiguiente crecimiento de plantas comestibles para los herbívoros (Rolland 2004; Pyne 1999). El caso de los aborígenes Martu, una sociedad actual de cazadores-recolectores de Australia, ilustra bien dos de los aspectos beneficiosos de la utilización del fuego en la adquisición de la comida. Según D.W. Bird (et al. 2004) la quema de hierbas de spinifex (Triodia pungens, Triodia sp.) incrementa posteriormente la diversidad de plantas, pudiendo recogerse luego en esos territorios una mayor cantidad y diversidad de comida (tal como frutos, tubérculos, raíces, larvas, néctar, y semillas de hierbas, arbustos y árboles) que en otras zonas. Por otra parte los incendios mejoran sus estrategias de caza, ya que ponen a la vista sendas, rastros y madrigueras que facilitan la localización de la presa. Se ha comprobado que el nivel de eficacia de los cazadores después de un incendio pasa de 409 a 575 kcal/hora; es decir, el rendimiento se ve aumentado en un 40.5% (Bird, Bird y Parker).
Desde luego que bajo la forma de incendios o de antorchas agitadas el fuego puede y pudo permitir dirigir a los animales hacia lugares elegidos, donde su captura sería más fácil (precipicios, cercados, fosas ciegas). Ninguna limitación técnica se opone a que este método de caza, muy practicado hasta época reciente en zonas de vegetación abierta, haya sido también utilizado en el Paleolítico, pero es difícil encontrar evidencias de ello, dependiendo del lugar en el que se actúa y sobre todo de la entidad del matadero, y en este sentido Solutrè tal vez sea una excepción, donde los restos de más de 10.000 caballos pudieron ser precipitados por un acantilado por cazadores solutrenses.
Por su parte hay que abandonar la idea de que algo similiar pudiera ocurrir miles de años atrás en Torralba. Durante tiempo se ha pintado una imagen en la que elefantes acorralados, embarrados e inmovilizados en un terreno pantanoso, al que habrían sido dirigidos provocando incendios en la pradera, eran cazados por los humanos. Sin embargo no se cree hoy que en Torralba y Ambrona se dieran fuegos de origen antrópico, y por otra parte no parece que sea una necesidad acercar a los elefantes a las zonas pantanosas ya que, al menos entre los actuales, es una cosa que suelen hacer ellos solitos. Con todo, los cazadores contemporáneos evitan cazarlos en esos medios, ya que realmente es el ser humano el que se encuentra torpe en esos lugares.

El fuego sirvió para manipular ciertos materiales inorgánicos, como el sílex, el ocre y la arcilla, y también orgánicos, como la madera, el asta o la piel. Por lo que respecta al sílex, su verdadero tratamiento térmico no apareció hasta el Paleolítico Superior (Bordes, 1969) modificando algunas características físicas (a veces el color, pero sobre todo el brillo) y sobre todo sus propiedades mecánicas, (disminuyendo su resiliencia y facilitando así su lascado o retoque), aunque se han hecho algunas referencias, poco convincentes, de algún tipo de utilización en el yacimiento achelense de Hangklip (Sudáfrica) y en los musterienses de Fontmaure y Fontéchevade (Francia). En Hangklip, un taller del Achelense Final, aparecen grandes cantidades de lascas térmicas y muchas hachas o hendedores incompletos realizados en esas lascas. A.J.H. Goodwin sugirió que los achelenses obtenían las lascas calentando bloques y enfriándolos con agua para lograr su exfoliación y fractura, sin embargo K. Oakley (1955) apuntaba que no había restos de ceniza alrededor de los bloques. En ninguno de los sitios citados la intencionalidad está clara.

También con él se procesó el ocre, utilizado desde finales del Paleolítico Medio pero sobre todo en el Paleolítico Superior (en el que se emplea como colorante en el arte, con fines estéticos en el adorno corporal –con casi total seguridad, en los ritos funerarios y en procesos técnicos como la elaboración de “mastics” o masillas para fijar los artefactos, o el curtido de las pieles). Este pigmento mineral natural está compuesto de arcilla e hidróxido de hierro, y su color varía del oscuro-negro al amarillo pasando por el rojo, dependiendo de la proporción de hidróxido de hierro. El rojo es el más raro de forma natural pero es posible obtenerlo a partir de la combustión del ocre amarillo.

Igualmente en el Paleolítico Superior y antes de la aparición de la cerámica en el Neolítico, encontramos aunque de forma excepcional en el yacimiento moravo de Dolni Vestonice múltiples fragmentos de figurillas en tierra (o en una posible mezcla de loes, polvo de hueso y grasa) cocida.

Por último, se conoce más bien poco acerca del componente orgánico de la tecnología del Paleolítico Inferior y Medio, aunque hay alguna evidencia. Cuando se quiere evitar la descomposición de la madera o se desea endurecerla, una de las mejores técnicas es la de proceder a su combustión parcial. Esto permite un modelado más cómodo de la parte externa, al quedar reducida a un estado de carbón, y el endurecimiento de la parte interna calentada pero no carbonizada, que aumenta su resistencia. Las más antiguas lanzas recuperadas proceden del yacimiento Alemán de Schöningen (Thieme 1997), de unos 400.000 años, a las que sigue, probablemente, la de Lehringen con 125.000 años (Thieme y Veil 1985), un arma de 2.40 m. de longitud elaborada en madera de tejo (muy dura ya de por sí) y trabajada con útiles líticos una vez endurecida. En la publicación del sitio de Schöningen da la impresión de que las puntas están carbonizadas, pero tal vez no sea el caso porque nada se dice al respecto (aunque se cita la existencia de un posible hogar). También se ha hecho referencia a la existencia de maderas, aunque no necesariamente lanzas, endurecidas al fuego en el sitio africano de Kalambo Falls.

martes, 10 de junio de 2008

Cada cosa en su sitio.

Cabaña 1 de Ohalo II.

Hace un par de colgajos mencioné, entre otros, el yacimiento de Ohalo II, y veo que hay un estudio muy reciente sobre él, tanto como que aparece esta misma semana en JAS, dando cuenta de una distribución espacial registrada en su choza 1 (Plant-food preparation area on an Upper Paleolithic brush hut floor at Ohalo II, Israel). Ohalo II es un yacimiento que se encuentra en la orilla suroccidental del Mar de Galilea, y hace 22.500-23.500 años cal. BP fue un campamento de gentes del Paleolítico Superior dedicadas a la caza, la pesca y la recolección, de quienes queda un enterramiento, hogares al aire libre y 6 fondos de cabaña. Tras su abandono, o porque sus ocupantes estaban empezando a vivir con el agua al cuello, quedó cubierto por el líquido elemento. El subsiguiente depósito de arenas y arcillas selló la ocupación, y ello posibilitó la conservación excepcional de un lote importante de semillas y otros restos vegetales (hasta 60.000 en uno de los 3 suelos de ocupación de la choza 1, de unos 12 m2) algunos carbonizados previamente, y que aparecen junto a útiles de sílex, útiles de molienda, y restos de animales (mamíferos, pájaros, peces, moluscos).

Los arqueolocos hace tiempo que, aplicando distintos tipos de recursos, realizan análisis de modelos espaciales “intrasite”, es decir, análisis microespaciales con objeto de determinar si las gentes prehistóricas organizan el espacio que ocupaban. La cosa en esencia es simple. Si a mí me diera igual tirar un resto de comida, o tallar, o lo que fuere, en un sitio que en otro, y lo hiciera, no mediaría ningún tipo de organización en ese espacio, y consecuentemente los restos, de un tipo y de otro, aparecerían uniformemente distribuidos. Sería el resultado lógico de una distribución aleatoria. En cambio si decidiera tallar en un sitio (taller) y tirar los restos de comida en otro (basurero) los restos de esas acciones aparecerían formando concentraciones discretas. Ya no es un proceso aleatorio, media una intención, que puede responder a una organización de “mi” espacio, generando así “áreas de actividad” cuyo origen y sentido hay que investigar. Este tipo de estudios entra dentro de lo que se llama la “Arqueoloquía espacial”. Por supuesto se debe estar seguro de los procesos de formación que han afectado a los sitios arqueoloquicos durante el depósito y después de su abandono, y de que no haya habido factores geogénicos, biogénicos o antropogénicos que hayan podido causar desplazamientos de los restos, especialmente de los más pequeños, claro, pero no sólo.

En Ohalo II el análisis de la distribución de las evidencias apunta a que dentro de la choza se dio una disociación espacial de los restos de plantas y de los productos de sílex, aunque por supuesto ni unos ni otros están exclusivamente limitados a las áreas a que dan lugar. En una parte de la cabaña, en la zona sur, junto a la entrada y aprovechando la luz, se localizaría la zona de taller, con todos los estadios de producción de los lítico, mientras que al fondo de la misma, en la zona norte se procesarían las semillas y vegetales para uso alimenticio y quizás medicinal, junto a una piedra para moler. Entre una y otra habría una zona de paso. La presencia de concentraciones de granos de Puccinellia cf. Convoluta en la primera podría interpretarse, según los autores, como el resultado de la adecuación de ese espacio también para el descanso, lo cual, en fin, no casa muy bien con su uso para lo antedicho. En su propias palabras, “apparently, the bedding material covering the floor did not prevent other activities; as flint knapping was practiced there as well”. Esa división espacial podría estar sugiriendo también una division de tareas entre generos: los hombre dedicados a lo primero, las mujeres a lo segundo.
En el valle del Ebro hay un yacimiento (la cueva de Abauntz, en Navarra) que fue estudiado en la segunda mitad de la década de 1970 (P. Utrilla) y posteriormente en los años 90. En una de las ocupaciones de su generoso depósito, la correspondiente al Magdaleniense Medio, se observó una distribución espacial, con áreas de taller y del trabajo de las pieles, y más tarde y más al interior del espacio ocupado, junto a un hogar, del trabajo del asta. Allí también se detectó lo que se consideró un área de descanso, determinada por la ausencia de restos materiales y por una muy alta presencia de restos de filicales. Helechos fueron introducidos y colocados junto a una pared supuestamente para adecuar un espacio al sueño reparador. También entonces se planteó una división de las tareas por sexos.

HAL900: Stonehenge.

STONEHENGE, LA PARADOJA DE LAS BOLAS CELTIBÉRICAS Y LA FASTIDIOSA NAVAJA DE OCAM.

INÚTIL ESCRUTAR TAN ALTO CIELO
inútil cosmonauta el que no sabe
el nombre de las cosas que le ignoran
el color del dolor que no le mata
inútil cosmonauta
el que contempla estrellas
para no ver las ratas


(Manuel Vázquez Montalbán, de Pero el viajero que huye)

No sé si os lo dije el otro día, pero el asteroide Calamocha es una roca tabular alargada, de unos 810 km de longitud máxima, 360 de ancho y 90 de grueso y proporciones parecidas, aunque más redondeados los ángulos, a los monolitos. De vuelta del planeta/espejo Arreit, me tomé en el Calamocha unas merecidas vacaciones e inicié una terraformación virtual empleando todos mis recursos cibernéticos, que son casi ilimitados, reproduciendo lugares terrestres que me son familiares como playas paradisíacas en las Bermudas, una estación de esquí igualita que la de Saint Morizt en Suiza, llena también de nieve y de rutilantes estrellas de cine, como Candice Bergen, Audry Hepburn o Anita Ekberg -en sus buenos tiempos de fontanas di Trevi en la Dolce Vita, paseos en vespa durante unas Vacaciones en Roma, o de semiindia en Soldado Azul, respectivamente- y desiertos de dunas suaves e interminables donde pernoctar con mi jaima y mi séquito de huríes replicantes Clase Alfa..., en fin, sitios agradables, sencillos y distinguidos en los que pasar mis días de asueto, entre congreso y congreso.

Y allí estaba yo, emulando al gran Eduardo Harris riéndose de todo y de todos después de darnos con su matriz en la cerviz y darse a la fuga, en una playa de arenas blanquísimas, sobre una mullida tumbona, con un daiquirí en la mano, bajo una sombrilla hecha con hojas de palmera y con el Museo de las Bermudas esperándome cerca para pasar un rato por las mañanas y no anquilosarme, mirando, entre distraído y divertido, cómo los tiburones se cebaban, en las someras aguas de la bahía, comiéndose con eficaces y certeras dentelladas a los niños más ruidosos y maleducados del arenal (recordad que en una realidad virtual, como en los sueños, está permitido todo…, incluso maravillas como esa: ¡imaginad todas las playas del mundo sin niños jugando a la pelota y tocando las narices!) cuando me llegó por el éter transespacial –es una forma de hablar- la noticia de que unos arqueólogos, patrocinados por la National Geographic y la BBC, habían descubierto para qué servía Stonehenge.

A Woody Allen, cuando escucha música de Wagner, le entran ganas de invadir Polonia, Hermann Goering, cuando oía hablar de cultura, quitaba el seguro de su Browning, a Catón el Viejo le pasaba algo parecido con Cartago y a mi, cuado oigo la palabra “Stonehenge”, se me ponen los circuitos de punta y me preparo para oír las sandeces más floridas. Pues no, esta vez no, resulta que unos señores, al parecer bastante serios, han llegado a la conclusión de que este bonito conjunto de piedras hincadas –en el más puro estilo monolitero…, ahí va otra sandez: ¿es Stonehenge un congreso de monolitos sin fronteras congelado en el tiempo?- era un monumento megalítico con fines funerarios, orientado según los astros más importantes sí, pero funerario. En ese preciso instante se me atragantó el daiquirí, como si mi afortunadamente hipotética señora esposa me hubiera cogido por sorpresa en plena faena con la vecinita de undécimo ¡¡¡¡gluuupss!!!!

No puede ser -me dije a mi mismo algo aturdido por la sorpresa- después de tanta historia, que si centro de sanación druida, que si calendario astronómico, que si observatorio espacial, que si templo, que si venga y que si dale, que si toma, que si dame, que si patatín, que si patatán, y ahora va a resultar que se trata de un megalito vulgar y corriente, algo grande, ¡eso sí!, con piedras traídas de lejos, ¡también!, que cuando salen el Sol y la luna se ilumina y cuando llueve se moja como todos los demás, ¡pues claro!, pero funerario. ¡Hay que jod…, digo… fastidiarse!.

Para más cachondeo, cercano al lugar se ha localizado un poblado con similar cronología que hace suponer que sería el ocupado por los constructores del monumento. El acabose, los que hicieron Stonehenge ¡eran hombres de carne y hueso!, que vivían en soluciones habitacionales con forma de cabaña y no eran ni extraterrestres ni nada. Los sesudos arqueólogos han deducido también, por la cultura material aparecida en estas cabañas y en los restos de incineraciones del monumento funerario, que había diferencias sociales. ¡Increíble, quien lo hubiera dicho!, una sociedad humana jerarquizada, con lo raras que son y han sido, sobre todo en la Prehistoria, como si hubieran tenido tiempo de diferenciarse socialmente con lo ocupada que estaba Raquel Welch huyendo de los dinosaurios, que por aquel entonces dominaban la tierra, o los Homines Antecessores amontonando esqueletos y Excalibures en la Sima de los Huesos e inventando la morcilla de mamut burgalesoatapuerquina. ¿Qué hay mucha diferencia cronológica entre unas cosas y otras? Ya, ya lo sé, pero ¿no dijo una vez J.J. Benítez que las pirámides de Egipto eran del Neolítico y que Jesús de Nazaret pudo haber paseado por el Coliseo –Anfiteatro ¡Flavio!- de Roma? Pues eso… ochocientos mil..., setenta y cinco millones..., tres mil años..., qué más da, ¿no son todos lo años hijos de Dios y así, puestos en fila, van uno detrás de otro sin solución de continuidad? Pues eso es lo que yo me digo, y si J.J. Benítez -que sabe de eso más que nadie- dice que el Anfiteatro Flavio pudo sentir sobre sus piedras el roce de las polvorientas sandalias del Nazareno, no seré yo, pobre de mí, quien contradiga a ese monumento vivo de la literatura científica española. (No conozco tipo con más “morro” ni “interfacies” más dura que la de ese “nota”).

Ay, la fastidiosa navaja de Occam, el repajolero principio de parsimonia, con los años que llevo intentando demostrar que el tal Guillermito de Occam era un listillo que no sabía hacer la “O” con un canuto, que era el padre de toda cerrazón que impidió e impide el humano progreso con eso de buscar las cosas lo más sencillas posible, con el no multiplicar las causas innecesariamente –que él, como era un carca pesado y cargante, expresó en latín: “Entia non sunt multiplicanda praeter necessitatem”, ¡toma ya latinajo pedante e infumable!. Además de que eso de que no hay que buscarle tres pies causales al gato lo diga un fraile franciscano, con toda la exégesis bíblica y neotestamentaria a su espalda, llena de diluvios y arcas flotantes donde caben todas las especies del planeta, aperturas de mares rojos, lluvias de maná, palomitas voladoras y demás parafernalia de “parsimoniosas” explicaciones causales, tiene guasa… Y ahora vienen unos excavadores arqueolóquicos a los que patrocina la National Geographic, para hacer un documental que nos duerma por la tarde después del telediario, y nos tiran todos los palos del sombrajo, dejándonos con salva sea la parte al aire. ¡No hay derecho!

Claro al final ha pasado lo que tenía que pasar..., y es que los poetas siempre tienen razón, sobre todo aquél tan malo que decía, parafraseando a Manolo Vázquez Montalbán: INÚTIL ESCRUTAR TAN ALTO CIELO / inútil arqueólogo el que no sabe / el nombre de las cosas que le ignoran, / el color del indicio que le engaña. / Inútil arqueólogo el que elige, / entre todas las causas vislumbradas, / aquellas más abstrusas e intrincadas / porque ignora, incluso, su ignorancia.

Y es que cada día estoy más convencido de que el dicho aquel de que “no vemos las cosas como son, sino como somos”, es tan cierto que algún día se hará Historia y Arqueología de las sociedades pasadas a partir de las Historias y Arqueologías que éstas hicieron de otras sociedades anteriores. Ya sabéis, cosas de la condición humana, tan pagada de sí misma, que se ve reflejada en cualquier espejo..., por opaco que sea.

Hace años, cuado daba vueltas a Júpiter con una conciencia bastante limitada y prácticamente desconectado, mientras esperaba que me vinieran a buscar, me dediqué a pensar en cuestiones arqueológicas –sólo para pasa el rato y en vista de lo bien que le iban mis limitaciones cognitivas a este tipo de cuestiones conjeturales menores...- y elaboré una asaz compleja teoría a propósito de lo que denominé “La paradoja de las bolas celtibéricas”, que, partiendo de la base del total desconocimiento que se tiene sobre estos caprichosos objetos tan curiosos y la gran cantidad de cosas que sobre ellos se han dicho y escrito, podría resumirse, para abreviar, en la proposición simplificada siguiente: “La cantidad total de tonterías que se puedan decir sobre un hecho, estructura o material arqueológico siempre será inversamente proporcional a al numero total de datos empíricos fiables que sobre ellos dispongamos” -y “directamente proporcional al número de tipos que estén dispuestos a abrir la boca para darse a entender y hablar por no callar”, hubiera añadido Pandora Wellintong, tía abuela por parte de madre de mi amigo el astronauta David Bowman, una señora verdaderamente singular que se dedicaba a pastorear y entrenar rebaños de cabras superdotadas que luego vendía por un ojo de la cara para que subieran con prestancia y dignidad a escaleras plegables de madera al son de trompetas y organillos tocados por músicos ambulantes. Pues eso, vosotros ya me entendéis..., donde digo bola celtibérica, digo Stonehenge.

Así que nada, me voy a tomar otro daiquirí para olvidar y a seguir riéndome del mundo en plan Harris fuguillas y retirado, que mañana me largo al Saint Moritz de mi asteroide, que me ha llamado David Niven porque da una fiesta en su chalecito a la que acudirá Romy Schneider disfrazada de Sisí, la Emperatriz, y Elizabeth Taylor de Cleopatra, Faraona de tronío. Yo acudiré vestido de Marco Antonio –a ver si cuela- y me iré de la fiesta antes de que den las Actium en punto –por si acaso-…, pero sigo auténticamente entusiasmado por la misión, lo digo en serio, de verdad, que sí…

Fdo.: HAL9000

DAIQUIRÍ. Siguiendo la corta tradición, me gustaría dar la receta del daiquirí, pero lo que no puede ser, no puede ser y, además, es imposible. Este cóctel, como las paellas en España, los asados en Argentina o los spaguetti en Italia, cada uno lo hace como le sale de la mismísima punta de su propia e inajenable nariz. Su historia, si bien se puede remontar tanto como quiera nuestra calenturienta imaginación, parece que se inicia en el año 1896, en Daiquirí, en el este de Cuba, donde trabajaba un tal Jennings Cox, ingeniero americano que, a ratos, se las ingeniaba para trasegar todo tipo de mixturas y bebedizos hasta que, un día en el que se le había acabado la ginebra, dio con una mezcla de ron, limón, azúcar de caña y hielo –al parecer por pura desconfianza etílica de dejar al ron sólo, a sus anchas- que al parecer le hizo moderadamente feliz. Luego la cosa se propagó, pero esa ya es otra historia. Los más reputados son los del Floridita, en La Habana:

Daiquirí Floridita. Ingredientes: azúcar blanca; hielo frappé; jugo de limón (2 limones); marrasquino (5 gotas); ron Havana Club carta blanca de 3 años. Preparación: Se mezclan todos los componentes en la batidora durante 30 segundos y se vierte en la copa de cóctel. Se acompaña con 2 pajillas cortas.
Daiquirí Clásico del Floridita. Ingredientes: azúcar blanca; hielo en trozos; jugo de limón (½ limón); marrasquino (5 gotas); ron Havana Club carta blanca de 3 años. Preparación: Se mezclan todos los componentes en la coctelera y se bate durante 30 segundos aproximadamente.
(Los habaneros daiquiriólogos más clásicos huyen del hielo como de la peste y el marrasquino ni lo catan. Yo del marrasquino no digo nada, pero con respecto al hielo creo que se equivocan, siempre y cuando esté confeccionado con agua de calidad libre de todo color, sabor y olor, vamos… que sea agua y no otra cosa ¡caramba!, porque si te tomas más de diez daiquirís una noche y el agua del hielo es mala, al día siguiente la resaca es horrorosa).

viernes, 6 de junio de 2008

Los "Lolos". Temporada IX milenio BP.

Evidencias de calzado en Arnold Research Cave. En el centro la sandalia de 8325 a 7675 años cal. BP.


Andaba yo el otro día buscando a alguien a quien encargar la gestión de nuestra boutique dedicada a vestir a los arqueolocos, “Para ir con un pincel”, y finalmente me decidí por “Mrs. de Winter”. Le dejé un pegote en su blog pero me parece a mí que será que no. De hecho ya ha dicho que “hasta donde yo sé la moda para ir al yacimiento que toque es lo menos glamuroso del mundo”. Desde su blog enlacé con otros, todos muy fashion, y en uno de ellos, que me ha inspirado este colgajo, me di de morros con los zapatos esos que…, sí hombre, sí… esos que…, esos que llaman…¿cómo los llaman?, uuhmm…, ¡Manolos!..., eso…, ¡Manolos!

Las evidencias directas más antiguas de calzado se han registrado en yacimientos de Norteamérica. La colección recuperada de sandalias, slip-ons y mocasines en yacimientos como Chevelon Canyon, Arnold Research Cave, Sand Dune y Dust Devil Caves, o en Fort Rock Cave, o en los abrigos de las montañas Ozark (como Elk Spring), o en Cowboy y Walters Cave y otros de la meseta central de Colorado, es importante y viene a cubrir casi todo el Holoceno. Las más antiguas datadas directamente proceden de Fort Rock (9000 cal BP), un par de slip-ons realizadas con corteza de Artemisia tridentata, y de Arnold Research Cave. Aquí han aparecido numerosos restos, algunos fragmentarios, otros completos o casi completos (hasta 18), la mayoría de ellos sandalias realizadas con fibras de Eryngium yuccifolium (rattlesnake master), una especie de cardo que servía de antídoto contra las picaduras de serpientes cascabel (en los abrigos del oeste de Texas se utilizaba por lo común la hoja de agave, pita). La más antigua de la serie de esa cueva es una sandalia (entre 8325 y 7675 cal B.P), y el más moderno un mocasín de cuero (entre 1040 y 780 cal B.P.). También en Chevelon Canyon hay una sandalia con cronología tan antigua como las dos primeras citadas.

En Europa no hay restos directos de esas cronologías. Como evidencias indirectas tenemos una pisada sobre un suelo blando registrada en la gruta de Fontanet, correspondiente al Paleolítico Superior, que se ha interpretado como producto de un pie cubierto por algo blando y flexible como un mocasín; o los enterramientos 1, 2 y 3 de Sungir (24.000 BP) en los que aparecen numerosas cuentas de marfil aparentemente cosidas a las vestimentas, cubriendo también los pies. No parece que fuera momento para ir con los pies descalzos, la verdad, aunque en cuevas con arte parietal y en sistemas kársticos hay huellas de pies desnudos que indican que esas gentes del Paleolíco Superior frecuentemente iban por ahí así (aunque igual era por motivos religiosos). La ausencia de estas evidencias quizás pueda ser suplida por otros datos que hablan de la antigüedad del uso de fibras para fabricar cordajes, textiles y otros objetos trenzados. Hay evidencias en Mezhirich y en Kosoutsy (sobre el 17.000 BP), en Ohalo II (19.000) y en Pavlov I y Dolni Vestonice I y II (25.000 a 27.000), aunque no se puede definir, bien porque se trate de fragmentos, bien porque sean sólo restos de impresiones, el objeto del que formarían parte; y también hay alguna representación mobiliar.
Antes de ese momento no hay evidencia arqueológica del uso de una protección artificial para los pies. E. Trinkaus (2005) indica que lo único relacionado sería una pisada aislada de la cueva de Vartop (Rumanía), probablemente de un neandertal, dada su cronología, y que fue hecha por una persona descalza, que posiblemente lo iba de forma habitual dado el grado de divergencia medial del hallux. Así que para sobrevivir descalzo durante un invierno del período glacial, los humanos del Pleistoceno Superior deberían haber tenido alguna forma de aislamiento en sus pies, y Trinkaus considera que ese aislamiento podría estar apoyado en consideraciones de la fisiología termal humana, en el contexto de las variaciones de las proporciones del cuerpo humano en el Plesitoceno Superior. Humanos actuales exhiben una variedad de ajustes vasoreguladores, heredados y adquiridos, que limitan la tendencia a desarrollar daños en los tejidos de manos y pies bajo condiciones frías, y es probable que similares ajustes habrían protegido a aquellas gentes. La cuestión es, pues, cuándo y en qué contexto las poblaciones humanas hicieron un uso frecuente del calzado.
Trinkaus ha considerado estos años que hay un marcado decrecimiento en la robustez de la zona media de las falanges proximales de los pies, que resultaría llamativo en un contexto de pocos cambios en cuanto a eso, robustez, en las extremidades inferiores entre los últimos humanos arcaicos y primeros modernos del Paleolítico Medio por un lado y los humanos del Paleolítico Superior medio (gravetienses) por otro. Ese cambio pudo tener lugar por una reducción artificial, o dispersión, de las fuerzas de reacción de la tierra (cuando se anda) en los músculos de los dedos por algún tipo de protección, que en su opinión pudo ser habitual a partir del 28.000 o incluso del 32.000 BP. En un reciente trabajo esta fecha se podría elevar hasta el 40.000 a tenor de haberse observado esa pérdida de robustez del esqueleto 1 (parcial) de Tianyuan (Trinkaus y Shang 2008).

miércoles, 4 de junio de 2008

El rapto de Talheim

Venía esta mañana de echar mi partida de petanca cuando al pasar al lado de un colegio he visto a un grupete de chavalillos recitando en animado coro infantil esto:

…tararí, tararí, tararí/
sin despeinarse nos dice,/ que ese bifaz hecho en parte,/ que no mereció Tizona/ sino Excalibur llamarse,/ no es adiós, ni flor, ni llanto,/ (como el Arsuaga y Bermúdez/ y el que porta el salacot/ mantienen con poco tino)/ sino tan sólo extravío/ de un fulano que pasó/ tirando pollos a un hoyo/ para ir de bollo en bollo.

El tararí significa que he omitido versos anteriores, claro.

De inmediato y todo a la vez me han venido a la cabeza Atapuerca, Mask Site (tal vez porque lo mencionó el otro día Carlos Mazo en nuestra en3vista) y la fosa común de Talheim (lo que a su vez me ha recordado una cosa que leí hace mucho tiempo demasiado por encima, al punto que quizás la leí mal, y si no fue así pues ya no me acuerdo bien, de una interpretación darwinista acerca de que las ideas “luchan” entre sí en nuestro cerebro para hacerse con su espacio, asunto éste que a ver si tratan algún rato en Abulafia). En esta ocasión las tres han llegado a un acuerdo y ahí estaban. ¿El nexo? Pues…, no sé. Puede que sean varias cosas: qué es capaz de decir un arqueoloco a partir de lo que maneja, cómo, a veces, otro dice esa cosa que ha dicho un arqueoloco, y qué no se dice que igual debería ser importante decir para que lo segundo no sea la idea con la que se queda el personal.

La noticia ayer en muchos periódicos y en la red (y que comentó nuestro blog amigo Mundo Neandertal, donde la podeís ver) era que hace 7.000 años se dieron de leches entre varios grupos en lo que hoy es el yacimiento de Talheim para robar las mujeres de ese poblado, y eso a partir de los datos de un estudio de los restos de la fosa común que resultó del altercado, llevado a cabo, el estudio no el altercado, por Alexander Bentley, de la Universidad de Durham, que he leído que dicen que había dicho que era la hipótesis más sencilla (vamos, lo que los científicos llaman “parsimoniosa”). En todos los sitios se hablaba de que si "peleas por las chicas ya desde el año la polka", que si "los hombres robaban mujeres ya desde el año la polka", que "mire usted lo que pasaba ya en el año la polka".

La hipótesis más sencilla para interpretar la función del yacimiento de Mask Site es que allí los nunamiut no se dedicaban a otra cosa más que a hacer máscaras; es lo obvio, lo que te pide el cuerpo si consideras que el depósito (lo que encuentras) determina la función de ese sitio. Sin embargo sabemos, porque Mask Site es un caso etnográfico del que se ocupó nuestro querido Binford, que hacían máscaras sólo para matar el tiempo…, que las hacían, sí, como podían haber jugado al guiñote o a la oca, pero eso era una “actividad secundaria" respecto a otra "primaria" o principal que no dejaba rastro, y que era la de controlar el paso de las manadas de caribues. Esta limitación en Prehistoria existe, desde luego.

Respecto a Talheim habría que decir alguna cosa. La primera que se ha establecido la existencia de tres grupos a partir del estudio (en 20 individuos) de marcas isotópicas de estroncio, oxígeno y carbono (marcadores que se utilizan hace tiempo, como el calcio, para determinar posibles patrones dietéticos). Es decir, tenemos 3 grupos de gentes que no se alimentaban igual. El grupo 1, que parece ser el local, está representado por 11, uno de ellos una niña de unos 11 años, y que claro, pues no se la llevaron; el grupo 2 por 5, que debían componer una familia de padre, madre, 2 hijos (uno chica) y la abuela; y el grupo 3, compuesto por dos mujeres y dos hombres, ellos posiblemente hermanos, que además eran de algún lugar distante. Añado que una parte del estudio se basa en resultados concordantes obtenidos por K.W. Alt en 1995, reconstruyendo relaciones genéticas, pero no a partir de ADN sino de rasgos fenotípicos discretos, la mayoría de ellos referidos a dientes y mandíbulas. Yo tengo incisivo en pala, así que igual tengo antecedentes mongoles.
Y la segunda que en el artículo no se indica si los de los grupos 2 y 3 eran buenos (y sólo pasaban por allí sin más) o conformaban una parte de los malos. Si la explicación pretende ser sencilla irte a robar mujeres acompañado de la mujer, los críos de 11 años y la suegra parece poco razonable pero M. Johnson (Teoría Arqueológica) ya nos advierte sobre la aplicación del sentido común.
Respecto a lo que trasladaba la noticia, lo que apareció en la prensa, lo que se dice en el artículo es que dado que las mujeres adultas están presentes en los grupos 2 y 3, parece que las del grupo 1 fueron selectivamente separadas, “y dadas las circunstancias, presumiblemente capturadas. Parece que el Grupo 1 representa la comunidad local de Talheim, [y] ...esto supone una interesante cuestión: por qué, fueron las mujeres de los grupos 2 y 3 asesinadas, mientras que a las del Grupo 1 se las llevaron?”
En fin… pues no sé. En cualquier caso, yo, como el rano verde, tengo más preguntas, tengo más preguntas. Pero bueno, lo que tal vez habría que haber dicho, amén de que a las mujeres de ese grupo se las pudieron llevar, es que las razones para pegarse de leches hace 7000 años en Centroeuropa podían ser otras, siendo el presunto o supuesto rapto de esas mujeres de Talheim algo "secundario", colateral, a una intención "primaria" bien distinta. Talheim es un yacimiento de la cultura de la “Cerámica de bandas” (Linear Bandkeramic en alemán, Rubané en francés), correspondiente a las primeras comunidades productoras neolíticas del centro de Europa, y entre ellas se sabe que se dió un clima real de violencia colectiva que pudo responder a muchos factores (que pudieron combinarse entre ellos), tales como los ligados a conflictos de límites territoriales, motivaciones económicas, que permitirían acceder a la riqueza a través de razzias, razones sociales, con la demostración de la pujanza de una comunidad sobre otra a través de la victoria en un conflicto, o del reforzamiento del prestigio de un grupo o de su jefe…, tararí, tararí, tararí...
(Véase A. Bayneix: Réflexions sur les débuts de la guerrea au Néolithique en Europe occidentale).