sábado, 21 de junio de 2008

Lo de la patada iba de coña.

Raedera transversal convexa. (Musteriense)

Cualquiera que sea capaz de distinguir un trozo de sílex, por ejemplo, de cualquier otra piedra y haya paseado por algún sitio donde lo haya -mejor por campos labrados- habrá visto que aparecen trozos fracturados que a su vez tal vez presentan en sus superficies negativos de otros saltados menores. Es normal, y no por ello son restos de una industria prehistórica.
Algunos se pueden reconocer fácilmente como de origen térmico, aparte de por su morfología –circular o elipsoidal que les asemeja a grandes lentejas o hemilentejas- porque carecen de los atributos que evidenciarían que se han desgajado del bloque del que formaban parte como consecuencia de la percusión o presión ejercida por algo o con algo: no tienen talón, que es el punto o plataforma donde algo percute o presiona, ni tampoco bulbo, un abombamiento o convexidad desarrollada junto a aquél como consecuencia de las ondas generadas por el impacto. Es como extraer con una cucharilla un trozo de helado en el centro de la superficie de uno de esos pedazos de “corte”: la cara exterior (dorsal) de ese pedacito sería plana y la interior (ventral) convexa. Una vez separado de la cucharilla no tendríamos ni idea de por dónde se le ha hincado el diente para extraerla. Nadie, ni siquiera Mikel Aguirre, podría hacer una extracción con esas características.
Otros trozos de ese campo tal vez sí presenten su taloncito y su bulbo, por lo que se han generado como consecuencia de un impacto en lo que ahora es el talón (volviendo al ejemplo del helado es como si la extracción la realizáramos desde un borde, aplicando la cuchara en algún lugar de una de las caras verticales de ese “corte”; esa cara vertical es equivalente a una “plataforma de percusión” y el trocito que de ella nos llevamos es el talón. Así que nuestro trocito de helado tendrá una cara dorsal, un talón, en este caso perpendicular a aquélla, y una cara ventral que ya no será igual a la anterior: será más ancha en la zona del talón (zona proximal) y acabará estrechándose hasta enlazar con la otra en el extremo opuesto, la zona distal). Pero ese golpe, ese impacto, no necesariamente lo ha tenido que dar un hombre; los cantos se han podido movilizar y chocar entre sí, ser golpeados por un arado, por una caballería (cuando las había). Incluso para hacernos darle más vueltas al pedrusco podría ser que sus filos presentaran otros saltados “a modo de retoque”.
Entonces ¿Cómo distinguir algo humano de lo que no lo es? Cómo distinguimos los objetos artificiales, que son el producto de una actividad proyectiva consciente, de los objetos naturales, los que resultan de la acción fortuita de fenómenos físicos.
En la mayoría de los casos no hay problema. Los criterios de la regularidad y de la repetición nos resuelven la papeleta. Lo primero supone que, salvo en el caso de las formas cristalinas, en la naturaleza no suelen darse aristas rectilíneas, simetrías… En fin, una típica punta de pedúnculo y aletas, una hoja de laurel, un bifaz lanceolado es bien improbable que puedan ser el resultado de cuatro coces dadas por un burro en una era o del deslizamiento de un canto por una ladera chocando aquí y allá. La repetición implica, como decía Monod, que “materializando un proyecto, artefactos homólogos, destinados al mismo uso, reproducen renovadamente, de modo muy aproximado, las intenciones constantes de su creador.” Esos artefactos homólogos en el campo de la prehistoria se constituyen en “tipos”; una raedera ladeada lo es, como lo es una limaza, un buril arqueado, una punta de Vachons, una de la Font Robert o un buril de pico de loro, y los tipos, o muchos de ellos, además, como decía Smith son significativos en el tiempo, en el espacio o en ambos. Memecio hablaba hace unos días de los “fósiles directores”.
Pero nosotros no estamos ante una situación obvia. Nosotros estamos en medio de un campo, con una lasca en la mano con cuatro saltados que parecen retoques. En este caso es muy importante el contexto. Cuando en el colgajo anterior hablábamos de la industria de Gona, al respecto de la misma Semaw indicaba en su publicación las condiciones sedimentarias en las que esas piezas habían aparecido: en un sedimento arcilloso, con ausencia de elementos groseros, depositadas en condiciones de baja energía (lo que supone que no había habido movilización, evidenciada también porque las aristas se presentaban vivas y no redondeadas), es decir, que argumentaba que no había habido procesos naturales que hubieran podido generar esos tipos de restos, que además hubieran sido extremadamente caprichosos al actuar (desprendiendo lascas) en un área muy concreta de las piezas y no en distintos puntos, cualesquiera, del perímetro de los cantos. Con nuestra lasca ocurriría algo parecido. Tendríamos que ver si la superficie de los negativos generados por esos saltados presenta las mismas características que el resto. Si por ejemplo la pieza está patinada y esos negativos no presentan pátina es que se han producido tiempo después (muy significativo); cómo se distribuyen y si forman una delineación continua; si son directos e inversos indiscriminadamente y aquí y allá, si la pieza está rodada, etc., etc., etc. Un conjunto de evidencias, en suma, que permiten afinar mucho aun en los casos más complejos.

Y todo esto viene a cuento de que anoche el Genaro, mientras echábamos unos tragos, me dijo que la viñeta con la que acompañé el último colgajo no le ha gustado mucho. “Leches, Jones…, es un poco tendenciosa, y ahora sólo nos faltaría que además de los canadienses, los chinos y los de Myanmar se nos echasen encima los arqueolocos…, menudo plan Jones, ¡menudo plan!”. “Venga Genaro, venga…, por Dios” respondió la Merche, “si no nos leen ni canadienses, ni chinos, ni birmanos, ni arqueolocos…, si no nos lee nadie”. “No sé, no sé…, en cualquier caso tampoco es cierto que le des una patada a un ‘choped’ y te salga un ‘chopintul’. La gente puede pensar que los arqueolocos son unos tarados que en cualquier pedrusco ven una intervención humana y…, oye, que eso no…, que eso no es así”, concluyó mientras se amorraba a un “sling” que hubiera hecho que HAL9000 se abriera los circuitos en canal.

jueves, 19 de junio de 2008

La novela policíaca más vieja del mundo.


Así tituló Wood (The oldest whodunnit in the world) en el año 1997 un comentario publicado en la revista Nature a cuenta del hallazgo que habían realizado Semaw y su equipo en Gona (Etiopía) y en relación con las que son las herramientas líticas más antiguas conocidas. En muchos yacimientos africanos cuyos restos no se pueden datar directamente las fechas se obtienen por biocronología (es decir, la fecha se estima por la asociación faunística que aparece en ese determinado estrato, y que es comparable o más o menos evolucionada a la de otro lugar de edad ya conocida; así por ejemplo, cuando se dice que el Sahelanthropus tchadensis hallado en el yacimiento chadiano de Toros-Menalla tiene una fecha de entre 6 y 7 M.a. es porque la evidencia faunística sugiere que el sitio TM 266, donde apareció, es más antiguo que la formación Lukeino y que puede ser equivalente con la base de la formación Nawata, y si la primera se fecha en alrededor de 6 M.a. y la segunda entre 5.2 y 7.4 M.a, pues eso, verde y en botijo, o como se diga); otra alternativa, cuando la hay, claro, es datar mediante radiocronología niveles o tufos volcánicos que se encuentran por encima y por debajo del que nos interesa, obteniendo así unas fechas ante quem y post quem entre las cuales necesariamente se situará el evento que queremos conocer.
En Gona el nivel en el que se encontraron los útiles se sitúa entre uno de estos tufos, datado en 2.9, y otro en 2.5, y aunque en algún sitio he visto que se dice que esos artefactos podrían tener hasta casi 2.9 M.a, "justo" debajo de ellos se registra la magnetozona Gauss-Matuyama, un cambio en la polaridad magnética ocurrido hace 2.6 M.a, luego los restos son más viejos de 2.5 y más recientes que 2.6 M.a. Son los más viejos, seguidos muy de cerca por los recuperados en Hadar (A.L. 666) y Lokalalei, ambos sobre los 2.3 M.a.
La cuestión que planteaba Wood en ese artículo, y vuelvo al objeto del colgajo, es ¿quién fabricó esa industria? Por supuesto la idea primera y también más extendida es que un Homo, el habilis, pero entre los 2.5 y 1.5 M.a, que es lo que viene a durar el complejo Olduvayense, nos encontramos pululando por África a unos cuantos homínidos. Parantropos tenemos al menos 3, el aethiopicus, el robustus y el boisei, autralopitecos 1, el garhi, y homos pues 2 o 3, depende de lo que hagamos con ese hipodigma tan correoso que representan los habilinos. Si su variabilidad se explica en términos de dimorfismo sexual tendríamos 2, el habilis y el ergaster/erectus, si no tendríamos 3 o en su defecto 2 y otro autralopiteco. Podemos olvidarnos de los ergaster porque aparecen más tarde que la industria, pero con todo sigue habiendo unos cuantos candidatos.
Si recurrimos a ver quién es el aparece con la industria (asociación) tenemos que en Omo y en el lecho I de Olduvai ésta aparece junto con P. boisei y H. habilis, y en Swartkrans con P. robustus y algún resto de Homo. En Hadar la asociación es exclusiva con un Homo, ¿pero en Bouri? Ya se ha dicho que no hay ahí herramientas, pero sí marcas de cortes, y el homínido que aparece es el A. garhi.
Arqueológicamente pues no tenemos criterio firme para saber quién es el malo de esta novela policíaca. Por supuesto que los argumentos a favor de Homo tienen algún peso, y son su mayor capacidad cerebral y su estructura neuroencefálica (estructura, estructura, porque si cojes un cerebro de autralopiteco y lo inflas no tienes un cerebro humano, de la misma manera que si cojes una madarina y la inflas no tienes una naranja, sino una mandarina grande). ¿Hay algún argumento a favor de algún australopiteco? Según Susman que la mano de los P. robustus tenía una capacidad manipulativa muy desarrollada, aunque esto ha sido últimamente criticado. ¿Algo más? Pues no sé, y no seré yo quien le ponga fin a la novela, pero en el artículo de Semaw se decían algunas cosas de interés. La primera que siendo la industria más antigua conocida en cambio ponía de manifiesto un sofisticado control de los mecanismos de fractura concoidea; la segunda que más del 70% de los artefactos se realizaron en traquita (otros en riolita y en basalto), lo que significa, seguramente, la apreciación de sus cualidades de lascado y su selección frente a otras, y la tercera, que en su opinión quienes los fabricaron no eran unos novatos en la teconología lítica, y pronosticaban que útiles más antiguos habrán de ser encontrados. Al final del artículo, y en unas escuetas dos líneas y media, Semaw indicaba que la industria de Gona, con características equivalentes a las de conjuntos olduvaienses mucho más recientes, ponía de manifiesto la existencia de un largo período de éstasis tecnológico, un período de un millón de años, entre 2.5 y 1.5 M.a. Y Wood, al hilo de ese apunte, se preguntaba que si habría que relacionar a un homínido con esa industria debería ser alguno que se hubiera desarrollado en ese lapso temporal. Ningún Homo satisface ese criterio. El Olduvayense persistió después de que hubiera desparecido el Homo habilis, o rudolfensis, o como le queramos llamar. Sólo hay unos homínidos que lo cumplen, los Parantropus (aethiopicus y boisei). Así que... “In Paranthropus we have a plausible suspect that had access to the ‘weapon’ and the ‘opportunity’, but what was the ‘motive’?”

miércoles, 18 de junio de 2008

10.000 "pinchazos".


Pues nada, que este colgajo es sólo para dejar constancia de que Homorgasmus ha alcanzado hoy, a las 12 horas, 20 minutos y 24 segundos los 10.000 pinchazos, en algo menos de 3 meses de existencia y con algo más de 3.000 visitas. Un registro que suponemos pobre para la mayoría de los blogs, pero que sinceramente no esperabamos alcanzar en este tiempo. Así que lo celebramos dejando una imagen de los colegas. El Genaro, el Rastas, el Patitas y la Merche aparecen en esta foto junto con un par más de amigotes de la petanca. Y os damos las gracias a todos los que os habeís pasado por aquí.

lunes, 16 de junio de 2008

Por acabar los colgajos del fuego..., creo.


En el colgajo anterior se han presentado los datos arqueoloquicos de que se puede disponer (puede faltar alguno) a la hora de intentar elaborar, o más bien esbozar, la historia del inició de la relación del hombre con el fuego. El fuego puede ser usado sin necesidad de producirlo, y en ocasiones no podemos distinguir los rastros de las combustiones naturales de las antrópicas. Con estas premisas intentar responder cuándo el hombre usa el fuego y si lo conserva o lo produce es difícil. Además es evidente que para dar respuesta a la segunda cuestión podemos ir olvidándonos de los artefactos que pudieron servir para su producción autónoma, ya que es claro que los registramos muy tarde en los depósitos arqueoloquicos; seguramente mucho después de que empezaran a ser utilizados y de que esa relación se diera.

Dado que el fuego es una reacción química que puede darse de forma natural, y como quiera que de ella se derivan una serie de consecuencias inmediatas que antes o después hubieron de ser percibidas como útiles (calor y luz) por el hombre sin necesidad de indagar en la naturaleza del fenómeno, éste elemento pudo ser “capturado” y mantenido por nuestros primitivos ancestros, quienes posteriormente desarrollarían las técnicas para generarlo por sus propios medios. Seguramente nadie pone en duda que “antes de que el hombre pudiera utilizar el descubrimiento accidental de que ésta o aquella acción conducía al fuego, habría requerido de alguna experiencia en su manipulación, y que ésta sólo la habría obtenido a través del aislamiento y el control de un fuego de origen natural”, (Oakley 1955), de manera que es muy probable que los primeros usuarios paleolíticos del fuego no fueran creadores del mismo, sino que recogieran este preciado elemento de catástrofes naturales, y lo conservaran, lo que ya pudo ser un problema. Si grupos tecnológicamente más avanzados (griegos, romanos, o las mismas poblaciones rurales europeas hasta una época próxima a la actual) se han preocupado constantemente para conservar el fuego vivo, tanto por razones prácticas como por razones ideológicas, parece legítimo pensar que los grupos prehistóricos, al menos por motivos prácticos, tuvieran las mismas preocupaciones.

El problema paleoantropológico a la hora de trazar la historia del fuego como una herramienta es pues, y principalmente, de índole tafonómico, e implica reconocer cuándo las evidencias de antiguos fuegos indican un control humano y cuándo un origen natural. La cuestión es compleja y las posturas encontradas. Hablando de una investigación en términos generales, de lo que se trata, o lo que desea, es decidir si una situación dada resulta cierta a la luz de la evidencia muestreada, o cuál de entre un número de situaciones encuentra el mejor apoyo posible con las evidencias de que disponemos. En ocasiones tal toma de decisiones implica riesgos, y en relación a discenir entre fuegos naturales y fuegos antrópicos el asunto podría concretarse en: ¿Qué riesgo se está dispuesto a correr en tomar la decisión incorrecta?

Recurriendo a una metáfora estadística podríamos plantear la cuestión considerando como hipótesis nula que los fuegos son naturales (no homínidos en origen), es decir, que la evidencia observada es la que cabría esperar bajo condiciones naturales. La hipótesis alternativa sería que las ocurrencias de combustión son homínidas en origen, y aunque estamos bien seguros de que hay ocasiones en las que la hipótesis nula debe ser necesariamente rechazada, también observamos que se dan otras en las que no sabemos cuándo se debe rechazar esa hipótesis.

Una regla científica convencional de decisión es hacer que la probabilidad de rechazar falsamente la hipótesis nula (error de tipo I) sea muy pequeña, con objeto de evitar rechazar la hipótesis nula cuando es verdad. Sería el caso de rechazar la hipótesis nula y aceptar la hipótesis alternativa, es decir, que un fuego no se debe a un agente natural, sólo si, por ejemplo, observáramos que la evidencia consistiera en la concurrencia en el espacio de un hogar estructurado que contuviera en su interior cenizas, carbones, huesos y útiles quemados, piedras craqueladas y que se encontrara a su vez en el interior de otro espacio estructurado en el que se observaran áreas de actividad humana a su alrededor. Eso sería, desde luego, bastante, pero bastante contundente.

Pero claro, que la probabilidad de rechazar falsamente la hipótesis nula sea muy pequeña aumenta la probabilidad de no rechazarla cuando es falsa (error de tipo II), aunque también puede ser resultado de ejercitar la opción de suspender el juicio. Es decir, podríamos llegar a aceptar la hipótesis nula, según y siguiendo con lo que hemos dicho, si aparecieran carbones, huesos y útiles quemados dentro de un espacio estructurado con áreas de actividad, pero sin hogar, etc. Seguramente casi todos pensarían que estabamos en un error. Aquí acabamos de toparnos con el verdadero problema: ¿qué condiciones validan la hipótesis nula o la rechazan por la alternativa?

Hay algunos investigadores (Peters 1989) que consideran que no encontrar la evidencia que implique convincentemente a un agente homínido como responsable (porque puede haber dudas razonables) no ha de conducir a que aceptemos la hipótesis nula de un origen o agente natural del fuego. Entiende Ch.R. Peters que ejercitar esta opción puede ser especialmente útil cuando muchas de las evidencias no determinan claramente la ocurrencia de un fuego por sí mismo. Algunos de los hechos que a veces se presentan son ciertamente circunstanciales (por ejemplo algunas combustiones en el interior de cuevas) pero es posible que algunas explicaciones en orden a que puedan ser el resultado de fuegos causados por fenómenos naturales (se ha mencionado a los relámpagos), también se antojen circunstanciales e incluso que, como indica H.T. Lewis (1989), todas las evidencias arqueológicas lo sean. No estamos seguros de que le falte razón cuando indica que “como pasa en toda ciencia, es la probabilidad de la posibilidad de los acontecimientos lo que nos concierne”, de lo que podría derivarse que la probabilidad de que los carbones en el interior de una cueva representen fuegos hechos por el hombre puede ser infinitamente más grande que la de que representen fuegos causados por relámpagos, pero tampoco parece imposible que eso haya podido ocurrir. Tal vez no sea un hecho frecuente, pero frecuencia y probabilidad no son lo mismo, y la escala temporal en la que nos manejamos es tan grande que por qué no ha de posibilitar hechos poco frecuentes. E.N. Lawrence (1955), en un trabajo sobre el microclima de las cuevas, indicaba que durante una tormenta uno de los exploradores de la Henne-Morte (la red Félix Trombe-Henne Morte es una red mítica conocida por los espeleólogos del mundo entero; sus 1.000 metros de profundidad y sobre todo sus 104 km de galerías, pozos y salas, hacen de ella la más larga red de Francia y seguramente una de las cavernas más complejas del planeta) fue alcanzado por un rayo a una profundidad de 200 pies, es decir, a casi 71 metros. Se ha observado que durante las tormentas las cuevas “respiran hacia fuera” como resultado de la caída de la presión atmosférica. Esa oleada hacia exterior del aire de la cueva puede verse favorecida por el aumento de la temperatura alrededor de la embocadura, y la convección atmosférica ayuda a extender esa columna ionizada hacia las nubes de la tormenta, con lo que las descargas eléctricas pueden ir dirigidas a la entrada de la gruta.

Por otro lado, y volviendo a la crítica del razonamiento de Lewis, entendemos que no se está aplicando una explicación de pocas probabilidades de posibilidad para rechazar de forma sistemática una serie numerosa y reiterada de situaciones, lo que sí sería cuestionable, sino para dar cuenta de casos, muy pocos, en los que el tipo de prueba o las características del contexto generan dudas razonables. Esto creo que debe tenerse en cuenta, y también que tales supuestas evidencias que no deberían ser resueltas aduciendo probabilidades de poca posibilidad se convierten entonces en “islas” en el espacio y en el tiempo que automáticamente generan una situación que, recurriendo a la lógica, es difícil de explicar: ¿Por qué hay semejante laguna en el registro si la utilización del fuego se dio tan pronto, tanto como hace 1.5 M.a? Esto es especialmente aplicable al caso de África.

Por resumir mi opinión sobre esas “islas” africanas diré que, como ocurre en otros ámbitos de la investigación, la cuestión es si realmente sabemos lo que creemos saber o si ciertas interpretaciones tienen algo de cogido por los pelos o aun de sensacionalistas. En ausencia de estructuras y dado el carácter de algunas de las evidencias, la explicación más plausible (evitaré lo de parsimoniosa, jejeje) para, por ejemplo, los terrones rubefactados o las arcillas y las piedras quemadas de los yacimientos del este de África, es considerarlos producto de incendios naturales o de la actividad volcánica (la formación basáltica de Chesowanja se encuentra a 200 m. del sitio donde se encontraron los terrones quemados). Además, ninguna evidencia de fuego ha sido registrada en la importante investigación llevada a cabo en la Garganta de Olduvai, en Tanzania. Marcas de cortes en huesos y actividades de carnicería registradas no están acompañadas de huesos quemados. Esta evidencia negativa parece sugerir que aquellos homínidos, de entre 2 y algo menos de 1.5 M.a. no usaron el fuego y pone en cuestión la supuestas evidencias de otros yacimientos del Africa oriental del Pleistoceno Inferior. Por lo que respecta a Swartkrans, la experimentación llevada a cabo nos parece muy reducida (un caso por rango); la serie arqueológica sometida a análisis químico también (10 casos); y que la consideración de las temperaturas alcanzadas se infieran en el color y los cambios estructurales de un lote nada fácil de analizar un riesgo. No parece imposible la combustión de sedimentos en el interior de cuevas sudafricanas (ya se mencionó en Makapansgat) y, con ello, el porcentaje de piezas que supuestamente están alteradas por fuego (un 0.4%) se nos antoja muy bajo para afirmar, como se hace, que “el uso del fuego fue un fenómeno recurrente” en ese sitio.
La producción del fuego para su uso regular se constituyó en un paso decisivo, en una “mutación primaria” en el comportamiento humano. El fondo técnico para producir este cambio es desconocido, pero los humanos ya habían aprendido a elaborar útiles líticos y los usaban en accciones de percusión, serrado y perforación por rotación; afilaban la madera y utilizaban técnicas del trabajo como el aserrado con maderas duras; modificaban y usaban el bambú y aplicaban cierta tecnología del hueso. De esto podría seguirse que cualquiera de esas capacidades podría haber sido transferida a producir y usar el fuego por procesos de “mutación cruzada”, de ”sustitución” o de “translación”.
La regularidad con la que los hogares acompañan las industrias del Paleolítico Medio y Superior no dejan dudas de que los neandertales y los cromañones fueron productores del fuego, y que contarían con dispositivos al efecto como parte de su equipamiento esencial, pero decir que apenas disponemos de un conocimiento seguro sobre el equipamiento del hombre paleolítico para obtener fuego puede que sea de un optimismo exagerado. Es un gran inconveniente la gran pobreza de materiales de los que se dispone para conocer los métodos de producción del fuego en la prehistoria paleolítica, aunque a través de la etnografía sabemos que existen varias técnicas básicas, con algunas variantes, que sí constatamos arqueológicamente a partir del post-glaciar. En buena lógica cabe suponer que ese conocimiento se enraizaría en el Paleolítico y que en algún momento las excavaciones nos proporcionarán pruebas más directas (por otra parte, la experimentación es el único medio de redirigir un cierto número de falsas ideas ampliamente extendidas entre el gran público y la literatura científica, particularmente entre los arqueólogos y los prehistoriadores), y es posible también que los medios de obtener fuego se descubrieran muchas veces durante la larga prehistoria de la humanidad, y que se perdieran durante largos periodos.

En resumen, y por no descartar ningún dato, considero concebible que antes del Pleistoceno Medio hubiera experimentaciones ocasionales o manipulaciones discretas de fuegos naturales (Koobi Fora o Chesowanja, por ejemplo, donde hay áreas discretas quemadas). Sin embargo su escasez (junto con el hecho de que la gran mayoría de sitios de Paleolítico Inferior con un registro bien conservado cubren un considerable período de tiempo –entre 2.5 y 0.4 M.a.- y carecen de rastros firmes de la manipulación del fuego) hacen más plausible que esos residuos en forma de piedras y parches de tierra quemados en esos escenarios pirogénicos excepcionales fueran causados por fuegos naturales. Alternativamente, esos ejemplos podrían ilustrar casos discretos de un uso oportunista del fuego, que no se consolidaría todavía ni en un repertorio tecnológico, ni en una dependencia regular de su uso ni en un aprendizaje de su producción. Su producción, que en mi opinión queda puesta de manifiesto por la aparición recurrente en el registro arqueológico de evidencias de especial valor: los hogares (los hogares no son datos ambiguos, los demás son circunstanciales, de manera que sería posiblemente un error regirnos más por la cantidad de rastros de combustión aparecidos en un sitio que por el carácter de los mismos), y que estimo que se da entre hace 0.40 y 0.35 M.a. (más cerca de la fecha más reciente, probablemente), constituye una mutación tecnológica destacada y sugiere que se trata de un evento puntuado. Una vez integrada en el repertorio conductual humano sus aplicaciones se amplian. Sus repercusiones más allá de la subsistencia fueron enormes, y como otros desarrollos tecnológicos básicos pudo adquirir una dimensión simbólica.
Y con esto creo, Memecio, que ya he votado.

viernes, 13 de junio de 2008

El Fuego: Yacimientos.


En el gráfico que adjunto se incluyen aquellos yacimientos del Pleistoceno Inferior y Medio que se citan en la bibliografía arqueoloquica y en los que se ha referido la existencia de evidencias de fuego, lo cual no quiere decir, en algunos casos, que la combustión haya sido de origen antrópico. Aquí mismo ya se ha dicho que, por ejemplo, en Zhoukhoudian es cuestionable, o que en Torralba y Ambrona los carbones parece que no tienen relación con fuegos generados por el hombre, o, como comenté en Memecio, que los huesos quemados de Swartkrans quizás no estén quemados. La indicación de "mención sin datos" quiere decir exactamente eso, que se dice que hay rastros, a veces muy de pasada, pero no se hace indicación de qué, y no es lo mismo un trocito de concha quemada que un hogar; y lo de "incierto o cuestionable" pues idem de idem, pero en este caso referido a la evidencia a la que se asocia el signo en cuestión. Como vereís si agrandaís el gráfico, el nombre de la cueva sudafricana está mal escrito.

miércoles, 11 de junio de 2008

El Fuego (y IV): Otros usos.

Encendedor (de hace cuatro días, claro).

Poco a poco, a partir del Paleolítico Medio y sobre todo en el Paleolítico Superior, el hombre empezó a darse cuenta de que las posibilidades de aplicación del fuego iban más allá de la de socarrar cosas y le encontró nuevas utilizaciones técnicas y domésticas. Muchos kiloiiiears antes de la invención de la cerámica y de la metalurgia descubrió que podía utilizarlo para transformar materias primas; calentó los nódulos de sílex (cambiándole su color y sobre todo su estructura, facilitando así su lascado y retoque); endureció sus armas de madera; fundió la resina u otros materiales para preparar colas o masillas adhesivas con las que asegurar el enmangamiento de los útiles (en un nivel musteriense del yacimiento de Umm el Tlel, en Siria, datado en unos 40.000 años a.C., se usó bitumen, que fue calentado a altas temperaturas antes de ser usado como una cola (Boëda et al. 1996); calentó las baguetes o las azagayas en asta para rectificarlas y enderezarlas, y el ocre para variar su color. Le hubo de servir para ahumar las pieles y facilitar así su curtido, y las carnes y pescados para su conservación; o para desinfectar; o como repelente contra las picaduras de insectos, o para cocer, a veces, estatuillas en arcilla; o para dirigir las manadas de animales a puntos estratégicos (como arma de caza); o para alejar a los carnívoros de sus lugares de ocupación; o para manipular las comunidades vegetales. En fin, lo debió utilizar para muchas cosas.

La etnografía avala la existencia de numerosas técnicas de caza que incorporan el incendio de bosques o praderas. Según S. Pine (1999), históricamente las sociedades de cazadores recolectores han preferido vivir en áreas donde los incendios fueran posibles, lo que conduce a mejorar la visibilidad, facilitar los movimientos, dispersar los insectos y estimular el subsiguiente crecimiento de plantas comestibles para los herbívoros (Rolland 2004; Pyne 1999). El caso de los aborígenes Martu, una sociedad actual de cazadores-recolectores de Australia, ilustra bien dos de los aspectos beneficiosos de la utilización del fuego en la adquisición de la comida. Según D.W. Bird (et al. 2004) la quema de hierbas de spinifex (Triodia pungens, Triodia sp.) incrementa posteriormente la diversidad de plantas, pudiendo recogerse luego en esos territorios una mayor cantidad y diversidad de comida (tal como frutos, tubérculos, raíces, larvas, néctar, y semillas de hierbas, arbustos y árboles) que en otras zonas. Por otra parte los incendios mejoran sus estrategias de caza, ya que ponen a la vista sendas, rastros y madrigueras que facilitan la localización de la presa. Se ha comprobado que el nivel de eficacia de los cazadores después de un incendio pasa de 409 a 575 kcal/hora; es decir, el rendimiento se ve aumentado en un 40.5% (Bird, Bird y Parker).
Desde luego que bajo la forma de incendios o de antorchas agitadas el fuego puede y pudo permitir dirigir a los animales hacia lugares elegidos, donde su captura sería más fácil (precipicios, cercados, fosas ciegas). Ninguna limitación técnica se opone a que este método de caza, muy practicado hasta época reciente en zonas de vegetación abierta, haya sido también utilizado en el Paleolítico, pero es difícil encontrar evidencias de ello, dependiendo del lugar en el que se actúa y sobre todo de la entidad del matadero, y en este sentido Solutrè tal vez sea una excepción, donde los restos de más de 10.000 caballos pudieron ser precipitados por un acantilado por cazadores solutrenses.
Por su parte hay que abandonar la idea de que algo similiar pudiera ocurrir miles de años atrás en Torralba. Durante tiempo se ha pintado una imagen en la que elefantes acorralados, embarrados e inmovilizados en un terreno pantanoso, al que habrían sido dirigidos provocando incendios en la pradera, eran cazados por los humanos. Sin embargo no se cree hoy que en Torralba y Ambrona se dieran fuegos de origen antrópico, y por otra parte no parece que sea una necesidad acercar a los elefantes a las zonas pantanosas ya que, al menos entre los actuales, es una cosa que suelen hacer ellos solitos. Con todo, los cazadores contemporáneos evitan cazarlos en esos medios, ya que realmente es el ser humano el que se encuentra torpe en esos lugares.

El fuego sirvió para manipular ciertos materiales inorgánicos, como el sílex, el ocre y la arcilla, y también orgánicos, como la madera, el asta o la piel. Por lo que respecta al sílex, su verdadero tratamiento térmico no apareció hasta el Paleolítico Superior (Bordes, 1969) modificando algunas características físicas (a veces el color, pero sobre todo el brillo) y sobre todo sus propiedades mecánicas, (disminuyendo su resiliencia y facilitando así su lascado o retoque), aunque se han hecho algunas referencias, poco convincentes, de algún tipo de utilización en el yacimiento achelense de Hangklip (Sudáfrica) y en los musterienses de Fontmaure y Fontéchevade (Francia). En Hangklip, un taller del Achelense Final, aparecen grandes cantidades de lascas térmicas y muchas hachas o hendedores incompletos realizados en esas lascas. A.J.H. Goodwin sugirió que los achelenses obtenían las lascas calentando bloques y enfriándolos con agua para lograr su exfoliación y fractura, sin embargo K. Oakley (1955) apuntaba que no había restos de ceniza alrededor de los bloques. En ninguno de los sitios citados la intencionalidad está clara.

También con él se procesó el ocre, utilizado desde finales del Paleolítico Medio pero sobre todo en el Paleolítico Superior (en el que se emplea como colorante en el arte, con fines estéticos en el adorno corporal –con casi total seguridad, en los ritos funerarios y en procesos técnicos como la elaboración de “mastics” o masillas para fijar los artefactos, o el curtido de las pieles). Este pigmento mineral natural está compuesto de arcilla e hidróxido de hierro, y su color varía del oscuro-negro al amarillo pasando por el rojo, dependiendo de la proporción de hidróxido de hierro. El rojo es el más raro de forma natural pero es posible obtenerlo a partir de la combustión del ocre amarillo.

Igualmente en el Paleolítico Superior y antes de la aparición de la cerámica en el Neolítico, encontramos aunque de forma excepcional en el yacimiento moravo de Dolni Vestonice múltiples fragmentos de figurillas en tierra (o en una posible mezcla de loes, polvo de hueso y grasa) cocida.

Por último, se conoce más bien poco acerca del componente orgánico de la tecnología del Paleolítico Inferior y Medio, aunque hay alguna evidencia. Cuando se quiere evitar la descomposición de la madera o se desea endurecerla, una de las mejores técnicas es la de proceder a su combustión parcial. Esto permite un modelado más cómodo de la parte externa, al quedar reducida a un estado de carbón, y el endurecimiento de la parte interna calentada pero no carbonizada, que aumenta su resistencia. Las más antiguas lanzas recuperadas proceden del yacimiento Alemán de Schöningen (Thieme 1997), de unos 400.000 años, a las que sigue, probablemente, la de Lehringen con 125.000 años (Thieme y Veil 1985), un arma de 2.40 m. de longitud elaborada en madera de tejo (muy dura ya de por sí) y trabajada con útiles líticos una vez endurecida. En la publicación del sitio de Schöningen da la impresión de que las puntas están carbonizadas, pero tal vez no sea el caso porque nada se dice al respecto (aunque se cita la existencia de un posible hogar). También se ha hecho referencia a la existencia de maderas, aunque no necesariamente lanzas, endurecidas al fuego en el sitio africano de Kalambo Falls.

martes, 10 de junio de 2008

Cada cosa en su sitio.

Cabaña 1 de Ohalo II.

Hace un par de colgajos mencioné, entre otros, el yacimiento de Ohalo II, y veo que hay un estudio muy reciente sobre él, tanto como que aparece esta misma semana en JAS, dando cuenta de una distribución espacial registrada en su choza 1 (Plant-food preparation area on an Upper Paleolithic brush hut floor at Ohalo II, Israel). Ohalo II es un yacimiento que se encuentra en la orilla suroccidental del Mar de Galilea, y hace 22.500-23.500 años cal. BP fue un campamento de gentes del Paleolítico Superior dedicadas a la caza, la pesca y la recolección, de quienes queda un enterramiento, hogares al aire libre y 6 fondos de cabaña. Tras su abandono, o porque sus ocupantes estaban empezando a vivir con el agua al cuello, quedó cubierto por el líquido elemento. El subsiguiente depósito de arenas y arcillas selló la ocupación, y ello posibilitó la conservación excepcional de un lote importante de semillas y otros restos vegetales (hasta 60.000 en uno de los 3 suelos de ocupación de la choza 1, de unos 12 m2) algunos carbonizados previamente, y que aparecen junto a útiles de sílex, útiles de molienda, y restos de animales (mamíferos, pájaros, peces, moluscos).

Los arqueolocos hace tiempo que, aplicando distintos tipos de recursos, realizan análisis de modelos espaciales “intrasite”, es decir, análisis microespaciales con objeto de determinar si las gentes prehistóricas organizan el espacio que ocupaban. La cosa en esencia es simple. Si a mí me diera igual tirar un resto de comida, o tallar, o lo que fuere, en un sitio que en otro, y lo hiciera, no mediaría ningún tipo de organización en ese espacio, y consecuentemente los restos, de un tipo y de otro, aparecerían uniformemente distribuidos. Sería el resultado lógico de una distribución aleatoria. En cambio si decidiera tallar en un sitio (taller) y tirar los restos de comida en otro (basurero) los restos de esas acciones aparecerían formando concentraciones discretas. Ya no es un proceso aleatorio, media una intención, que puede responder a una organización de “mi” espacio, generando así “áreas de actividad” cuyo origen y sentido hay que investigar. Este tipo de estudios entra dentro de lo que se llama la “Arqueoloquía espacial”. Por supuesto se debe estar seguro de los procesos de formación que han afectado a los sitios arqueoloquicos durante el depósito y después de su abandono, y de que no haya habido factores geogénicos, biogénicos o antropogénicos que hayan podido causar desplazamientos de los restos, especialmente de los más pequeños, claro, pero no sólo.

En Ohalo II el análisis de la distribución de las evidencias apunta a que dentro de la choza se dio una disociación espacial de los restos de plantas y de los productos de sílex, aunque por supuesto ni unos ni otros están exclusivamente limitados a las áreas a que dan lugar. En una parte de la cabaña, en la zona sur, junto a la entrada y aprovechando la luz, se localizaría la zona de taller, con todos los estadios de producción de los lítico, mientras que al fondo de la misma, en la zona norte se procesarían las semillas y vegetales para uso alimenticio y quizás medicinal, junto a una piedra para moler. Entre una y otra habría una zona de paso. La presencia de concentraciones de granos de Puccinellia cf. Convoluta en la primera podría interpretarse, según los autores, como el resultado de la adecuación de ese espacio también para el descanso, lo cual, en fin, no casa muy bien con su uso para lo antedicho. En su propias palabras, “apparently, the bedding material covering the floor did not prevent other activities; as flint knapping was practiced there as well”. Esa división espacial podría estar sugiriendo también una division de tareas entre generos: los hombre dedicados a lo primero, las mujeres a lo segundo.
En el valle del Ebro hay un yacimiento (la cueva de Abauntz, en Navarra) que fue estudiado en la segunda mitad de la década de 1970 (P. Utrilla) y posteriormente en los años 90. En una de las ocupaciones de su generoso depósito, la correspondiente al Magdaleniense Medio, se observó una distribución espacial, con áreas de taller y del trabajo de las pieles, y más tarde y más al interior del espacio ocupado, junto a un hogar, del trabajo del asta. Allí también se detectó lo que se consideró un área de descanso, determinada por la ausencia de restos materiales y por una muy alta presencia de restos de filicales. Helechos fueron introducidos y colocados junto a una pared supuestamente para adecuar un espacio al sueño reparador. También entonces se planteó una división de las tareas por sexos.