martes, 22 de abril de 2008

Primera pista.

La hipótesis fue propuesta por una investigadora que tiene su campo de trabajo en la antropología, en la evolución primate y humana, y en las diferencias anatómicas y de comportamiento entre sexos, entre otras cosas. Es una alternativa feminista a lo que entonces era la hipótesis por excelencia respecto a la fuerza conductora que nos había hecho humanos.

lunes, 21 de abril de 2008

Participa en nuestro concurso.

Nuestro dibujante ha expresado, a través de esta imagen, una teoría planteada para explicar (al menos en parte) un hito de la evolución humana (advertimos que como en todo, hay otras teorías alternativas para dar cuenta de lo mismo). Un hito que queda ahí, bien a claras indicado, pero que, añadimos, y esta es una pista que así se las ponían a aquél pollo, durante mucho tiempo ha sido requisito fundamental para incluir a un primate dentro de la familia de los homínidos. El premio es intransferible y consiste en un viaje fin de semana alrededor de Saturno en el primer viaje turístico que se realice. Eso sí, a media pensión.
La pregunta es ¿Qué explica la teoría, qué dice o cómo se conoce y quién la propone?
Cada día iremos ofreciendo una pista, pero creemos que esto estará resuelto en un pis-pas.

Así decía la “e” el hombre de Neandertal.

Como decía la agencia EFE días atrás, y casi todos los blogs menos nosotros, 30.000 años después de su extinción, el hombre de Neanderthal ha roto su silencio y su voz se ha vuelto a escuchar en pleno siglo XXI gracias a la simulación de unos científicos. Un equipo de investigadores de la Florida Atlantic University en Boca Ratón (Estados Unidos) ha conseguido reproducir la voz de estos humanos, según se publicó en la revista científica británica 'New Scientist'. Y lo han hecho hablar a partir del análisis de restos fósiles de tres neandertales recuperados en Francia y que datan de hace 50.000 años.

Dirigidos por el antropólogo Robert McCarthy, los expertos de Florida han utilizado la reconstrucción de una laringe del neandertal y un sintetizador computerizado para recrear su probable manera de hablar. De momento sólo se han metido con la 'e', “un hallazgo aparentemente modesto pero que ya aporta pistas significativas sobre las diferencias entre el lenguaje del neanderthal y sus "parientes" modernos”.

Según McCarthy, que aspira a que su "neanderthal" emita una frase completa, los hombres de Neanderthal pronunciaban sonidos menos precisos que los del humano moderno, toda vez que su articulación de las vocales resulta muchísimo más tosca.

"Ellos habrían hablado de forma un poco diferente", afirmó el antropólogo, quien duda de que esos homínidos fueran capaces de reproducir las vocales que constituyen la base del lenguaje hablado actual. La 'e' del 'neanderthal de Boca Ratón', por ejemplo, carece del matiz sonoro que permite a un oyente moderno distinguir en inglés palabras que incluyen esa letra pero se pronuncian de manera ligeramente diferente. Los expertos del centro de Florida sostienen, además, que limitaciones de ese tipo restringieron la capacidad de habla de esos homínidos.
Para escucharlo pulsa vídeo.


sábado, 19 de abril de 2008

Si tienes pelotas léete esto.

Marca de corte por útil lítico en un hueso (11 aumentos)

Pues me he leído el artículo de David R. Braun, Briana L. Pobiner y Jessica C. Thompson (2008 An experimental investigation of cut mark production and stone tool attrition. Journal of Archaeological Science 35:1216-1223), sí. Metodológicamente cumple, efectivamente, los requisitos neoarqueológicos, pero no os volvaís locos si no podeís acceder a él (salvo que tu tesis vaya sobre marcas de corte o huellas de uso).
La cuestión que tratan, por supuesto, no es baladí. En su momento, hace algunos años, se planteó que las marcas de corte en los huesos eran subproductos indeseados, errores, fallos de cálculo de la precisa localización del hueso oculto por la masa muscular. Los contactos que generaban las marcas deteriorarían y embotarían los filos de los artefactos, y los carniceros paleolíticos los habrían evitado para no malgastar tiempo y esfuerzo (entonces no había dinero) procurándose otros. Sin embargo, apuntan los arriba citados, esa particular asunción nunca ha sido explícitamente testeada y la relación entre la producción de marcas de cortes y el deterioro de los filos de los útiles tampoco ha sido cuantificada. Y a ello se han dedicado, con 18 lascas brutas (esto no quiere decir que sean lascas bestias, sino sólo que no están retocadas) por una parte y 24 por otra. Un total pues de 42 (de entrada me parecen muy pocas). Mediante dos experimentos exploran la asociación entre la vida útil de los artefactos (líticos, en concreto de un tipo de basalto que aparece en yacimientos africanos) y distintas actividades de carnicería (desollado, descuartizado y descarnado), a partir del control de tres variables: la pérdida de masa de los útiles, la pérdida de área y la variación del ángulo del filo. Establecen una hipótesis 0 (o nula), bueno, 3, cada una relativa a cada una de la variables (H0: el número de marcas de corte en la serie experimental no tendrá un correlación significativa con la proporcional /pérdida de área de la lasca/variación del filo/pérdida de masa), y se lanzan al ataque con dos carniceros de Turkana expertos en el arte de filetear cebras, búfalos, etc. Aplican a los resultados un coeficiente de correlación no paramétrico (Tau de Kendall) y el test U de Mann-Whitney y ya está.
¿El resultado? Pues que no pueden rechazar la hipótesis nula y por lo tanto no hay apoyo estadístico para asumir que las marcas de corte producen un embotamiento significativo de los filos. Sin embargo, las distintas actividades de carnicería muestran diferencias significativas en el deterioro de los mismos en relación con dos de las variables (área y ángulo en desollado y descuartizado vs descarnado), concluyendo que hay un mayor desgaste en las lascas usadas para aquellas actividades que en las empleadas sólo para la última (0.0). Así que, y por ir terminando, en relación con lo primero i) no hay apoyo para la idea de que los prehistóricos tomaran sus medidas para evitar contactos hueso-útil durante el descarnado y ii) que el abandono de los artefactos no necesariamente estaría relacionado con una alta presencia de marcas de corte en los yacimientos.
Entonces (y esta es la pregunta del millón) ¿si las marcas de corte no desgastan a tal punto los artefactos como para abandonarlos, y estos se abandonan incluso en sitios donde hay pocas marcas, por qué se abandonaron? Su explicación alternativa es que fueron usados para actividades que no dejan evidencias en los huesos que habitualemente se conservan sobre la forma en que se ha operado, como desollado, desarticulación y posiblemente procesado de vegetales. Además, y esto es un interesante salto, los resultados podrían servir de apoyo a un acceso temprano a las carcasas. Sólo por encima (ya lo trataremos otro día), hay discusión sobre como accedían esos grupos del Plio-Pleistoceno a la proteína animal. De ser inicialmente cazadores pasaron hace unos años a carroñeros. Si eres carroñero puedes ser el primero en carroñear (carroñeador primario, lo que supone que te haces con la carcasa en los primeros momentos, es decir, no tienes capacidad para cazar una gacela pero tienes pseudoesfericidades, como decía el homonosecuantos para arrebatársela a un león), o el último (carroñeador secundario, accediendo a lo que han dejado los demás, los mondos huesos con un poco de chicha). Tener acceso a una carcasa completa, porque la has cazado o porque se la has arrebatado a quien la ha cazado, implicaría tener que proceder a toda la cadena operativa de carnicería (desollado, descuartizado), y por lo tanto a ese acúmulo de piezas luego desechadas. Y esta historia se acabó.

jueves, 17 de abril de 2008

Hablar por no callar.

Quizás me arrepienta de esto (me refiero a poner este colgajo), y si es así ya lo quitaré. A través de Mundo Neandertal, un blog que hemos recomendado y del que tenemos su enlace, he accedido a otro en el que se hace referencia a un estudio sobre “marcas de cortes”, rastros estos a los que ya nos hemos referido. Sólo he podido leerlo en diagonal (y de ahí que pueda arrepentirme) pero tiempo tendré, espero, de leerlo con detalle (sigo siendo un chaval), y la primera impresión me ha traído a la cabeza lo que hace un tiempo, algunos críticos de la Nueva Arqueología, denominaron “la arqueología de la obviedad". Y es que, efectivamente, a veces “manda huevos con los arqueolocos”. A mediados de los años 60 se generó un movimiento crítico en el mundo anglosajón (encabezado por el estadounidense Binford y el británico Clarke, aunque es al primero a quien se considera el padre de la criatura) que se alzó contra lo que se consideraba la Arqueología tradicional o anticientifista, que era la arqueología que se había hecho hasta entonces. La Arqueología (antropología en USA) podía y debía ser una disciplina científica, podía y debía formular leyes (de alcance medio, largo, corto o del alcance que fuere), y para ello debían de cambiarse algunas cosas. Una era el tipo de razonamiento. Había que pasar de un tipo de razonamiento inductivo a otro, el hipotético-deductivo, y los arqueólogos debían cambiar el chip. Por poner un ejemplo simple, no bastaba con decir que “si al grajo ves volar bajo hará un frío del carajo”. Eso es lo que hacían los arqueólogos tradicionales: habían visto a la de Dios es Cristo de grajos volar bajo y al tiro se pelaban de frío y concluían en lo anterior. Este tipo de razonamiento, aunque sea muy popular (y el refranero no resulta de otra cosa que del conocimiento que proporciona la observación) no es científico, y un grajo que volara bajo y a continuación no te pelaras de frío mandaba al traste con todo. Lo procedente, lo que implica el razonamiento hipotético deductivo era plantear una hipótesis que someter a su confirmación o refutación, y ese proceso es el que dirige el plan de investigación. La hipótesis podría ser ¿Si los grajos vuelan bajo, hará un frío del carajo? Y ¡hala!, a partir de ahí diseñas el protocolo de actuaciones que te permitirán refutarla o confirmarla. Para muchos ese cambio no fue sino una simple vuelta a la tortilla. Lo que antes era el final de la investigación ahora se convertía en lo primero y, aunque acudo a un comentario hecho con relación a otra ciencia (aunque la antropología y la arqueología han seguido unos derroteros similares en cuanto a sus tendencias disciplinares), J. Reader, en su libro “Eslabones perdidos” comenta que “es notable la frecuencia con que las primeras interpretaciones de nuevos testimonios han confirmado las ideas previas de su descubridor”. Esa arqueología de la obviedad se lanzó a formular hipótesis (“los partidarios de la ley y el orden”) y a contrastarlas, dando lugar a leyes que algunos denominaron Mickey Mouse, leyes como, cuanto más pisoteas un botijo más pequeños serán los trozos en que se rompa (por seguir con un ejemplo simple, y posiblemente no formulado, espero).

miércoles, 16 de abril de 2008

Otra vez a vueltas con el azar.

Stephen Jay Gould decía que “una de las ideas que más les cuesta aceptar a los seres humanos es que no seamos la culminación de algo”. No se refería a todos, claro. La insistencia en autodiferenciarnos de los animales y de considerarnos el resultado de un plan, no se da en todos los grupos humanos, y es algo reciente en nuestra historia (nuestros antepasados prehistóricos “parecen haber aceptado sin vacilar que formaban parte del gran continuo animal”). Si a uno ya le chirrían las trócolas pensando que tal vez no sea el fin de un proyecto, la culminación de un proceso teleológico, quizás se parta por el eje si se le insinúa que (como especie) estamos aquí como podíamos no estarlo. A nivel de cada uno de nosotros es muy obvio. Si tus padres no se hubieran conocido tú no estarías aquí. Pero una vez que se conocieron las probabilidades de que estuvieras eran menos que las que yo tengo de acertar todos los días los seis números de la bonoloto de aquí a que me muera, y soy un chaval. Y seguían siendo muy pocas el día que decidieron darse un gusto en un momento muy preciso, porque si no tampoco. Y hablamos sólo de tus padres. Sólo con retroceder 8 generaciones “encontrarás a unas 250 personas de cuyas uniones en el momento preciso depende tu existencia”. Pero te tocó, y aquí estás perdiendo el tiempo.

A nivel de las especies que hoy pueblan la Tierra pasa algo similar. Cambia un solo acontecimiento del planeta (el meteorito que ya no acaba con los dinosaurios, la falla del Rift que ya no se abre...) y la historia habría sido otra. Pobre hormiga.

El azar.

Hace un tiempo, estando yo en uno de esos pueblos con encanto, ví como una hormiga ascendía por un gran arbusto. A lo largo de su trayecto observé como a veces parecía dudar entre qué rama tomar entre varias posibles, y cómo en ocasiones siguió su camino sin reparar siquiera que tras de sí quedaban otras. Cuando llegó al final de una rama, que tampoco era la más alta, un súbito soplo de frío viento se la llevó. Siendo tan grande y ramificado el arbusto su tránsito por él no resultó sino una simple línea más o menos sinuosa.

Mientras buscaba yo a la hormiga me preguntaba si antes de que ese soplo de frío viento se la llevara había sido consciente de que el arbusto era un laberinto y que cada opción que se le planteaba a casi cada instante conducía finalmente a un destino diferente. ¿Había elegido siempre? ¿Había llegado donde había querido o a donde el destino la condujo? En fin, este tipo de preguntas que no son posibles donde vivo porque vete tú a encontrar aquí una hormiga, o incluso un arbusto.

Pobre hormiga, pensé, cuando ya dí por terminada mi inútil búsqueda. Si hubiera elegido una rama que había un poco más abajo de la mitad del arbusto habría llegado a una zona con otras hormigas, que aún permanecían ahí después del episodio del súbito soplo de frío viento. De vuelta a casa y pensando en la hormiga me dije que las hormigas no deben tener ni conciencia vigil, ni sentimiento o juicio de posibilidad, ni libertad (o que al menos alguno de estos rasgos les debe de faltar, digo yo), requisitos todos ellos previos a la génesis de las acciones humanas. Entonces llegué a la conclusión de que la hormiga no pudo elegir como nosotros hacemos y por tanto la geometría de su tránsito por el arbusto fue sólo resultado del azar. Definitivamente, pobre hormiga.