viernes, 5 de diciembre de 2008

Colgajo 100.

En el año 1925 el anatomista australiano R. Dart, entonces profesor de la universidad de Witwatersrand de Johannesburgo, dio a conocer los restos (mandíbula, cara y molde endocraneal) del llamado “niño de Taung”. Este zagal fue un homínido (un miembro de nuestra familia), representante de un género (Australopithecus) y una especie (africanus) que vivió hace 2,5 M.a. El chavalillo en cuestión contaba ya con su primer molar permanente, así que Dart estimó que había muerto a los 6 años de edad, que es la edad a la que eclosiona esa pieza dentaria en los niños actuales. En 1968 A. Mann argumentaba de igual manera en su tesis doctoral sobre la demografía de los primeros homínidos de África del Sur: “el yacimiento de Taung ha proporcionado un individuo de unos 6 años y medio ± 1. Los primeros molares permanentes del niño de Taung acababan de completar su proceso de erupción y presentan poco desgaste”, decía.

Más de medio siglo después, en 1981, la antropóloga cultural N. Tanner planteó la “hipótesis del bebé desvalido” como razón conductual para explicar un rasgo tan exclusivo de los homínidos como es el bipedismo. Según Tanner, dado que los bebés humanos nacen muy desvalidos y son incapaces de agarrarse por sí mismos a sus madres, como sí hacen los bebés de otras especies de primates, el bipedismo evolucionó como forma que permitiera que las madres cargaran con sus hijos cuando se trasladaban de un lugar a otro y realizaban sus actividades de forrajeo. Es una hipótesis de corte feminista (secuela de la de la “mujer forrajeadora” y alternativa a la machista del “hombre cazador”) en la que las hembras, además, habrían propiciado, mediante selección sexual, que los machos adoptasen también tan inestable forma de desplazarse cuando volvían a casa después de realizar las tareas propias de su sexo y condición, es decir, ir de un bar a otro y salir de juerga con los amigotes. De esa manera, de pie, los colgajos, y en esta ocasión me refiero, sí, efectivamente, a los colgajos, a esos colgajos, habrían quedado más a la vista, lo que podría haber sido “interesante”, dejémoslo en “interesante”, para las hembras. Un tarao que conozco se refirió a esa propuesta, en un infumable romance que tal vez cuelgue algún día, como “la clave es el badajo”, pero en algunos sitios se ha hecho referencia a ella como “exhibición fálica dirigida a las hembras”. En fin, este no era el tema, así que retomaré el hilo.


Detrás de la estimación de Dart y de la propuesta de Tanner, la del bebé desvalido, había una consideración común, la de que los primeros homínidos eran muy humanos en sus patrones de maduración. En realidad hasta los años 80 los primeros homínidos se consideraron muy humanos en muchos aspectos; el origen de la “humanidad” sería equiparable al origen de los primeros homínidos. Así, la “hipótesis del hombre cazador” (mediados de los 60) difería de la “hipótesis del alimento compartido” (finales de los 70) en cuál había sido la adaptación humana primaria, la principal fuerza evolutiva (si la caza, en el primer caso, y los requerimientos técnicos y organizativos que la práctica cinegética exige, o la cooperación, en el segundo, “para compartir los recursos alimentarios animales y vegetales que eran llevados de forma habitual a un foco social: el campamento”), y diferían, también, en la perspectiva que se obtenía de esos grupos en lo relativo a la naturaleza de sus actividades sociales y económicas: una socieconomía compleja de tipo humano en el primer caso, o una socioeconomía simple, pero igualmente de tipo humano en el segundo. Como también se reconocía como humano el sistema de vínculo de pareja, “sistema social” monógamo planteado por O. Lovejoy y el nacimiento de una estructura “familiar”.


Desde la década de 1930 los investigadores saben que nuestro patrón de maduración es bien distinto que el del resto de primates, incluidos nuestros parientes más próximos. Después del nacimiento (tras 266 días de gestación, frente a los 238 del chimpancé), y tras un periodo postnatal de aproximadamente un mes, los humanos modernos entramos en la infancia, una etapa marcada por la formación y erupción de los dientes de leche, que alcanza hasta la erupción de los segundos molares deciduos, hacia los dos o dos años y medio. En la infancia nos alimentamos únicamente de teta y/o biberón, somos lactantes. A esta fase sigue otra, la niñez, en la que ya damos uso a los piños (y es que para algo están), y que finaliza hacia los siete años, con la erupción del primer molar permanente. Durante la infancia y la niñez el cerebro crece muy rápido (coincidiendo con el final de la niñez ha alcanzado casi el 100% de su tamaño), mientras que el crecimiento corporal es muy lento.


Nos lleva el doble de tiempo que a los chimpancés alcanzar la edad adulta, y a diferencia de nuestros primos, que “no tienen infancia [y que] son independientes tan pronto se destetan” (B. Bogin), nosotros tenemos un largo periodo de desarrollo después de ese primer gran revés de nuestras vidas, “no hay ninguna sociedad donde los niños puedan alimentarse por si mismos después del destete” (K. Hawkes), y dependemos de nuestros padres durante unos cuantos años. Es de lógica, pues, pensar que el modelo humano de crecimiento debió evolucionar con posterioridad a la escisión evolutiva de pánidos y homínidos, pero como se preguntaban Ch. Stringer y C. Gamble en el libro En busca de los Neandertales, ¿se desarrolló este modelo poco después de nuestra separación evolutiva de los simios africanos, o bien su aparición obedeció a un proceso más gradual o incluso tardío?

En el año 1984 Ch. Dean y T. Bromage empezaron a desmontar parte del tenderete de lo humano de los homínidos en cuanto al patrón de crecimiento (Blumenschine y Binford ya estaban metiéndole mano a lo socieconómico). A partir del recuento de lineas incrementales (perikimata) en el esmalte de los dientes concluyeron que la maduración dental de los australopitecos se producía a una velocidad casi dos veces mayor que la de los niños humanos. El niño de Taung se encontraría en el momento de su muerte más cerca de los 3 años, de manera que los australopitecos “estuvieron más próximos a los grandes simios vivos en la velocidad de su desarrollo que a los humanos modernos”. Algo similar concluyeron Stringer y sus colaboradores al aplicar la misma técnica a un diente de un niño neandertal del yacimiento de Devil’s Tower. En un estudio previo de los huesos recuperados (mandíbula, maxilar, hueso temporal y otros) A.M. Tiller pensó que había restos mezclados de dos niños: uno de 5 años (propietario entre otras cosas de la mandíbula) y otro menos maduro, de unos 3 (propietario del hueso temporal). El resultado del recuento de las lineas incrementales de un diente de la mandíbula sugería una edad de 3 ó 4 años (no de 5) y era compatible con la estimación de Tillier para el hueso temporal, de manera que ya no era necesario pensar que había dos niños, sino uno que había crecido bastante deprisa.

Una cuestión estrechamente relacionada con el patrón de maduración es el del tamaño cerebral de los neonatos homínidos, ¿cuán desarrollado estaba el cerebro en el momento del nacimiento? Cuanto más lo estuviera menos desvalido sería, pero la pelvis ahí impone unas limitaciones físicas. En el número del 14 de noviembre de la revista Science se publicó un artículo sobre una pelvis femenina completa de Homo erectus del yacimiento etíope de Gona. De ella dieron cuenta Mundo Neandertal y más en extenso Abulafia. Estimaciones trasladadas a una pelvis que fuera de hembra a partir del resto conocido como KNM-WT 15000 (que corresponde a un macho de Homo erectus) consideraban que el límite máximo del tamaño cerebral de un neonato de esa especie sería de 230 ml. Esa estimación, suponiendo una media de 880 ml. de capacidad craneal (cc) para un adulto erectus, daría una relación de 0,26 (cc recién nacido/cc adulto). La de los humanos modernos se establece en 0,28 (aunque este valor es algo variable en las publicaciones dependiendo de las medias que se utilicen, hasta por ejemplo 0,23, pero quizás 1.400 ml. de cc media sean muchos ml.), en tanto que el de los chimpancés es de 0,40. Esa estimación significaría el nacimiento de un “bebé desarrolladamente inmaduro que experimentaría un rápido crecimiento cerebral postnatal, requiriendo un grado de inversión y de cuidados maternos como el de los humanos modernos”. Sin embargo el estudio de esa nueva pelvis estima el tamaño máximo para los bebés erectus en 315 ml, un 30% más de lo que se había considerado, lo que ofrece una relación de 0,34 a 0,36, que sugiere que “H. erectus tenía una ratio de crecimiento cerebral prenatal similar al de los humanos pero una ratio de crecimiento postnatal y somático intermedia entre la de los chimpancés y los humanos”.

En el último número de JHA J.M. DeSilva y J.J. Lesnik (Brain size at birth throughout human evolution: A new method for estimating neonatal brain size in hominids) ofrecen una estimación del tamaño cerebral de bebés homínidos que pego. En el caso de los erectus, como se ve, se establece en 270,5 ± 32,6.

Lo dicho apunta a que el patrón de maduración que se observa en los humanos modernos es un rasgo propio de nuestra especie, si bien hay que decir que el equipo de investigación de Atapuerca introdujo una información que desentona al indicar que H. antecessor ya tenía un patrón de crecimiento como el nuestro (algo sobre lo que algunos investigadores han expresado sus dudas –Dean en Nature 6 de diciembre de 2001).

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Fotos de Steve Bloom.

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