domingo, 1 de junio de 2008

El Fuego (II): Fuente de luz.

Lámpara experimental. Grasa de caballo y musgo. J.A. García Munúa.

Otra de las propiedades del fuego es que proporciona luz. Como indicó Perlès (1977) “crear la luz fue el primer acto que liberó al hombre de las ataduras de la naturaleza, abriendo el tiempo y el espacio a sus actividades y a su curiosidad: se hizo posible la ampliación artificial de la duración del día, con lo que ello supone de aumento de tiempo para la elaboración de las actividades cotidianas y de reflexión”.

Es innegable que una estructura de combustión como un hogar, localizada en una gruta profunda, jugaría un papel en la iluminación, con independencia de que en ella encontremos vestigios que nos hablen de actividades culinarias o de cualquier otra. Pero precisamente por eso, porque una estructura así puede servir a múltiples propósitos o actividades, no es fácil distinguir un hogar común de otro que estuviera reservado a la iluminación, o plantear que un hogar tuvo ese fin primario. Sin embargo, hay ocasiones en las que la situación topográfica de algunos de ellos no hace sino reforzar la hipótesis de que su papel fue la iluminación, aunque no fuera forzosamente el papel exclusivo. La localización de hogares en el fondo de las grutas, como es el caso de un hogar descubierto al final de la cueva de Bédeilhac (E. Cartailhac y H. Breuil 1910); o en diversos puntos de grandes corredores o en las bifurcaciones de las galerías, como los hogares excavados en 1941 por R. Robert, tambien en Bédeilhac (Rouzaud 1978); o en lo alto de amplias salas; o en la proximidad de paneles decorados, como los restos de hogares encontrados en el “Salón Negro” de Niaux, hoy desaparecidos (Molard 1908); o, en fin, repartidos por toda la gruta, como en Marsoulas (Rouzaud 1978), sugieren su empleo como iluminarias o como eventuales “puntos de asistencia” para permitir el retorno al exterior o para volver a encender una antorcha o lámpara accidentalmente extinta.

En cualquier caso los hogares son estáticos por definición, y la iluminación que generan no sobrepasa la decena de metros, de manera que es sólo cuando se pone a punto un sistema de iluminación portátil suficientemente fiable cuando el hombre puede aventurarse en actividades exploratorias en grutas profundas o en la oscuridad de la noche.

El más simple y sin duda primero debió ser la antorcha, cuyo momento de invención no es posible conocer. El otro es la lámpara, ya sea en huesos de animales o en piedras, cuyo único requerimiento técnico es contar con una concavidad o cubeta (el acetábulo de la pelvis, por ejemplo) para contener la grasa animal que permite la autocombustión prolongada y lenta de una mecha (constituida de fibras vegetales, musgo o líquenes).

No es habitual encontrar lámparas en hueso. Casi la totalidad de las recuperadas tienen a la piedra como soporte, y es ésta, la lámpara, un avance técnico que sólo aparece o se conserva a partir del Paleolítico Superior. En alguna ocasión se ha reparado en el hecho de que en ciertas cavidades, grandes cavidades, que debieron ser visitadas repetidamente, no han aparecido lámparas, argumentándose la posibilidad de que los visitantes prefirieran utilizar antorchas, cuya conservación todavía es más excepcional (H. Lumley consideró la utilización de teas ya en el Paleolítico Inferior, en la cueva de Lazaret, pero no deja de ser pura conjetura la fecha del comienzo de su utilización. El conocimiento de la movilidad del fuego en el extremo de un palo tuvo que darse desde el comienzo mismo de la relación del hombre con el fuego, ya que es la manera primera de “robarlo” o transportarlo hasta otra fuente, pero hacer que la combustión de esa madera se prolongue con la incorporación de grasas o resinas quizás no fue tan inmediato). Dejando al margen el hecho de que algunas lámparas magdalenienses pudieron requerir de una inversión en su proceso de fabricación que aconsejara su conservación prolongada, tal vez para ciertos usos pudo haber una preferencia por la antorcha o por la lámpara (de Beaunè 2003).

La antorcha ilumina mejor en todas las direcciones y está particularmente adaptada para recorrer galerías amplias y altas. Es también más eficaz para iluminar el suelo y es más práctica en terreno accidentado. El inconveniente es que tiene una duración de vida limitada y hay que pertrecharse de antorchas de reserva en las grandes exploraciones.

La lámpara, a su vez, presenta ventajas complementarias: resulta mejor para transitar por sitios bajos o estrechos, se puede apoyar fácilmente si es necesario contar con las dos manos libres y puede ser fácilmente recargada durante su utilización, aparte de que el transporte de la reserva de combustible necesaria para su funcionamiento no es un incomodo (40 gramos de grasa animal son suficientes para una hora de iluminación). Su inconveniente mayor es que se corre el riesgo de que se vuelquen o de que se apaguen en el caso de golpes o de falsos movimientos. Mientras la experiencia demuestra que una sola lámpara con grasa es suficiente para desplazarse por una cueva, es necesario disponer de muchas de ellas para iluminar simultáneamente muchos puntos de una pared. Un argumento de orden técnico autoriza a pensar que las lámparas no bastarían para iluminar paredes (o paneles) muy amplias, a menos que se utilizaran muchas de ellas. Medidas de iluminación realizadas en el Laboratorio de Metrología de Kodak-Pathé han puesto de manifiesto que una lámpara experimental tiene iluminación escasa. El cálculo de la intensidad luminosa y de la luminancia de una lámpara experimental ha demostrado que las cifras obtenidas son comparables a las de una vela. Para darnos una idea de estas cifras, señalaremos que una lámpara experimental media, situada a un metro de la pared tiene una luminancia de 0.02 a 0.04 candelas por m2, para una superficie con un poder de reflexión del 40 %, mientras que una lámpara de acetileno tiene una luminancia de 11 candelas por m2 en las mismas condiciones.

Más del 91% de las lámparas que se conocen con su procedencia exacta (en torno a 273) se han localizado en abrigos o grutas de desarrollo diverso. Frecuentemente aparecen en los vestíbulos o en las zonas próximas a la entrada de la gruta, iluminadas por la luz del día o en la penumbra (La Mouthe, Combarelles, Bize), pero en otras ocasiones se encuentran en zonas de la cueva muy alejadas de la entrada y consecuentemente no iluminadas por la luz del sol (a 100 m. en Saleich, a 200 en Labastide, justo delante del tragaluz que precede al pozo). Las informaciones sobre su situación topográfica son muy precisas por el carácter excepcional de este tipo de vestigios. Aparecen en intersecciones de galerías (en Cougnac o en Pilier, por ejemplo); en un paso (en Lascaux al comienzo del meandro, en Gabillou en un paso obligado, el pecten de Trois-Frères en la entrada de la Capilla de la Leona); a lo largo de una pared (como en Lascaux o en Énlene, donde aparecen apiladas contra una columna estalagmítica en el pasillo que conecta Énlene con Trois-Frères); o en fondo de la gruta (Gabillou).
La localización de las lámparas en las entradas de las grutas, en las intersecciones de las galerías y a lo largo de las paredes, es decir, en los lugares de paso obligado dónde era fácil encontrarlas, sugiere que pudieron desempeñar el papel hogar-enlace. Las lámparas situadas en el fondo de las grutas pudieron ser extraviadas o abandonadas voluntariamente para una reutilización.

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