miércoles, 4 de junio de 2008

El rapto de Talheim

Venía esta mañana de echar mi partida de petanca cuando al pasar al lado de un colegio he visto a un grupete de chavalillos recitando en animado coro infantil esto:

…tararí, tararí, tararí/
sin despeinarse nos dice,/ que ese bifaz hecho en parte,/ que no mereció Tizona/ sino Excalibur llamarse,/ no es adiós, ni flor, ni llanto,/ (como el Arsuaga y Bermúdez/ y el que porta el salacot/ mantienen con poco tino)/ sino tan sólo extravío/ de un fulano que pasó/ tirando pollos a un hoyo/ para ir de bollo en bollo.

El tararí significa que he omitido versos anteriores, claro.

De inmediato y todo a la vez me han venido a la cabeza Atapuerca, Mask Site (tal vez porque lo mencionó el otro día Carlos Mazo en nuestra en3vista) y la fosa común de Talheim (lo que a su vez me ha recordado una cosa que leí hace mucho tiempo demasiado por encima, al punto que quizás la leí mal, y si no fue así pues ya no me acuerdo bien, de una interpretación darwinista acerca de que las ideas “luchan” entre sí en nuestro cerebro para hacerse con su espacio, asunto éste que a ver si tratan algún rato en Abulafia). En esta ocasión las tres han llegado a un acuerdo y ahí estaban. ¿El nexo? Pues…, no sé. Puede que sean varias cosas: qué es capaz de decir un arqueoloco a partir de lo que maneja, cómo, a veces, otro dice esa cosa que ha dicho un arqueoloco, y qué no se dice que igual debería ser importante decir para que lo segundo no sea la idea con la que se queda el personal.

La noticia ayer en muchos periódicos y en la red (y que comentó nuestro blog amigo Mundo Neandertal, donde la podeís ver) era que hace 7.000 años se dieron de leches entre varios grupos en lo que hoy es el yacimiento de Talheim para robar las mujeres de ese poblado, y eso a partir de los datos de un estudio de los restos de la fosa común que resultó del altercado, llevado a cabo, el estudio no el altercado, por Alexander Bentley, de la Universidad de Durham, que he leído que dicen que había dicho que era la hipótesis más sencilla (vamos, lo que los científicos llaman “parsimoniosa”). En todos los sitios se hablaba de que si "peleas por las chicas ya desde el año la polka", que si "los hombres robaban mujeres ya desde el año la polka", que "mire usted lo que pasaba ya en el año la polka".

La hipótesis más sencilla para interpretar la función del yacimiento de Mask Site es que allí los nunamiut no se dedicaban a otra cosa más que a hacer máscaras; es lo obvio, lo que te pide el cuerpo si consideras que el depósito (lo que encuentras) determina la función de ese sitio. Sin embargo sabemos, porque Mask Site es un caso etnográfico del que se ocupó nuestro querido Binford, que hacían máscaras sólo para matar el tiempo…, que las hacían, sí, como podían haber jugado al guiñote o a la oca, pero eso era una “actividad secundaria" respecto a otra "primaria" o principal que no dejaba rastro, y que era la de controlar el paso de las manadas de caribues. Esta limitación en Prehistoria existe, desde luego.

Respecto a Talheim habría que decir alguna cosa. La primera que se ha establecido la existencia de tres grupos a partir del estudio (en 20 individuos) de marcas isotópicas de estroncio, oxígeno y carbono (marcadores que se utilizan hace tiempo, como el calcio, para determinar posibles patrones dietéticos). Es decir, tenemos 3 grupos de gentes que no se alimentaban igual. El grupo 1, que parece ser el local, está representado por 11, uno de ellos una niña de unos 11 años, y que claro, pues no se la llevaron; el grupo 2 por 5, que debían componer una familia de padre, madre, 2 hijos (uno chica) y la abuela; y el grupo 3, compuesto por dos mujeres y dos hombres, ellos posiblemente hermanos, que además eran de algún lugar distante. Añado que una parte del estudio se basa en resultados concordantes obtenidos por K.W. Alt en 1995, reconstruyendo relaciones genéticas, pero no a partir de ADN sino de rasgos fenotípicos discretos, la mayoría de ellos referidos a dientes y mandíbulas. Yo tengo incisivo en pala, así que igual tengo antecedentes mongoles.
Y la segunda que en el artículo no se indica si los de los grupos 2 y 3 eran buenos (y sólo pasaban por allí sin más) o conformaban una parte de los malos. Si la explicación pretende ser sencilla irte a robar mujeres acompañado de la mujer, los críos de 11 años y la suegra parece poco razonable pero M. Johnson (Teoría Arqueológica) ya nos advierte sobre la aplicación del sentido común.
Respecto a lo que trasladaba la noticia, lo que apareció en la prensa, lo que se dice en el artículo es que dado que las mujeres adultas están presentes en los grupos 2 y 3, parece que las del grupo 1 fueron selectivamente separadas, “y dadas las circunstancias, presumiblemente capturadas. Parece que el Grupo 1 representa la comunidad local de Talheim, [y] ...esto supone una interesante cuestión: por qué, fueron las mujeres de los grupos 2 y 3 asesinadas, mientras que a las del Grupo 1 se las llevaron?”
En fin… pues no sé. En cualquier caso, yo, como el rano verde, tengo más preguntas, tengo más preguntas. Pero bueno, lo que tal vez habría que haber dicho, amén de que a las mujeres de ese grupo se las pudieron llevar, es que las razones para pegarse de leches hace 7000 años en Centroeuropa podían ser otras, siendo el presunto o supuesto rapto de esas mujeres de Talheim algo "secundario", colateral, a una intención "primaria" bien distinta. Talheim es un yacimiento de la cultura de la “Cerámica de bandas” (Linear Bandkeramic en alemán, Rubané en francés), correspondiente a las primeras comunidades productoras neolíticas del centro de Europa, y entre ellas se sabe que se dió un clima real de violencia colectiva que pudo responder a muchos factores (que pudieron combinarse entre ellos), tales como los ligados a conflictos de límites territoriales, motivaciones económicas, que permitirían acceder a la riqueza a través de razzias, razones sociales, con la demostración de la pujanza de una comunidad sobre otra a través de la victoria en un conflicto, o del reforzamiento del prestigio de un grupo o de su jefe…, tararí, tararí, tararí...
(Véase A. Bayneix: Réflexions sur les débuts de la guerrea au Néolithique en Europe occidentale).

martes, 3 de junio de 2008

El Fuego (III): Transformación de alimentos.

Creación de ascua por fricción de maderas (foto Homorgasmus, "El Jones").
El fuego también permitió transformar los alimentos. Si con la evolución del bipedismo algunos han llegado a afirmar que “el hombre es un primate que tiene su dentadura en la mano” (en Kortlandt, citado por Ruffié 1976), y con la fabricación de utensilios constatamos que las posibilidades mecánicas para machacar, triturar o cortar la comida exteriorizan aún más el aparato masticador humano, ahora, con el fuego, la “predigestión externa de los alimentos” (Morin 1973) influirá definitivamente en la relación entre organismo y alimento.

La naturaleza no hizo al hombre un animal esencialmente carnívoro. Sus antepasados se habían alimentado de hojas, semillas y frutos durante millones de años y la carne, cuyas grasas y proteínas proporcionan más energía con un volumen considerablemente menor de ingesta que la alimentación vegetal, exigió una adaptación (ya apuntada en el Homo habilis) a la nueva dieta no ya sólo de sus dientes, sino lo que es más importante, del sistema digestivo, con la disminución de los protozoos ciliados que digieren la celulosa de un régimen vegetariano normal en el tubo digestivo de los animales.

Este tratamiento del alimento, que pudo descubrirse por accidente, no sólo hace la carne más sabrosa, sino que también la ablanda y modifica parcialmente haciéndola más digerible que la cruda. Y muchos estudios sugieren que, por lo que respecta a los vegetales, su cocinado aumenta notablemente su digestibilidad, incrementa la cantidad de calorías y nutrientes que pueden ser absorbidas por la pared intestinal y reduce el tiempo de masticación y el desgaste de los dientes (Kakade y Liener 1973).

A.C. Leopold y R. Ardrey (1972) consideran que la utilización del fuego en la preparación de la comida debe ser tenida como una de las más importantes adaptaciones en el proceso evolutivo, ya que en su opinión amplió de manera importante las fuentes de alimento que pudo utilizar; en concreto los vegetales.

Plantean que la amplia presencia de sustancias tóxicas en las plantas (para repeler o disuadir de su uso a microorganismos, insectos, animales o humanos) debió restringir considerablemente su uso como comida al hombre primitivo. Ese abanico de sustancias químicas que son tóxicas o ponzoñosas ha sido apuntado en algunos lugares (Liener 1969) y sus consecuencias también (Whittaker y Feeny 1971). Inhibidores de enzimas, irritantes fisiológicos, alérgenos, componentes que alteran el sistema hormonal o, aunque menos tóxicos, antagónicos vitamínicos, son los grupos entre los que podemos repartir esas sustancias tóxicas, algunas muy extendidas en el reino vegetal, y que conllevan una relación interminable de alteraciones, entre las que podemos citar: favismo (por las legumbres), disfunción intestinal (por la saponina presente en aproximadamente 80 familias de plantas), alteración de los glóbulos rojos (por la hemaglutinina de las legumbres), alteración de la estructura del colágeno (por los latirógenos de los guisantes, entre otros), irritación intestinal y/o bucal (por la presencia de cristales de oxalato en algunos tubérculos, o de aceites, incluyendo muchos componentes cianogénicos, como ocurre en la familia de las berzas y otras), etc., etc. La mandioca, por ejemplo, es el tercer cultivo del mundo, por detrás del maíz y el arroz, y representa la base de la alimentación de numerosos habitantes de Latinoamérica, África y Asia. La planta acumula cianuro en las raíces y en las hojas. El proceso habitual de preparación, consistente en una maceración en agua varios días seguida del pelado y la cocción de los tubérculos, lo que diluye o evapora el cianuro. El 10 de marzo de 2005 28 niños murieron en Filipinas por comer mandioca que no había sido convenientemente preparada.

Si algunos animales han desarrollado diversos tipos de adaptaciones a las sustancias tóxicas de las plantas, entre las que la más común es la de enzimas que son capaces de metabolizar esos agentes químicos, Leopold y Ardrey sugieren que los humanos desarrollaron otro tipo de adaptación, en este caso no fisiológica, sino cultural, que fue el cocinado de las plantas, porque las proteínas o cadenas de polipéptidos son desarmadas por una acelerada oxidación y una elevada temperatura, o porque los cristales se pueden disolver, o porque las sustancias tóxicas se pueden diluir en el agua, que luego es desechada (Stahl 1984). Se preguntan, en fin, si la importancia de los recursos vegetales en la alimentación de los grupos humanos prehistóricos no habrá sido sobreestimada, al contrario de la opinión general, que sugiere que ha podido ser notablemente subestimada dado que los restos vegetales no persisten en el registro arqueológico. Estudios de cazadores recolectores de varias partes del mundo demuestran que la aportación de lo vegetal a la alimentación de esos grupos varía entre el 60 y el 80% en el caso de tribus tropicales a prácticamente nada en el caso de los esquimales (esto último es obvio). Lo que puede resultar significativo es que aun en el caso de las tribus tropicales, que disponen de una gran variedad de especies vegetales (84 especies de plantas en el caso de los bosquimanos !Kung de Bechuana), una gran proporción de las especies usadas como alimento son cocinadas antes de ser comidas.

En cualquier caso no es discutible que el fuego proporcionó al hombre un régimen alimenticio más eficaz, aumentó la variedad de sus menús y el espectro de alimentos de los que pudo disponer, y los miembros más ancianos y débiles pudieron comer con más facilidad, prolongando así su existencia. También, el cocinado de los alimentos tuvo que incorporar al grupo nuevas estrategias de organización interna en el ciclo de actividades cotidianas.

Y tal vez no sólo eso. A través de la modificación de la masticación y de la digestión se modifica la constitución osteo-muscular del cráneo, con el consiguiente efecto sobre la cerebralización y el metabolismo del individuo (Campbell 1967), por no insistir en algo que ya comentamos gace unas semanas, y es que el alimento predigerido pudo ser la causa (Aiello y Wheeler 1995) de una nueva reducción del aparato digestivo y de su consiguiente gasto metabólico (que es muy alto), lo que permitiría el desarrollo de un cerebro mucho mayor aun cuando nuestro metabolismo basal sea muy similar al de nuestros parientes más próximos.

lunes, 2 de junio de 2008

HAL9000. El hombre de Pekín.


CURIOSO INCIDENTE EN EL PLANETA/ESPEJO ARREIT

“Siempre fuiste mi espejo,
quiero decir que para verme tenía que mirarte”
(Julio Cortázar, “Bolero”)

…y seguía yo conduciendo mi minimonolito descapotable a la vuelta del congreso de “Monolitos sin fronteras” –que menudo pestiño, ya os contaré otro día- cuando, para visitar una estación de servicio y que me cambiaran el aceite, descendí a un planeta/espejo llamado Arreit, que está justo al otro lado del Universo, como si dijéramos en las antípodas de la Tierra, y en el que casi todo está al revés. La estación, que estaba cerca de una ciudad llamada Nikep (a la que otros llamaban Nijeb), no estaba mal, con sus surtidores todos nuevos, los servicios limpísimos y una tienda de esas en las que venden de casi todo. Aproveché para comer algo y, entonces, me enteré por la radio de que se celebraban unos Juegos Olímpicos -de esos en los que la gente corre, salta y da esplendor al body a base de sudar como bellacos- y que a esa ciudad llegaba al día siguiente una antorcha después de pasar por un yacimiento arqueológico donde se encontraban las primeras evidencias del uso del fuego en el planeta Arreit. Me pareció un detalle bonito eso de guardar respeto y homenajear a unos antecessores con inventiva e iniciativa propia, que habían puesto las primeras piedras del difícil y equívoco arte de convertir en presunta cultura gastronómica, propia de refinados y civilizados gourmets, el asesinato premeditado y posterior cocinado de víctimas propiciatorias en el altar tiznado de la hoguera de una cueva, durante la Prehistoria más lejana, o en el más limpio y aséptico de los fogones del más encumbrado y pedante de los restaurantes de la “nouvelle cuisine” bocusiana, en la actualidad. El locutor decía:

--“…En el amanecer del próximo 7 de agosto, un día antes de que den comienzo los Juegos, la antorcha llegará al yacimiento de Naiduohkouhz. Se supone que sin mayores medidas de seguridad. Quizás sea el momento para encender ahí una bonita hoguera…”

En fin, no le di más importancia al hecho y me dispuse a pasar la noche en un apañado, aunque añejo, motelito que se situaba cerca de la estación de servicio, a las afueras de la ciudad. Dejé mi minimonolito deportivo en el garaje y me dirigí a Recepción donde me acogió con un entusiasmo a todas luces excesivo un encorbado y amarillento personaje, que con su sobreactuación forzada me dio la llave de mi habitación a la vez que pretendía hacerme creer que mi estancia aquella noche allí era lo más emocionante que le había pasado en toda su vida. Pasaba yo por delante del bar, camino de mi habitación, cuando me di cuenta de que, sobre una tarima de falso cedro del Líbano, actuaba, cantando mejor que nunca, un replicante clónico de Frank Sinatra -de la conocida empresa Positronic Stars- que, con peluquín gris, traje negro y pajarita, atacaba en aquel momento mi canción favorita, esa que pongo a todo volumen y tarareo “por lo bajini” cuando paso zizageando a toda pastilla por el cinturón de asteroides, sorteando obstáculos como un as de aviación de la Primera Guerra Mundial:

--♫♫♫♫ Fly me to the moon / let me play among the stars, /let me see what spring is like / on a-jupiter and mars. / In other words, hold my hand, / in other words, baby, kiss me. / Fill my heart with song…♫♫♫♫

Claro, eso era toda una provocación, así que entré. El bar tenía una decoración similar a los bares coloniales ingleses de estilo neoclásico del siglo XIX y comienzos del XX y, acodado suficientemente a la barra, un solitario cliente, vestido con una curiosa túnica roja con ribetes amarillos, ante un vaso lleno y cinco ya vacíos, que, por el tufillo del ambiente, parecían haber contenido todos variantes milimétricas de Singapures Slings (1), famoso cóctel que pudo muy bien haber servido para evadirse de la casquivana realidad a la divina Ava Gardner, cuando se hospedaba en el Hotel Raffles de Singapur, donde se inventó este sublime brebaje. En vista de que el barman tenía el brazo ya caliente y la coctelera con suficiente rodaje, articulé un displicente: –tomaré lo mismo que el señor-, mientras me sentaba en una butaca forrada de supuesto fieltro rojo, ante una mesa de presunta caoba.

No bien me hube acomodado, sonó detrás de mí un balbuceante –ffbueena eleejción gcaaballeroo…- que parecía provenir del antiguamente bien acodado en la barra monocliente del establecimiento y, en aquel momento, en rumbo inconstante de aparente colisión con mi mesa. Tuve el tiempo apenas preciso para levantarme y ponerle una pequeña butaca justo debajo de donde parecía que se iba a desplomar, que, todo hay que decirlo, recibió al cuerpo cayente con eficacia, pero con un crujido inquietante, a la vez que el barman aplaudía en silencio mi acción y ponía el pulgar hacia arriba mientras decía:

–Desde luego, al señor hoy lo invita la casa…

Un profundo ¡auuffggg!, con la mirada vacua del monocliente hacia el techo fue el preludio de un aparente descenso hacia las profundidades insondables de un sopor precomatoso, mientras cerraba lentamente los ojos.

-No se confunda –dijo el camarero- el Amal Ialad es buena persona y un jefe justo y prudente, lo que pasa es que estos días se celebran unos Juegos Olímpicos que le traen muy malos recuerdos…, recuerdos más amargos que la angostura…, de cuando su pueblo, un pequeño país del norte encaramado en montañas altísimas, fue sojuzgado…

-¿Sí, qué le pasó?- pregunté, más bien desinteresado, pero cortés.

-Es una historia larga y muy antigua –dijo mientras limpiaba vasos de aparente vidrio de Bohemia con un inmaculado paño blanco de supuesto algodón. Todo pasó hace más de cuarenta años –siguió, como era de temer, el maestro coctelero-, cuando este país en el que estamos organizó sus primeros Juegos Olímpicos, ya hacía un tiempo que había invadido el Tebit, su patria, del que nuestro amado jefe era también su mandatario supremo y guía espiritual. Aprovechando la publicidad de los medios, los tebitanos organizaron una revuelta para desalojar al invasor, que éramos nosotros los Sonihc, y hubo protestas, manifestaciones, heridos y algún que otro muerto. Las cosas evolucionaron muy deprisa, la comunidad internacional se puso de parte de la Revolución tebitana, mimaba a mi jefe y cuando todo estaba a punto y el Tebit iba a ser liberado, el Amal Ialad se hechó atrás y abandonó a su pueblo.

-¿Por qué lo hizo?

-Porque se dio cuenta de que él sólo les podía ofrecer el hecho de ser la reencarnación de Adub, un ser legendario, y que no sabía nada de cómo gobernar de verdad un pueblo en un mundo a todas luces ya postmedieval...

-¡Increíble, vaya lucidez! –exclamé, asombrado por lo inusual del hecho- De todas formas, ese es un buen dilema, ¡pobres de los pueblos que tienen que escoger entre un gobierno opresor que invade su territorio o un tipo iluminado que dice ser la reencarnación de un ser divino…!

-Así es –dijo el barman mientras secaba cucharillas, con cara de recochineo, y las ponía sobre una servilleta de pretendido lino color burdeos-, pero tampoco se crea usted que la aparentemente ideal alternativa de despejar continuamente la eternas paradojas que surgen de las inocentes urnas –dijo subrayando lo de “inocentes” con cierto retintín- es mucho mejor…, ya me lo advirtió un día un amigo que trabajaba en el “Departamento De Desarrollo De Nuevos Argumentos Igualmente Estúpidos Que No Pongan En Tela De Juicio La Paradoja De Las Urnas”. Este planeta no tiene remedio, caballero, y el pobre Amal Ialad no levanta cabeza desde entonces... ¿Al señor le ha gustado mi Singapur Sling?

-Bueno, considerando que la ginebra estaba hecha con enebro sintético, el Cherry Brandy con cerezas transgénicas gigantes, el Cointreau con esencia de naranjas de la China deshidratadas y al Benedictine nadie le había cantado una misa en gregoriano como es pertinente…, la granadina era roja, como era de prever, y la angostura más amarga que el futuro del hígado de su jefe…, así que el resultado de su “Honda de Singapur” me ha sentado como una piedra lanzada a la misma boca del estómago, luego…, no estaba tan mal, considerando que, después de todo, era algo así lo que yo venía buscando…, pero, según usted, ¿cuál sería la solución a ese problema de realpolitik tebitano?

-Gracias caballero, veo que el señor es un entendido en cuestión de combinados... y contradicciones propias -dijo, no sin cierta dosis de sorna, el mamoncete resabiado del camarero, vestido con un smoking barato de auténtica tela sintética-, repare, sin embargo, en que el problema de quienes nos gobiernan es siempre el mismo: su gigantesca e incombustible voluntad de mandar, la que les hace repetir viejos y conocidos errores con tal de perpetuarse en el poder..., ¿la solución?, no sé, quizá no haya que buscar en sabios y sesudos libros de filosofía política…, hace muchos años, mientras esperaba un tren en una antigua y destartalada estación, compré en su quiosco una novela barata de ciencia ficción cuyo autor no recuerdo. La traducción parecía bastante mala y la novela no era, probablemente, mucho mejor, pero partía de una idea brillante: en un planeta se hacía un test muy completo a todos sus habitantes, se excluía después a todos aquellos incapacitados por alguna causa psíquica y también a todos a quienes les gustara el poder o tuvieran deseos evidentes de mandar. Entre todos los restantes se hacía un sorteo y, al que le tocaba, tenía que gobernar el planeta durante un tiempo…, naturalmente este poder era siempre recibido con disgusto, porque el que lo recibía nunca lo deseaba y, por lo tanto, no sentía ningún apego hacia él… luego, si tocaba hacer cosas impopulares pero necesarias, simplemente las hacía…

-Pero, ¿y si las hacía “simplemente” para que le apartaran del poder, aunque no fueran necesarias? Además siempre estaría el asunto de quien hacía los test y los sorteos, ya se sabe que quien parte y reparte… –dije poniéndome en plan tocanarices…

-¡Ah…, la humana condición! –exclamó histriónico mientras limpiaba una botella rellenada de auténtico vodka de garrafa- ¿quien sabe, dónde puede estar el límite de la maldad, la infamia o la simulación…?, pero el test era verdaderamente bueno y se suponía que detectaba estas cosas…, de todas formas, ya le advertí al señor que se trataba de una novela que probablemente no era muy buena…

-¿Una novela mala…, uuhm…, cómo la vida misma?

-Como la vida misma –dijo cortante el barman mientras agitaba con eficiencia la coctelera y me preparaba otra versión espuria de su Singapur Sling que sobresaltara mis invisibles e inmateriales circuitos de ordenador expsicópata y camuflado en el planeta/espejo Arreit, que, bien mirado, era menos espejo de lo que creí al principio.

El monocliente precomatoso persistía en permanecer en su estado de inconsciencia profunda, reencarnada, beatífica y roncadora alternante, mientras Frank, a quien nadie había dado vela en aquel entierro, seguía cantando “As time goes by”, como para disimular y travestirse de pianista negro en un bar americano situado en una ciudad lejana y exótica:

–♫♫♫♫…And when two lovers woo / They still say: "I love you"/ On that you can rely / No matter what the future brings /As time goes by…♫♫♫♫,

...y yo me fui a dormir, aunque mi entusiasmo por la misión seguía incólume.

Fdo.: HAL9000

(1) Singapur Sling: creación de principios de el siglo XX de un genio nada olvidado de la coctelería –mucha gente brinda todos los días a la salud de Mr. Ngiam Tong Boon- que trabajaba en el mítico Hotel Raffles de Singapur. Si el nombre de su creador no se ha olvidado, la receta sí, aunque, si os animáis a intentarlo, la fórmula más aceptada es: en una coctelera, sin poner ni una pizca de hielo de agua mineral blanda, de montaña, verted 3/10 de ginebra inglesa, 2/10 de Cherry Brandy (licor de cerezas), 4/10 de zumo de piña, 1/10 de zumo de lima o limón, un chorrito suficiente de Cointreau, otro de Benedictine, unas gotas de granadina y otras de angostura. Sírvase en una copa o vaso alto y adórnese con una cereza al marrasquino, una rodaja entera de limón, otra de naranja y unas hojitas de menta fresca. Añadid en la copa un poco del hielo picado de agua mineral de montaña que nos habremos guardado muy bien de poner en la coctelera previamente, como ya he dicho antes y no quiero repetir más. Hay quien le añade soda, pero es un error tan lamentable como horroroso que debería estar tipificado en el código penal como delito grave.




domingo, 1 de junio de 2008

El Fuego (II): Fuente de luz.

Lámpara experimental. Grasa de caballo y musgo. J.A. García Munúa.

Otra de las propiedades del fuego es que proporciona luz. Como indicó Perlès (1977) “crear la luz fue el primer acto que liberó al hombre de las ataduras de la naturaleza, abriendo el tiempo y el espacio a sus actividades y a su curiosidad: se hizo posible la ampliación artificial de la duración del día, con lo que ello supone de aumento de tiempo para la elaboración de las actividades cotidianas y de reflexión”.

Es innegable que una estructura de combustión como un hogar, localizada en una gruta profunda, jugaría un papel en la iluminación, con independencia de que en ella encontremos vestigios que nos hablen de actividades culinarias o de cualquier otra. Pero precisamente por eso, porque una estructura así puede servir a múltiples propósitos o actividades, no es fácil distinguir un hogar común de otro que estuviera reservado a la iluminación, o plantear que un hogar tuvo ese fin primario. Sin embargo, hay ocasiones en las que la situación topográfica de algunos de ellos no hace sino reforzar la hipótesis de que su papel fue la iluminación, aunque no fuera forzosamente el papel exclusivo. La localización de hogares en el fondo de las grutas, como es el caso de un hogar descubierto al final de la cueva de Bédeilhac (E. Cartailhac y H. Breuil 1910); o en diversos puntos de grandes corredores o en las bifurcaciones de las galerías, como los hogares excavados en 1941 por R. Robert, tambien en Bédeilhac (Rouzaud 1978); o en lo alto de amplias salas; o en la proximidad de paneles decorados, como los restos de hogares encontrados en el “Salón Negro” de Niaux, hoy desaparecidos (Molard 1908); o, en fin, repartidos por toda la gruta, como en Marsoulas (Rouzaud 1978), sugieren su empleo como iluminarias o como eventuales “puntos de asistencia” para permitir el retorno al exterior o para volver a encender una antorcha o lámpara accidentalmente extinta.

En cualquier caso los hogares son estáticos por definición, y la iluminación que generan no sobrepasa la decena de metros, de manera que es sólo cuando se pone a punto un sistema de iluminación portátil suficientemente fiable cuando el hombre puede aventurarse en actividades exploratorias en grutas profundas o en la oscuridad de la noche.

El más simple y sin duda primero debió ser la antorcha, cuyo momento de invención no es posible conocer. El otro es la lámpara, ya sea en huesos de animales o en piedras, cuyo único requerimiento técnico es contar con una concavidad o cubeta (el acetábulo de la pelvis, por ejemplo) para contener la grasa animal que permite la autocombustión prolongada y lenta de una mecha (constituida de fibras vegetales, musgo o líquenes).

No es habitual encontrar lámparas en hueso. Casi la totalidad de las recuperadas tienen a la piedra como soporte, y es ésta, la lámpara, un avance técnico que sólo aparece o se conserva a partir del Paleolítico Superior. En alguna ocasión se ha reparado en el hecho de que en ciertas cavidades, grandes cavidades, que debieron ser visitadas repetidamente, no han aparecido lámparas, argumentándose la posibilidad de que los visitantes prefirieran utilizar antorchas, cuya conservación todavía es más excepcional (H. Lumley consideró la utilización de teas ya en el Paleolítico Inferior, en la cueva de Lazaret, pero no deja de ser pura conjetura la fecha del comienzo de su utilización. El conocimiento de la movilidad del fuego en el extremo de un palo tuvo que darse desde el comienzo mismo de la relación del hombre con el fuego, ya que es la manera primera de “robarlo” o transportarlo hasta otra fuente, pero hacer que la combustión de esa madera se prolongue con la incorporación de grasas o resinas quizás no fue tan inmediato). Dejando al margen el hecho de que algunas lámparas magdalenienses pudieron requerir de una inversión en su proceso de fabricación que aconsejara su conservación prolongada, tal vez para ciertos usos pudo haber una preferencia por la antorcha o por la lámpara (de Beaunè 2003).

La antorcha ilumina mejor en todas las direcciones y está particularmente adaptada para recorrer galerías amplias y altas. Es también más eficaz para iluminar el suelo y es más práctica en terreno accidentado. El inconveniente es que tiene una duración de vida limitada y hay que pertrecharse de antorchas de reserva en las grandes exploraciones.

La lámpara, a su vez, presenta ventajas complementarias: resulta mejor para transitar por sitios bajos o estrechos, se puede apoyar fácilmente si es necesario contar con las dos manos libres y puede ser fácilmente recargada durante su utilización, aparte de que el transporte de la reserva de combustible necesaria para su funcionamiento no es un incomodo (40 gramos de grasa animal son suficientes para una hora de iluminación). Su inconveniente mayor es que se corre el riesgo de que se vuelquen o de que se apaguen en el caso de golpes o de falsos movimientos. Mientras la experiencia demuestra que una sola lámpara con grasa es suficiente para desplazarse por una cueva, es necesario disponer de muchas de ellas para iluminar simultáneamente muchos puntos de una pared. Un argumento de orden técnico autoriza a pensar que las lámparas no bastarían para iluminar paredes (o paneles) muy amplias, a menos que se utilizaran muchas de ellas. Medidas de iluminación realizadas en el Laboratorio de Metrología de Kodak-Pathé han puesto de manifiesto que una lámpara experimental tiene iluminación escasa. El cálculo de la intensidad luminosa y de la luminancia de una lámpara experimental ha demostrado que las cifras obtenidas son comparables a las de una vela. Para darnos una idea de estas cifras, señalaremos que una lámpara experimental media, situada a un metro de la pared tiene una luminancia de 0.02 a 0.04 candelas por m2, para una superficie con un poder de reflexión del 40 %, mientras que una lámpara de acetileno tiene una luminancia de 11 candelas por m2 en las mismas condiciones.

Más del 91% de las lámparas que se conocen con su procedencia exacta (en torno a 273) se han localizado en abrigos o grutas de desarrollo diverso. Frecuentemente aparecen en los vestíbulos o en las zonas próximas a la entrada de la gruta, iluminadas por la luz del día o en la penumbra (La Mouthe, Combarelles, Bize), pero en otras ocasiones se encuentran en zonas de la cueva muy alejadas de la entrada y consecuentemente no iluminadas por la luz del sol (a 100 m. en Saleich, a 200 en Labastide, justo delante del tragaluz que precede al pozo). Las informaciones sobre su situación topográfica son muy precisas por el carácter excepcional de este tipo de vestigios. Aparecen en intersecciones de galerías (en Cougnac o en Pilier, por ejemplo); en un paso (en Lascaux al comienzo del meandro, en Gabillou en un paso obligado, el pecten de Trois-Frères en la entrada de la Capilla de la Leona); a lo largo de una pared (como en Lascaux o en Énlene, donde aparecen apiladas contra una columna estalagmítica en el pasillo que conecta Énlene con Trois-Frères); o en fondo de la gruta (Gabillou).
La localización de las lámparas en las entradas de las grutas, en las intersecciones de las galerías y a lo largo de las paredes, es decir, en los lugares de paso obligado dónde era fácil encontrarlas, sugiere que pudieron desempeñar el papel hogar-enlace. Las lámparas situadas en el fondo de las grutas pudieron ser extraviadas o abandonadas voluntariamente para una reutilización.

viernes, 30 de mayo de 2008

Por un pelo.

Máscara en marfil de la cultura de Dorset. Devont Island, Nunavut. 1700 B.C.

Hace 20 años Bjarne Grønnow, arqueoloco del Museo Nacional de Dinamarca, encontró mechones de pelo humano en un yacimiento paleo-esquimal de la costa occidental de Groenlandia. Esas gentes, cazadores expertos, se aventuraron en el extremo norte de Alaska, Canadá y Groenlandia hace unos 4500 años. Acerca de ellos los investigadores se han preguntado si descendían de los mismos pueblos asiáticos que más de 10 milenios antes habían cruzado el Estrecho de Bering para ocupar luego el continente, y si serían los antepasados de los neo-esquimales.

En Scienceonline se da cuenta de un estudio (Paleo-Eskimo mtDNA Genome Reveals Matrilineal Discontinuity in Greenland) que ha obtenido la secuencia de ADNmt de un hombre paleo-esquimal que vivió en el oeste de Groenlandia hace unos 4000 años. Esa información ha sido obtenida de uno de los pelos de esos mechones. En ese ADNmt se registra un marcador genético relativamente raro (D2a1) que no está presente ni en los modernos nativos americanos, ni en ninguno de los 14 inuits (grupo que desciende de los neo-esquimales) que fueron analizados con objeto de chequear la posible relación entre paleo y neo-esquimales, ni en las secuencias parciales de ADNmt de esqueletos de neo-esquimales recuperados en excavaciones y que han sido analizados por otros investigadores. Tampoco aparece en la poblaciones europeas (por si fuera el caso de una contaminación procedente del equipo danés que recuperó esos pelos hace dos décadas). Sin embargo sí está estrechamente relacionado con un marcador, llamado D2a1a, que se encuentra en los habitantes actuales del área del mar de Bering, como los aleutianos, y en un grupo de esquimales siberianos (sirenike yuit). Esto sugiere que los primeros inmigrantes a las zonas del norte extremo del continente derivarían de poblaciones del área de Bering y no estarían relacionados ni con los nativos americanos ni con los posteriores paleo-esquimales. Representarían así una oleada independiente de migración que no habría dejado descendientes vivos.

jueves, 29 de mayo de 2008

La ruta del poblamiento humano.

Leo en ScienceNow que esta semana se ha publicado, en PloS Genetics, que un equipo dirigido por el genetista Daniel Falush, del University Collage Cork (Irlanda), ha trazado un escenario del poblamiento del planeta por parte de los humanos modernos. Que se originaron en África y que a partir de hace 50.000 años o algo más empezaron a extenderse por el mundo es aceptado mayoritariamente, pero hay pendientes flequillos sobre quién fue a dónde y cuándo (el proceso del poblamiento americano es un buen ejemplo). Los investigadores han desarrollado un modelo matemático para comparar no sólo genes individuales o segmentos cortos de ADN, sino largas secuencias. Concretamente han analizado 32 secuencias de ADN, cada una de más 300.000 pares de bases, de 927 personas que representan a 53 poblaciones diferentes del mundo mundial. Luego, mediante simulaciones por ordenador han creado escenarios migratorios que hubieran podido dar lugar a las variaciones genéticas que se observan hoy en día. El resultado, según se dice, es que los humanos modernos poblaron el planeta en 9 fases, empezando en África, pasando a Asia y Europa y colonizando finalmente América y las islas del Pacífico (la cosa no parece que sea, hasta aquí, para decir… oooohhh), y desgraciadamente los investigadores no han intentado datar las migraciones. Esto hubiera estado muy bien.

En la noticia se indica que hay un par de conclusiones inesperadas. Una que la gente de las Islas Orcadas comparte linaje con los siberianos, posiblemente porque algunos isleños se aventuraron hacia Asia vía Círculo Polar Ártico. La segunda, que el Norte y el Sur de América fueron colonizados por separado por al menos dos oleadas diferentes de migración venidas de diferentes partes de Asia, aunque, ambas parecen haber llegado por el estrecho de Bering. Esto contradice la opinión convencional (así se indica) de que habría habido una única migración.

No recuerdo si PloS Genetics me llega entre las revistas del corazón. Veré, y si eso veré. Si quereís cotillear una peliculilla del proceso el enlace está aquí.

El fuego (I): Fuente de calor.

Si es correcto o no pensar que al principio el fuego sirvió al hombre fundamentalmente como un arma de defensa (si el origen de su uso se dio en África) como han sugerido algunos, o para proporcionar calor (si apareció en las latitudes templadas), no hay duda, por el contrario, de que con el tiempo descubrió que podía valerse de él con múltiples propósitos. La óptica desde la cual trataré esta serie de colgajos que inicio sobre el fuego es la de la utilidad o los beneficios inmediatos que la posesión o el control de este elemento pudo reportar a la subsistencia del hombre prehistórico, aunque ni necesaria ni seguramente hubieron de ser percibidos todos desde el principio.

La primera de las propiedades del fuego y más evidente es la irradiación de calor, y tal vez en ello pudo consistir su atractivo primero para el hombre.

La razón de la pérdida de pelo en los humanos es en realidad desconocida. P. Wheeler (1984) considera que fue posterior a la adopción del bipedismo, aunque ambos procesos estarían relacionados y dirigidos a mantener el cuerpo refrigerado en un ambiente caluroso como el de la sabana, que incluso podría haber permitido a los homínidos actuar en las horas más sofocantes del día, evitando así el peligro de los predadores (actuar en el mismo nicho pero en distintos momentos del día disminuye el riesgo). La postura erguida reduce en un 60% la cantidad de calor absorbido por la piel y expone una mayor superficie corporal a las corrientes de aire, que enfriarían mejor el cuerpo sin ese escudo de pelo, que en cualquier caso sería conveniente conservar en la cabeza y en los hombros.

Sin embargo la denudación de la piel del hombre, fuera por esa o por otras causas (sea como fuere tuvo que suponer una ventaja adaptativa, porque de lo contrario no habría sido seleccionada), es poco favorable para la ocupación de tierras más inhóspitas que las del solar africano, por las que ya se aventuró el Homo erectus. De hecho, algunas opiniones que tradicionalmente han considerado que el control del fuego en África y Próximo Oriente se produce con retraso respecto a Asia y Europa se basaban en que allí se daban unas condiciones climáticas menos rigurosas, y es así que muchos prehistoriadores han dado una gran importancia a este aspecto del fuego bajo dos ángulos diferentes: la “colonización” de las regiones frías, y las técnicas de conservación del calor en el interior de las habitaciones.

De esta manera los cazadores que habitaron Europa en la última glaciación hubieron de descubrir que el fuego era esencial para su vida, y en sus cabañas arderían los hogares, convirtiéndose, como han indicado A. Leroi-Gourhan y M. Brezillón (1972), en los centros nucleares de la habitación y jugando un papel centralizador en la vida social (que pudo favorecer el desarrollo de la comunicación y del lenguaje), alrededor de los cuales se llegarían a describir círculos destinados a distintas actividades dependiendo de su proximidad a él.

Se ha asumido muy a menudo que el hombre no habría podido vivir en la zona euroasiática sin fuego, significando su mayor contribución a esa colonización la de proporcionar calor. No obstante hay investigadores que opinan que la colonización euroasiática es muy anterior a su domesticación, y que por tanto el hombre se adentró en estas latitudes sin él. La información con la que se cuenta no parece que de, de hecho no da, ningún apoyo a lo primero; los rastros de combustión con más de un millón de años son pocos, inciertos y sólo se dan en África, y sin embargo por esa época ya hacía tiempo que se había alcanzado Asia y se estaban moviendo grupos humanos por el occidente europeo -el equipo de Atapuerca está aportando fechas actualmente de casi 1.5 M.a para la llegada del hombre a la Península Ibérica.

En cualquier caso no se puede decir mucho sobre qué grado de necesidad del fuego por el calor tenían esas gentes para ocupar las regiones templadas, ni al inicio de la colonización ni tampoco después, por ejemplo, ya con el hombre de Neandertal, y las hipótesis o conjeturas pueden abarcar todo el espectro. Para algunos investigadores, como E. Trinkaus, las características somáticas de esa especie no le harían especialmente dependiente y T. Simpson, que escribió sobre los esquimales (con quienes han sido comparados en numerosas ocasiones los neandertales por presentar rasgos similares de adaptación al frío; notable volumen corporal y acortamiento de las extremidades para reducir la pérdida de calor) cazadores de ballenas (1843) indicó que estas gentes “no parecen pensar nunca en el fuego como medio de atemperar el ambiente- sus lámparas se usan para cocinar, iluminar, derretir nieve y secar las ropas más que para calentar el aire”. Que utilicen la grasa de ballena tanto como combustible como comida (los ácidos grasos omega 3 han ganado un merecido prestigio desde que se descubrió que los esquimales -que comían ingentes cantidades de grasa de ballena- tenían muy baja incidencia de enfermedad coronaria. La dieta de los esquimales de Groenlandia supone un aporte de 7gr./día de ácidos grasos omega 3 frente a los 0.06 gr./día de la mayoría de los americanos y europeos) nos recordaría, en opinión de algunos, que su valor calorífico es teóricamente el mismo si se quema como si se digiere (algo sobre lo que ciertamente no estoy en disposición de pronunciarme). Se estima, por ejemplo, que entre los yámana y los alakaluf de la Tierra del Fuego era indispensable consumir entre 150 y 300 gramos diarios por persona de grasas derretidas de pescado para mantener su elevado metabolismo adaptado al frío extremo de la región. Así que por extensión, los cazadores de mamuts de Moravia, por ejemplo, pudieron alimentar sus fuegos con el tuétano extraido de los huesos largos de esos animales, partidos por la mitad para ese propósito (Absolon 1929), pero hay pocas dudas de que fue bien valorado como comida. Sin embargo, y siguiendo con los neandertales, hay quien ha considerado, como C. Coon (1955), que el fuego lo utilizaron para calentarse y para protegerse, y no para cocinar. Esta idea se apoyaba en el hecho de que las ocupaciones musterienses parecían presentar un patrón de manipulación de los huesos para la obtención de la médula distinto del que se registraba en depósitos paleolíticos posteriores. Así, mientras en las ocupaciones neandertales los huesos largos aparecían hendidos longitudinalmente para extraer el tuétano, en periodos posteriores eran partidos por la mitad. Extraer la médula según esta última forma de rotura resulta latoso en huesos frescos, que en cualquier eran fracturados con ese propósito, pero puede ser sorbida fácilmente cuando han sido cocinados. Parece sugerente, pero en cualquier caso hay altos porcentajes de huesos carbonizados en sitios neandertales en Europa que parecen difíciles de explicar a menos que representen restos de comida cocinada, si no eran combustible, claro.

Dado que toda combustión proporciona calor con independencia de que esa sea su finalidad primaria, las pruebas que podríamos manejar para pensar que la función de un hogar era la calorífera, por encima de cualquier otra, es el deseo de la conservación del calor observable a partir de su morfología o de los combustibles que se aportaron a la combustión. Por ejemplo los hogares recubiertos por una capa de piedra, o con un círculo de ellas a su alrededor mantendrían más favorablemente la temperatura. Éstas actuarían a modo de estufas, revirtiendo lentamente a la atmósfera el calor acumulado una vez que la combustión hubiera terminado. El hogar I de Saint Marcel descrito por el Dr. Allain (1953) pretende dar una visión detallada de este tipo de estructuras, tratándose de un hogar en cubeta recubierto por piedras que fueron colocadas sobre las brasas, si bien es cierto que las piedras calentadas podrían no tener una función exclusiva, sino varias utilidades, y que es prácticamente imposible determinar cuál fue su destino exacto. R. Nougier llegó a hablar de un “calentador colectivo” en la cueva de La Vache, siendo éste un hogar-fosa (1956), aunque hoy en día esa opinión no es apenas aceptada.